En un pequeño pueblo rodeado de montañas verdes y un gran bosque encantado, vivían cinco amigos muy curiosos: Timur, Anfisa, Yana, Alex y Kiko, un pequeño zorro que siempre acompañaba a Timur. Los cinco amigos compartían una pasión por las aventuras y los misterios. Cada tarde, después de la escuela, se reunían en la plaza del pueblo para hablar de sus sueños y de las historias que habían escuchado de los ancianos del lugar.
Una tarde de primavera, mientras se sentaban bajo un gran roble, Anfisa dijo emocionada: «He oído una historia de un lugar mágico en el bosque, una casa de dulces que aparece solo en noches de luna llena. Dicen que allí vive una bruja muy poderosa que concede deseos, pero también es muy astuta y hay que tener cuidado con lo que se desea».
Timur, siempre el más audaz del grupo, se puso de pie con una gran sonrisa. «¡Debemos encontrar esa casa! Imagina todos los dulces que podríamos comer y los deseos que podríamos pedir. Será una aventura increíble».
Yana, que era un poco más cautelosa, frunció el ceño. «No estoy tan segura. Las brujas pueden ser peligrosas. Podríamos acabar en problemas si no tenemos cuidado».
Alex, que siempre tenía un enfoque optimista, dijo: «Lo importante es que vayamos juntos. Si enfrentamos cualquier peligro como un equipo, nada podrá detenernos».
Después de discutirlo un rato, decidieron que al día siguiente irían a buscar la casa de dulces. Todos estaban entusiasmados, aunque un poco nerviosos. Se despidieron y regresaron a sus casas, llenos de ideas de cómo sería su aventura.
Al día siguiente, al amanecer, el sol brillaba intensamente y los pájaros cantaban alegres. Los amigos se encontraron en la entrada del bosque, listos para la aventura. Kiko, el pequeño zorro, corría de un lado a otro, emocionado por la expedición. Anfisa, que llevaba una mochila con galletas y agua, miró a Timur y dijo: «Recuerda, los ancianos dijeron que hay que tener mucho cuidado con la bruja».
«Lo sé, lo sé», respondió Timur, «pero también dijeron que la casa es hermosa y llena de dulces. ¡Vamos!».
Los cinco amigos caminaron por el sendero del bosque, rodeados de árboles altos y cantos de pájaros. Después de un rato, llegaron a un claro donde las flores de mil colores adornaban el paisaje. En el centro del claro, había un gran roble con una puerta tallada en su tronco.
«¿Qué creen que hay detrás de esa puerta?», preguntó Yana, mirando la puerta con curiosidad.
«¡Podría ser un pasadizo mágico!», exclamó Alex, alocado por la emoción.
Timur se acercó a la puerta y la empujó. Para su sorpresa, la puerta se abrió con un suave chirrido. «¡Vamos a ver!», dijo con entusiasmo. Sin pensarlo dos veces, entraron.
La puerta los llevó a un túnel oscuro y fresco. Con un pequeño destello de luz de las antorchas que iluminaban el pasillo, se sentían cada vez más emocionados. Después de un rato, llegaron a una gran sala. En medio de la sala, había una mesa llena de dulces: gomitas de colores, galletas de chocolate, pasteles decorados y mucho más.
«¡Es increíble!», exclamó Anfisa, mirando todo con ojos brillantes. «Pero, ¿dónde está la bruja?».
Justo en ese momento, una sombra se formó en la esquina de la sala y apareció una figura alta, vestida con un largo vestido negro y una capa hecha de hojas. Tenía una mirada profunda y un sombrero en punta que le daba un aire misterioso. «Bienvenidos, jóvenes aventureros», dijo la bruja con una voz suave pero firme.
Los amigos se miraron entre sí, un poco asustados pero emocionados al mismo tiempo. «Hemos venido a conocer la casa de dulces y, si es posible, a hacer un deseo», dijo Timur, tratando de sonar valiente.
La bruja sonrió y se acercó a ellos. «La casa de dulces es un lugar mágico, pero no es seguro para todos. ¿Están dispuestos a enfrentar un desafío antes de poder hacer un deseo?»
«¡Sí!», respondieron todos al unísono, llenos de valor.
«Perfecto», dijo la bruja, «deben demostrar que son buenos de corazón y que saben trabajar en equipo. Aquí tengan tres dulces, cada uno de ustedes. El primero que decida compartir su dulce con otro amigo y no comerlo por sí mismo, podrá pedir un deseo».
Los niños miraron los dulces en sus manos. Los colores brillantes y el olor dulce los llenaban de antojo. Anfisa, mirando el dulce de fresa, dijo: «Podría comérmelo ahora mismo, pero… no sé si debería».
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.