Había una vez una niña llamada Kumiko, conocida por ser extremadamente traviesa. Siempre estaba inventando travesuras y metiéndose en problemas. Una noche, mientras la luna brillaba intensamente en el cielo, Kumiko se encontraba en su habitación, pensando en su próxima aventura. De repente, escuchó un suave batir de alas fuera de su ventana. Intrigada, se asomó y vio algo que nunca habría imaginado: un majestuoso dragón con escamas relucientes y ojos sabios. Su nombre era Calcum.
Calcum la miró con una mezcla de curiosidad y ternura. «Hola, Kumiko,» dijo con una voz profunda pero amable, «He venido a llevarte en un viaje a través del multiverso, un lugar donde la fantasía y la realidad se entrelazan.»
Kumiko, sin pensarlo dos veces, trepó por la ventana y subió a la espalda de Calcum. En cuanto se acomodó, Calcum extendió sus enormes alas y se elevó hacia el cielo estrellado. Volaron más allá de las nubes, más allá de las estrellas, hasta que llegaron a un lugar donde los colores brillaban con una intensidad inimaginable y las leyes de la física parecían no aplicarse.
«Bienvenida al multiverso de la fantasía,» anunció Calcum mientras descendían suavemente en un prado lleno de flores luminosas y criaturas mágicas. Allí, había unicornios pastando, hadas revoloteando y grifos descansando bajo los árboles. Todo parecía sacado de un sueño.
Kumiko estaba maravillada. Nunca había visto algo tan hermoso. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que algo no estaba bien. En el horizonte, podía ver humo negro ascendiendo. «¿Qué es eso, Calcum?» preguntó preocupada.
«Es el bosque encantado,» respondió Calcum con un tono serio. «Últimamente han sucedido cosas extrañas allí, y los habitantes necesitan ayuda.»
Sin dudarlo, Kumiko decidió que debía hacer algo para ayudar. Juntos, volaron hacia el bosque encantado. A medida que se acercaban, el aire se volvía más pesado y el ambiente más sombrío. En el centro del bosque, encontraron a los habitantes: hadas con alas marchitas, unicornios con sus cuernos opacos y grifos debilitados. Todos parecían tristes y desesperados.
«¿Qué ha pasado aquí?» preguntó Kumiko.
«Es el Troll de la Sombra,» respondió una hada con voz temblorosa. «Ha traído la oscuridad a nuestro hogar, robando nuestra luz y alegría.»
Kumiko, decidida a ayudar, le pidió a Calcum que la llevara a enfrentar al Troll de la Sombra. Juntos volaron hacia la cueva donde el troll se escondía. La cueva estaba oscura y fría, pero Kumiko no dejó que el miedo la detuviera. Con Calcum a su lado, se adentraron en la oscuridad.
Al llegar al fondo de la cueva, encontraron al Troll de la Sombra, una criatura enorme y tenebrosa con ojos brillantes como brasas. «¿Qué quieres aquí, niña humana?» gruñó el troll.
«Hemos venido a recuperar la luz y la alegría del bosque,» declaró Kumiko con valentía. «No puedes seguir robándoselas a los habitantes.»
El Troll de la Sombra soltó una carcajada siniestra. «¿Y cómo piensas detenerme?»
Kumiko, recordando las historias de héroes y valentía que había escuchado, decidió usar su ingenio. «Te desafío a un duelo de acertijos,» propuso. «Si gano, devolverás la luz al bosque. Si pierdo, me quedaré aquí como tu prisionera.»
El troll, intrigado por la propuesta, aceptó el desafío. Kumiko comenzó con un acertijo simple, uno que había aprendido de un libro de cuentos. El troll lo resolvió fácilmente. Luego, el troll hizo su propio acertijo, uno complicado y antiguo, pero Kumiko, con la ayuda de Calcum, logró resolverlo. Así continuaron, hasta que Kumiko propuso un acertijo que el troll no pudo responder:
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.