Cuentos Clásicos

La tristeza que nos une, recuerdos de amor y ausencia

Lectura para 10 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

Puntuación:

0
(0)
 

Compartir en WhatsApp Compartir en Telegram Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir por correo electrónico
0
(0)

Fati tenía diez años, una edad en la que el mundo se ve de muchas maneras diferentes al mismo tiempo: lleno de juegos, preguntas, y sentimientos que a veces no sabe cómo entender. Vivía con su hermano pequeño Izan, que apenas tenía seis años, y su hermana mayor Sara, quien tenía catorce. Los tres habían vivido siempre bajo el tierno cuidado de su mamá, una mujer que llenaba cada rincón de la casa con risas, abrazos y palabras de amor. Pero un día, todo cambió. Mamá enfermó y después de un tiempo ya no pudo estar con ellos. Se había ido al cielo, como les explicaron sus papás cuando comenzaron a contarles que su mamá se había muerto.

Desde aquel momento, en la casa ya no se escuchaban las risas de mamá ni sus canciones que contaban historias en la hora del cuento, ni el aroma de galletas recién salidas del horno. Pero lo más complicado para Fati fue ese vacío que sentía en su corazón. A veces se preguntaba si era normal estar tan triste, si ella podría volver a ser feliz alguna vez, si Izan también sentía lo mismo, o si Sara simplemente lograba olvidarse de mamá de alguna manera.

Una tarde, Fati estaba sentada en el porche de la casa, dejando que el viento mecerá las hojas del viejo árbol. Cerca de ella, Izan jugaba con unos muñecos, pero también tenía la mirada un poco apagada, como si su corazón estuviera tan triste como el de Fati, aunque él no supiera cómo decirlo. Sara estaba en su cuarto, en silencio, leyendo un libro que parecía no terminar nunca, evitando salir a jugar con ellos. Fati pensó que la tristeza era una sombra invisible que se había pegado a cada uno de ellos y no los dejaba ser los niños que antes eran.

Una tarde, cuando las nubes grises parecían querer llorar junto con ellos, Sara bajó a la sala donde Fati y Izan estaban. Se sentó entre ellos y les habló con una voz dulce pero firme, como la mamá lo hacía cuando tenían miedo o algo no les salía bien. «¿Saben?”, les dijo, “mamá ya no está aquí con nosotros… y eso duele mucho. Es normal que estemos tristes, que la extrañemos y que a veces no encontremos las palabras para decirlo. Mamá nos quería mucho y está en nuestro corazón, siempre.»

Fati la miró fijamente: «Pero, ¿por qué me duele tanto? ¿Y por qué a veces me enoja que ya no esté?»

Sara la abrazó y le explicó: «Porque está bien sentir todo eso. Nuestro corazón está aprendiendo a vivir con esa ausencia que duele, que a veces confunde, y que nos hace añorarla. Estar tristes es parte del amor que tenemos por mamá. Cada lágrima que cae es un recuerdo que nos une a ella, aunque no esté aquí en persona.»

Izan, que escuchaba con atención, levantó la mano y preguntó: «¿Entonces está en el cielo?»

Sara asintió y dijo: «Sí, está en un lugar donde ya no le duele nada, donde está en paz y desde ahí nos cuida.»

Fati sintió un nudo en la garganta, pero también una chispa de esperanza. Quizás mamá estaba escuchándolos desde algún lugar, y aunque no podía verla, no estaban solos. Sara les recordó que podían hablar de mamá siempre que quisieran, contarle cómo se sentían, llorar juntos y también sonreír recordando los momentos felices que habían tenido con ella.

Pasaron los días y la tristeza seguía presente, pero la casa poco a poco comenzó a llenarse de recuerdos que les hacían sonreír. Fati encontró una caja vieja de mamá donde guardaba fotografías, dibujos, cartas y algunas cosas que a los niños les parecieron mágicas. Entre ellas había un cuaderno de cuentos que mamá solía escribir para ellos. Fati y Sara se sentaban a leerlo en voz alta mientras Izan abrazaba su peluche favorito. En esos momentos, la tristeza parecía menos pesada, porque sentían que estaban cerca de mamá otra vez.

Un día, Fati preguntó: «¿Por qué no podemos encontrar una forma de sentirnos mejor sin olvidarla?» Sara sonrió y les contó una historia que mamá había escrito en ese cuaderno. Era sobre un árbol gigante en medio de un bosque, que perdía sus hojas en invierno, y todo parecía triste y vacío. Pero cuando llegaba la primavera, el árbol florecía de nuevo, y los pájaros regresaban a anidar en sus ramas. Sara les explicó que ellos eran como ese árbol, que aunque había perdido las hojas (que en su caso era mamá), seguían vivos, fuertes y con muchas ganas de seguir adelante.

«El dolor es como el invierno», dijo Sara, «puede ser frío y duro, pero no dura para siempre, y después viene la luz y el calor del amor, que nunca se va».

Fati empezó a entender que estar triste no era algo malo ni algo que debían esconder. Que podían llorar cuando quisieran, extrañar a mamá sin miedo, porque eso significaba que la querían mucho. Y también podían ser felices cuando recordaban todas las cosas lindas que ella les enseñó.

Una tarde, mientras paseaban por el parque con Izan y Sara, Fati sintió que por primera vez en mucho tiempo, el sol parecía brillar solo para ella. Vio a otros niños jugando, y aunque su corazón seguía teniendo una pequeña sombra de tristeza, también sentía que la podía compartir con su familia. Miró a Izan y a Sara, quienes también sonreían, y pensó que los tres tenían algo que los unía para siempre: el amor por mamá y la valentía para seguir viviendo sin ella, sabiendo que ella los quería y estaría con ellos en cada paso.

Comparte tu historia personalizada con tu familia o amigos

Compartir en WhatsApp Compartir en Telegram Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir por correo electrónico

Cuentos cortos que te pueden gustar

autor crea cuentos e1697060767625
logo creacuento negro

Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

Deja un comentario