Cuentos de Aventura

El Verano en la Granja

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 4 minutos

Español

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Era el comienzo de las vacaciones de verano cuando Leslie y Edgar, dos hermanos de 15 años, se enteraron de que sus padres habían planeado algo diferente para esas semanas. En lugar de ir a la playa, como solían hacer cada año, esta vez visitarían una granja en las montañas. Leslie, siempre dispuesta a descubrir cosas nuevas, estaba emocionada por la idea. Edgar, por su parte, no tanto. Él prefería las aventuras más urbanas, pero decidió que haría lo mejor para disfrutar el tiempo.

Después de un largo viaje en coche, llegaron a la granja. El paisaje que los rodeaba era impresionante: colinas verdes, animales pastando tranquilamente y una casona antigua de madera que parecía sacada de un cuento. Les recibió la familia que vivía allí, personas amables que les mostraron la casa y las actividades que podrían hacer durante su estadía.

Mientras los padres de Leslie y Edgar conversaban con los dueños de la granja, los hermanos decidieron explorar un poco. Fue entonces cuando conocieron a Polita, una niña de 8 años con el cabello corto y rizado, quien corría alegremente por el campo detrás de un grupo de gallinas.

—¡Hola! —gritó Polita al verlos, acercándose rápidamente—. ¿Son nuevos aquí?

Leslie sonrió y asintió.

—Sí, acabamos de llegar. Soy Leslie, y él es mi hermano, Edgar.

Polita los miró con ojos brillantes y curiosos.

—Yo soy Polita, vivo aquí en la granja. ¡Es el mejor lugar del mundo! ¿Quieren que les enseñe todo?

Edgar, que aún estaba algo apático, suspiró.

—¿Todo? ¿Qué puede haber de emocionante en una granja?

Polita lo miró, casi ofendida por el comentario, y respondió con entusiasmo.

—¡Hay muchas cosas! Puedo mostrarles el lago, los establos, las colinas donde puedes ver el horizonte entero, ¡y también el bosque que está detrás de la granja! Pero… —su voz bajó un poco, dándole un aire misterioso—. Nadie va al bosque.

Esto último despertó el interés de Leslie.

—¿Por qué nadie va al bosque? —preguntó.

Polita se encogió de hombros.

—Dicen que está embrujado o algo así. Yo no creo en esas cosas, pero los mayores siempre nos advierten que no entremos solos.

Edgar frunció el ceño.

—¿Embrujado? Eso suena como una historia para asustar a los niños.

Polita lo miró seriamente.

—No lo sé. Nunca me he atrevido a ir muy lejos, pero una vez escuché algo raro allí. Algo que no sonaba como ningún animal de la granja.

Leslie sintió un escalofrío de curiosidad. No podía evitar sentirse atraída por ese tipo de misterios.

—Podríamos ir a echar un vistazo —dijo con una sonrisa traviesa—. Solo para ver si realmente hay algo raro.

Polita se encogió de hombros.

—Si vamos juntos, no tengo miedo. Pero hay que ser cuidadosos.

Sin perder tiempo, los tres se dirigieron hacia el borde del bosque, siguiendo el sendero que serpenteaba a través de los campos. Mientras caminaban, Leslie no podía evitar maravillarse con la tranquilidad del lugar. Todo parecía tan pacífico, pero al mismo tiempo, había algo en el aire que hacía que su corazón latiera más rápido.

El bosque estaba denso, con árboles altos que dejaban pasar solo algunos rayos de sol. A medida que se adentraban más, el sonido de los animales de la granja desapareció, reemplazado por el susurro del viento entre las ramas y el crujido de las hojas bajo sus pies.

—Es más oscuro aquí —murmuró Polita, pegándose un poco más a Leslie.

Edgar, intentando mantener una actitud despreocupada, avanzó delante de ellas.

—No hay nada raro aquí —dijo, pateando una piedra en el camino.

Pero justo en ese momento, un sonido bajo y grave resonó desde las profundidades del bosque. Los tres se detuvieron de inmediato, con el corazón en la garganta.

—¿Qué fue eso? —susurró Polita, agarrando la mano de Leslie.

—Probablemente solo sea un animal —dijo Edgar, aunque su voz sonaba menos confiada que antes.

Decidieron seguir adelante, avanzando con más cautela. Poco a poco, llegaron a un claro en el centro del bosque. Allí, en el medio, encontraron algo que no esperaban: una vieja cabaña de madera, oculta entre los árboles. Parecía haber estado abandonada por años, con las ventanas rotas y la puerta entreabierta.

—Esto sí que no lo esperaba —dijo Leslie, acercándose a la cabaña.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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