El Reino Oculto se había convertido en un segundo hogar para Kian, Dante y Jakhor. Los tres primos, apenas adolescentes cuando llegaron, ahora eran aprendices de Eldran, el mago más poderoso del reino. Bajo su tutela, habían aprendido a usar sus habilidades mágicas y su destreza en combate. El Reino Oculto era un lugar lleno de magia, criaturas místicas y, por supuesto, peligros constantes. Desde que Zorak, el mago oscuro, había empezado a expandir su poder, la paz del reino pendía de un hilo.
Era una mañana sombría cuando Eldran los convocó con urgencia. El cielo estaba cubierto de nubes grises, y el aire parecía cargado con la promesa de tormenta. Cuando llegaron a la Torre de los Ancianos, Eldran los esperaba con el ceño fruncido.
—Zorak ha enviado a sus secuaces —dijo Eldran sin rodeos—. Un pequeño pueblo en el bosque está siendo atacado. Si no actuamos rápido, no quedará nada.
Kian, Dante y Jakhor intercambiaron miradas. Sabían que esto era serio. Habían estado entrenando durante semanas, perfeccionando sus habilidades, pero esta sería la primera vez que se enfrentarían a una verdadera batalla.
—¿Están listos? —preguntó Eldran, sus ojos serios pero llenos de confianza.
Kian, el más joven, asintió, apretando su antiguo libro de hechizos. Aunque siempre había sido el más calmado del grupo, había un brillo de determinación en sus ojos. Dante, con su arco en mano, esbozó una sonrisa confiada. Era el mejor arquero del reino, y su habilidad para conjurar flechas mágicas era algo que nadie podía igualar. Jakhor, el mayor de los tres, se crujió los nudillos, listo para usar su poder de invocar la fuerza de la tierra. Juntos formaban un equipo formidable, aunque sabían que Zorak no sería un enemigo fácil de derrotar.
Eldran los guió a través del bosque, sus capas ondeando con el viento que comenzaba a levantar. A medida que se adentraban más en la espesura, el sonido de explosiones y gritos llegó hasta sus oídos. Aceleraron el paso, corriendo entre los árboles, hasta que finalmente llegaron al pueblo. Lo que vieron los dejó sin aliento.
Los hechiceros malignos de Zorak estaban por todas partes, lanzando conjuros oscuros que reducían las casas a cenizas. Las criaturas sombrías, invocadas por la magia de Zorak, acechaban entre las sombras, atacando a los aldeanos que intentaban huir.
—Es ahora o nunca —dijo Kian, abriendo su libro de hechizos, sus manos brillando con la energía mágica que fluía a través de él.
Dante levantó su arco, y en un abrir y cerrar de ojos, una flecha de fuego apareció en la cuerda, chisporroteando con energía.
—Vamos, chicos —dijo con una sonrisa confiada—. ¡Mostremos lo que podemos hacer!
Jakhor, por su parte, extendió las manos hacia el suelo. Los músculos de sus brazos se tensaron mientras invocaba la fuerza de la tierra. De repente, enormes raíces y rocas emergieron del suelo, formando una barrera protectora alrededor del pueblo.
Los hechiceros oscuros notaron su presencia de inmediato. Uno de ellos, con una capa negra que cubría su rostro, levantó una mano y lanzó un rayo de energía oscura directamente hacia ellos. Kian reaccionó rápidamente, levantando una barrera mágica que desvió el ataque.
—¡Sigan avanzando! —gritó Kian, mientras sus ojos brillaban con una luz azul intensa.
Dante, moviéndose con una agilidad asombrosa, disparó una serie de flechas mágicas que atravesaron las defensas de los hechiceros, provocando que retrocedieran. Cada flecha que disparaba ardía con el fuego de su magia, iluminando el cielo gris como si fueran pequeñas estrellas fugaces.
Jakhor, mientras tanto, usaba su control sobre la tierra para atacar a las criaturas oscuras que se acercaban. Con un simple gesto de sus manos, el suelo bajo sus pies temblaba, y grandes pedazos de roca salían disparados hacia los enemigos, derribándolos como si fueran muñecos de trapo.
El combate era feroz. Los hechiceros oscuros no dejaban de lanzar sus conjuros, pero los primos estaban bien entrenados. Kian, con su conocimiento de los hechizos más antiguos, mantenía a raya a los enemigos con poderosos escudos y rayos de energía mágica. Dante, con su arco siempre preparado, cubría los flancos, asegurándose de que ningún enemigo se acercara demasiado. Y Jakhor, con su conexión con la tierra, actuaba como una fortaleza móvil, protegiendo a sus primos y atacando a sus enemigos al mismo tiempo.
Sin embargo, sabían que no podían mantenerse a la defensiva por mucho tiempo. Tenían que atacar directamente a los líderes de los hechiceros malignos si querían salvar el pueblo.
—¡Kian, necesitamos algo más grande! —gritó Dante mientras lanzaba otra flecha de fuego hacia un grupo de enemigos.
Kian asintió y comenzó a recitar un antiguo conjuro de su libro. Las palabras resonaban en el aire, y de repente, el cielo sobre ellos se oscureció aún más. Nubes negras se arremolinaron en lo alto, y un rayo de luz brillante descendió, impactando en el suelo con una explosión de energía pura. Los hechiceros oscuros se cubrieron los rostros, cegados por la luz.
—¡Ahora! —gritó Jakhor.
Con el rayo de luz abriendo una brecha en las filas enemigas, los primos avanzaron, abriéndose paso hacia el centro del caos. Sabían que el líder de los hechiceros estaba cerca.
Finalmente, lo vieron. En medio de la destrucción, un hechicero con una túnica carmesí, mucho más imponente que los demás, lanzaba conjuros oscuros que destruían todo a su paso. Su poder era evidente, y los tres primos sabían que enfrentarlo sería su mayor desafío hasta ahora.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.