En un frío y oscuro castillo, dos guardias estaban de pie en lo alto de una torre, vigilando los alrededores con atención. El viento helado soplaba a través de las piedras, haciéndolos temblar bajo sus pesadas armaduras.
Guardia 1 miró a su alrededor, frotándose las manos para mantenerlas calientes. «¿Has visto algo?», preguntó, su voz apenas audible sobre el aullido del viento.
Guardia 2 negó con la cabeza, sus ojos fijos en la oscuridad. «Nada, todo tranquilo», respondió, intentando mantener la calma.
La noche avanzaba lentamente, y los guardias comenzaban a relajarse cuando, de repente, un brillo etéreo iluminó la torre. Guardia 1 dio un paso atrás, su rostro pálido de miedo. «¡Mira! ¿Es ese el rey muerto?», exclamó, señalando con un dedo tembloroso hacia una figura que flotaba en el aire.
Guardia 2 se acercó con cautela, su corazón latiendo con fuerza. «¡Parece él! ¡Mejor avisar a Hamlet!», dijo, girando rápidamente y corriendo hacia las escaleras.
Ambos guardias llegaron apresuradamente a los aposentos de Hamlet, el joven príncipe de Dinamarca. Tocaron la puerta con urgencia, y Hamlet les abrió, aún medio dormido. «¿Qué sucede?», preguntó, notando la expresión aterrorizada en los rostros de los guardias.
«Tu padre se apareció como un fantasma», dijo Guardia 1, todavía sin aliento.
Hamlet frunció el ceño, su mente intentando procesar la información. «¿En serio? Tengo que verlo», respondió, poniéndose un abrigo y saliendo con los guardias hacia la torre.
La noche estaba en su punto más oscuro cuando Hamlet llegó al lugar donde los guardias habían visto al espectro. Miró a su alrededor, su corazón latiendo con anticipación y temor. «Espero que aparezca…», pensó mientras observaba la sombra de las almenas proyectada por la tenue luz de la luna.
De repente, el aire se enfrió aún más y un suave resplandor comenzó a formarse frente a él. La figura espectral del rey, su padre, emergió de la oscuridad, flotando sobre el suelo. Sus ojos vacíos se fijaron en Hamlet, y una voz profunda y resonante llenó el aire. «Soy el espíritu de tu padre. ¡Claudius me mató! Venga mi muerte.»
Hamlet retrocedió un paso, sus pensamientos enredados en un torbellino de emociones. «Voy a descubrir la verdad, ¡Lo haré!», exclamó, su voz firme y decidida.
Desde esa noche, Hamlet comenzó una búsqueda incansable de la verdad. Pasaba los días observando a su tío Claudius, quien ahora ocupaba el trono, buscando cualquier señal de culpabilidad. El joven príncipe notó la manera en que Claudius evitaba hablar del difunto rey y cómo su rostro se tensaba cada vez que alguien mencionaba su nombre.
Una noche, Hamlet decidió confrontar a su madre, la reina Gertrudis, en sus aposentos. «Madre, ¿cómo pudiste casarte tan pronto con el hermano de mi padre?», preguntó, su voz cargada de dolor y sospecha.
Gertrudis lo miró con ojos llorosos. «Hamlet, no lo entiendes. Era necesario por el bien del reino», respondió, intentando calmar a su hijo.
«¿Por el bien del reino o por tus propios deseos?», replicó Hamlet, su desconfianza creciendo.
Mientras tanto, los guardias continuaban vigilando el castillo, atentos a cualquier otra aparición del fantasma. Habían comenzado a temer que el espectro volviera a aparecer, trayendo más mensajes del más allá.
Una noche, mientras Hamlet estaba solo en la torre, el fantasma de su padre volvió a manifestarse. «Hamlet, el tiempo se acaba. Claudius debe pagar por su traición», dijo el espíritu, su voz cargada de urgencia.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.