Había una vez un niño llamado Nicolás, pero todos le llamaban Nico. Cada día, cuando sonaba el timbre que anunciaba el recreo, Nico hacía lo mismo: salía al patio de la escuela y se dirigía directo hacia un banco que estaba un poco apartado. Desde ese lugar podía ver a sus compañeros jugar al fútbol, charlar, saltar o simplemente correr y reírse. Pero aunque deseaba unirse, siempre se quedaba sentado en su banco porque pensaba que si se acercaba, tal vez lo rechazarían. “Si me acerco, igual dicen que no”, se decía para sí mismo. Al principio pensó que esa idea era buena. En el banco nadie le decía que no, nadie le miraba raro, y nadie se reía de él. Era su lugar seguro y tranquilo. Sin embargo, con el paso del tiempo comenzó a notar que algo le hacía sentirse cada vez más solo. Los niños elegían equipos para jugar al fútbol y nunca lo ponían en ninguno. Cuando empezaban otros juegos, no lo incluían ni lo llamaban para participar. Pero lo que más le dolía a Nico era que los demás niños no se acercaban, y él tampoco se atrevía a acercarse a ellos.
En realidad, no era que los niños no quisieran jugar con Nico. Ellos pensaban que quizás Nico prefería estar solo, que elegía quedarse tranquilo en ese banco y que no quería jugar. Y así, esa verdad no dicha creaba una barrera invisible entre Nico y los juegos del patio. Un día, mientras Nico estaba sentado como siempre en su banco mirando el juego de fútbol, una voz inesperada habló a su lado. “¿No juegas?”, preguntó un niño alegre que se sentó junto a él. Nico se sorprendió, pero también se puso un poco nervioso. “Es que creo que nadie quiere jugar conmigo”, respondió tímidamente. El niño, que se llamaba Luis, sonrió y dijo: “Pues yo pensaba que tú no querías jugar”. Luego, mirando al suelo un momento, añadió: “Por eso no te había invitado antes”. Nico se quedó pensando. En ese instante comprendió algo muy importante: los demás no podían saber lo que él sentía o quería si no se lo decía o mostraba. Y lo mismo pasaba con él hacia los demás. Se dio cuenta de que debía decir lo que sentía si quería que las cosas cambiaran.
A la mañana siguiente, Nico decidió hacer algo pequeño, pero valiente. En lugar de ir directo a su banco como siempre, se acercó lentamente al grupo que jugaba al fútbol. No dijo nada al principio, sólo los miró jugar. Pero esta vez no se quedó quieto, sino que levantó la mano y preguntó tímidamente: “¿Puedo jugar?”. Los niños del equipo se miraron y una niña llamada Carla respondió: “¡Claro que sí!”. Entonces, aunque con un poco de nervios, Nico se unió al juego. Al principio se le hacía un poco difícil, porque no estaba acostumbrado a correr tan rápido ni a patear el balón. Pero poco a poco fue mejorando y empezó a sentir la emoción de estar jugando con amigos.
Luis y Carla fueron muy amables con Nico, lo animaban y le pasaban el balón para que participara. Nico comenzó a reírse, a sentirse parte del grupo y a olvidar el miedo que antes lo hacía quedarse solo en el banco. Desde aquel día, todos los recreos para Nico fueron diferentes. Ya no se sentaba solo, sino que corría al grupo de juegos y participaba, incluso proponía nuevas ideas para jugar. La escuela parecía un lugar más divertido y menos solitario. Sin embargo, Nico también aprendió otra cosa importante: no siempre es fácil decir lo que uno siente, pero vale mucho la pena intentarlo porque eso ayuda a los demás a entendernos y a ser nuestros amigos.
Un día, durante una actividad en clase, la maestra pidió que cada niño dibujara cómo se sentía en el recreo. Nico dibujó un dibujo donde estaba corriendo con sus amigos y todos sonreían. Después, levantó la mano y explicó ante sus compañeros que antes se sentía solo, pero que un día decidió hablar y jugar, y que desde entonces tenía muchos amigos con quienes divertirse. Los niños escucharon atentos y algunos contaron que a veces también se sentían inseguros o tenían miedo de acercarse. Entonces la maestra dijo: “¿Ven? Lo importante es siempre atreverse a decir lo que sentimos, porque todos necesitamos amigos y nadie quiere estar solo”.
Nico entendió que no era el único que a veces se sentía diferente o fuera de lugar, que muchos niños pasan por momentos así y que todos pueden apoyarse mutuamente. Fue más allá del recreo y empezó a ser un niño que inspiraba a otros a acercarse y a formar nuevos grupos de juego donde nadie quedara afuera. También notó que esa pequeña acción cambió mucho para él y para sus amigos, porque ahora el patio era un lugar donde la amistad y la comprensión estaban siempre presentes.
Con el tiempo, Nico y sus compañeros aprendieron que no hay que adivinar ni suponer lo que piensan o sienten los demás, sino preguntar, escuchar y ofrecer la amistad. Y que el simple hecho de decir “¿puedo jugar?” o “quiero ser tu amigo” puede abrir la puerta a muchas aventuras y momentos felices. El banco del recreo ya no era un lugar donde Nico estaba solo, sino el punto de encuentro de nuevos amigos que llegaron cuando Nico decidió dar el primer paso.
Al final, Nico descubrió que la amistad es como una semilla: hay que cuidarla, regarla con palabras amables y valorarlas cada día. Y que ser valiente no significa no tener miedo, sino hacer cosas buenas a pesar de tenerlo. Así, el recreo se convirtió en la mejor parte del día, llena de risas, juegos y ganas de compartir. Y Nico nunca más se sintió solo, porque aprendió que un amigo puede estar justo al lado, solo esperando que demos el primer saludo.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.