Cuentos de Amor

Un Verano Inolvidable: Candela y el Viaje que Cambió Todo

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Candela estaba sentada en el suelo de su habitación, con la luz suave del atardecer colándose por la ventana, mientras doblaba cuidadosamente su camiseta favorita. Mañana por la mañana temprano saldría el autobús hacia Tarragona con toda su clase de sexto de primaria. Era el viaje de fin de curso que todos habían esperado durante meses, y Candela no podía estar más emocionada. Pero también estaba un poco nerviosa.

Al otro lado de la habitación, su cámara de fotos descansaba sobre la mesa. A diferencia de la mayoría de sus compañeros, Candela no tenía móvil todavía, así que había decidido llevar la cámara para documentar todo el viaje. No quería que ningún momento especial se perdiera, y pensaba que luego, al ver las fotos, podría recordar cada sonrisa, cada aventura y, sobre todo, cada instante con Yoel, el chico que le gustaba desde hacía tiempo.

Mientras terminaba de preparar su maleta, su madre entró para darle un beso de buenas noches. «¿Tienes todo listo, Candela? Recuerda que mañana toca madrugar mucho», le dijo con una sonrisa. Ella asintió, aunque su mente volaba entre la emoción y los nervios.

Al día siguiente, el despertador sonó mucho antes de que la luz entrara por la ventana. Candela se vistió rápidamente con los pantalones cortos y la camiseta ligera que había elegido para el viaje y salió hacia el colegio. Al llegar, ya estaba el autobús con sus enormes ventanas listas para la aventura. Sus amigas Zoe, Rocío, María, Yaiza y Eva ya estaban ahí, todas cargando sus mochilas y sonriendo mientras se saludaban.

El director, Antonio, alto y de voz firme, estaba revisando que nadie se quedara atrás. Junto a él estaba Maite, la antigua profesora de Candela, a quien siempre le había tenido mucho cariño. Maite era quien organizaba las actividades y prometía que sería un viaje lleno de experiencias divertidas y aprendizajes.

Candela se sentó junto a Zoe, su mejor amiga desde que empezaron la primaria. Zoe se acomodó a su lado con la mochila al lado y casi inmediatamente comenzaron a charlar sobre qué harían primero cuando llegaran a Tarragona. Candela no podía dejar de mirar de reojo a Yoel, que estaba un poco más adelante, sentado junto a sus amigos. Su corazón daba pequeños saltos cada vez que sus miradas coincidían, pero él pareció no darse cuenta. Tal vez mañana.

El viaje era largo, unas siete horas por carretera, pero Candela tenía la cámara lista y un cuaderno donde planeaba apuntar detalles y hacer dibujos si tenía tiempo. El autobús avanzaba por carreteras abiertas, adentrándose poco a poco en tierras más cálidas y cercanas al mar. Con las risas y las conversaciones animadas de todos, el tiempo pasó rápido. Llegaron a Tarragona cuando el sol ya brillaba fuerte en el cielo.

Al bajar del autobús, fueron recibidos por un grupo de monitores jóvenes y muy amables. Se encargaron de explicar las normas y ayudar a repartir las habitaciones en las pequeñas cabañas que habían reservado para el grupo. Candela y sus amigas quedaron en la misma cabaña. Al entrar, las chicas comenzaron a explorar, acomodar sus cosas y a elegir dónde poner cada cosa. Rocío llevó su estuche de maquillaje, María desempacó un montón de libros para leer en las tardes tranquilas, Yaiza preparó una manta extra y Eva, siempre risueña, no paraba de bromear sobre todo.

Candela colocó la cámara en la mesita y miró alrededor. La cabaña tenía grandes ventanas por las que se veía el bosque justo detrás y, a lo lejos, el mar azul que prometía muchas aventuras. Zoe se sentó junto a ella, mirándola emocionada. «¿Lista para la playa?», preguntó.

Candela asintió con entusiasmo. Era la primera actividad que tenían programada: un día para hacer vela y aprender a hacer nudos náuticos. Era una oportunidad única para estar cerca del mar y aprender algo nuevo.

La playa estaba soleada cuando llegaron, con el aroma a sal impregnando el aire. Los monitores distribuyeron chalecos salvavidas y presentaron las pequeñas embarcaciones que usarían. Candela y sus amigas subieron primero a las tablas de vela, con algo de miedo pero también muchas ganas. Aprendieron a manejar el timón y a ajustar las velas, mientras el viento jugaba con su cabello y las olas les rozaban los pies. Cuando no estaban navegando, practicaban los nudos: ocho, ballestrinque, rizo… quien más rápido aprendía recibía una pequeña insignia que, por supuesto, Candela y sus amigas querían conseguir.

