Jeremy se despertó de repente, con una sensación extraña recorriendo todo su cuerpo. Aún estaba oscuro en su habitación, pero algo se sentía mal. No podía moverse, como si su cuerpo estuviera completamente paralizado. Intentó levantar una mano, girar la cabeza o al menos mover los pies bajo las sábanas, pero nada. Era como si estuviera atrapado en su propia piel.
Confundido, miró hacia el techo. Lo que vio lo dejó aún más asombrado. El hermoso cielo azul que siempre se asomaba por la ventana se había transformado en algo totalmente diferente. Las nubes habían desaparecido, y en su lugar, el cielo era negro, como si la noche se hubiera quedado estancada allí. No había estrellas, no había luna, solo una oscuridad profunda que lo envolvía todo.
Jeremy sintió una punzada de miedo. “¿Qué está pasando?” pensó. Quiso gritar, pero su voz no salía. Todo era tan extraño, tan surrealista, que por un momento creyó que seguía soñando. Pero no lo estaba. Lo sabía, porque podía sentir el frío de la habitación y el suave ronquido de su perro, Max, dormido a su lado.
De repente, escuchó un sonido. Era suave, casi como un susurro. Jeremy trató de concentrarse, y cuando el sonido se hizo más claro, reconoció la voz de Max, su mascota. “¿Jeremy?” dijo Max, con un tono de sorpresa en su ladrido. “¿Qué estás haciendo ahí?”
Los ojos de Jeremy se agrandaron. “¿Max? ¿Estás hablando?” pensó, aunque no podía articular palabras. Nunca había escuchado a su perro hablar, pero ahí estaba, mirándolo fijamente con sus grandes ojos marrones, como si fuera lo más normal del mundo.
Max ladeó la cabeza, sorprendido. “¿Qué pasa, Jeremy? Tu voz… suena diferente, más profunda. Y el cielo, ¡mira el cielo! Está todo oscuro, y tú… te estás encogiendo.”
Jeremy quiso protestar. ¿Encogiéndose? No, eso no podía ser cierto. Pero cuando trató de moverse otra vez, se dio cuenta de que algo estaba mal. Su cuerpo, que siempre había sentido tan grande en la cama, ahora parecía más pequeño, casi diminuto bajo las mantas. Era como si el mundo a su alrededor estuviera creciendo, mientras él se hacía cada vez más pequeño.
Max, visiblemente preocupado, saltó de la cama y corrió alrededor de Jeremy, tratando de entender lo que estaba pasando. “Esto no es normal”, dijo el perro. “¡No puedes encogerte así! ¿Qué te ha pasado?”
Jeremy, todavía paralizado, solo podía escuchar a Max, sintiéndose cada vez más confundido. Todo era un caos en su mente. El cielo oscuro, la extraña sensación de estar reduciéndose y ahora… su perro parlante. Nada tenía sentido.
De repente, una voz suave y tranquila rompió el caos. “Jeremy, cariño, ¿estás bien?” Era su mamá.
Jeremy sintió un alivio inmediato. La voz de su mamá siempre tenía ese efecto sobre él. Era como un ancla que lo mantenía firme, incluso cuando todo a su alrededor parecía estar desmoronándose. Aunque no podía moverse, escuchó cómo la puerta de su habitación se abría y la suave luz del pasillo iluminaba la oscuridad en la que estaba atrapado.
“¿Mamá?” pensó Jeremy, deseando poder llamarla.
Max se volvió hacia la puerta y, como si fuera lo más normal del mundo, le dijo a la mamá de Jeremy: “Algo raro le está pasando, señora. ¡Jeremy se está encogiendo!”
La mamá de Jeremy miró al perro con una sonrisa cálida, como si nada de lo que estaba sucediendo fuera fuera de lo común. “Oh, Max, no te preocupes. Jeremy está bien, solo ha tenido un mal sueño.”
La calidez en la voz de su mamá hizo que Jeremy comenzara a relajarse. Poco a poco, la parálisis que lo había mantenido atrapado comenzó a desvanecerse. Sus manos y pies, antes inmóviles, empezaron a moverse, y aunque seguía siendo más pequeño de lo habitual, la sensación de peligro se desvanecía.
La mamá de Jeremy se acercó a la cama, acariciando suavemente su cabello. “Fue solo un mal sueño, cariño. El cielo no está oscuro, todo está bien. Solo cierra los ojos y verás que todo vuelve a la normalidad.”
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.