Después de varias horas bajo el sol, el cansancio comenzó a notarse, pero aún quedaba la noche de karaoke. El salón común estaba decorado con luces de colores y un escenario pequeño que parecía muy divertido. Candela se sintió un poco tímida al principio, pero cuando la música comenzó y sus compañeras cantaron canciones conocidas, el miedo desapareció. Más tarde, cuando fue su turno, cantó con fuerza y alegría, y vio que Yoel la miraba con una sonrisa que la hizo sentir especial.

El segundo día amaneció más fresco y con una aventura que causaba nervios en todos: barranquismo en una cascada cercana. Antonio y Maite les explicaron las medidas de seguridad mientras los monitores les ayudaban a ponerse cascos y arneses. La actividad consistía en descender pequeños saltos de agua y caminar por el cauce del río entre rocas y piscinas naturales. Candela se sujetaba fuerte a la cuerda mientras se lanzaba en un salto pequeño para llegar al agua helada. Al principio el frío sorprendió a todos, pero poco a poco disfrutaron de cada paso y de la naturaleza que los rodeaba.

Esa noche, ya con algo de cansancio, la discoteca dentro del albergue era el plan con más energía que podían tener. Las luces parpadeaban, la música retumbaba y casi todos los niños estaban allí, bailando y riendo. Candela y Yoel coincidieron varias veces en la pista. Él le pidió bailar en una canción lenta, y aunque al principio Candela estuvo nerviosa, pronto se dejó llevar. La música parecía crear un momento perfecto entre ellos.

Al día siguiente, el viaje los llevó a uno de los lugares más esperados: el parque de atracciones PortAventura. Candela estaba fascinada por todas las montañas rusas y juegos que había. Se subió con su grupo a varias atracciones, gritando de miedo y emoción, y haciendo bromas con Zoe y sus amigas. Durante el almuerzo, pudo sentarse cerca de Yoel y hablaron un poco más, riendo juntos mientras compartían un helado gigante.

Otra vez por la noche, había discoteca, pero esta vez la atmósfera era distinta: después del día lleno de emociones, todos parecían más cómplices, como si el viaje hubiera unido más al grupo. Candela y Yoel volvieron a bailar y esta vez, mientras la música suave sonaba, él agarró su mano con un gesto sencillo pero que a ella le pareció un mundo. Candela sintió su corazón latir fuerte.

Llegó el último día, y con él la última aventura: hacer canoa en un río tranquilo cerca del albergue. Candela se colocó el chaleco y subió con su grupo en la canoa. Las risas se mezclaban con la tranquilidad del agua transparente y el canto de los pájaros alrededor. Mientras remaban bajo el sol dorado, Candela pensaba en todo lo vivido. Cada momento parecía un tesoro que quería guardar para siempre.

Por la noche, la gran fiesta de despedida reunió a todos en el salón. Había luces, música, comida y un ambiente festivo que parecía no querer acabar. Candela se sorprendió al darse cuenta de que Yoel se acercaba poco a poco. Sin palabras, sus miradas se encontraron y, de repente, él se inclinó hacia ella y la besó en los labios. Fue un beso dulce, tímido, pero lleno de sinceridad. Candela sintió que su corazón se desbordaba de alegría y que, sin duda, ese beso era el símbolo perfecto para cerrar un viaje que había cambiado muchas cosas en ella.

Al día siguiente, aunque triste por dejar aquel lugar, Candela subió al autobús con una sonrisa. Tenía miles de fotos, notas y recuerdos que la acompañarían para siempre. La vuelta al colegio fue silenciosa en su mayoría, porque todos estaban cansados, pero también felices. Antonio y Maite organizaron unas pequeñas actividades para que el regreso fuera agradable.

Cuando finalmente llegaron a su escuela, Candela se despidió de sus amigas y, antes de irse a casa, vio a Yoel que se acercaba con una pequeña sonrisa. «¿Nos vemos el lunes?», le preguntó él tímidamente. Candela asintió, contenta. Sabía que ese viaje no solo había sido una aventura, sino el comienzo de algo especial.

Así, Candela aprendió que la amistad, la valentía para vivir nuevas experiencias y la sinceridad de los sentimientos hacen que los momentos se conviertan en recuerdos inolvidables. Y aunque el verano terminaba, para ella ese viaje a Tarragona sería siempre un capítulo brillante en su corazón, el viaje que cambió todo y que le enseñó que a veces, los sueños están más cerca de lo que creemos, solo hay que atrevernos a vivirlos.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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