En un rincón escondido de la ciudad, donde los edificios daban paso a la naturaleza, había un bosque muy peculiar que todos conocían como «El Bosque Dulce». Pero, sólo Ana y Diego, dos hermanos inseparables, se atrevieron a adentrarse en él.
Una tarde, después de merendar, los hermanos decidieron ir de aventura. Llevaban días escuchando historias sobre aquel bosque donde los árboles eran de caramelo y los arroyos fluyen con chocolate caliente. Con mochilas llenas de curiosidad, entraron al bosque.
Para su sorpresa, todo lo que habían oído era cierto. Los árboles eran de regaliz y algodón de azúcar, y al romper una rama, esta goteaba sirope de fresa. Los arroyos estaban llenos de chocolate caliente y las piedras eran bombones.
Mientras los hermanos se deleitaban probando todo, una suave luz comenzó a brillar a lo lejos. La luz se acercó lentamente y tomó la forma de un hada, era la Hada del Sueño.
«Hola Ana, hola Diego», saludó con una voz melodiosa. «He venido a guiarlos a través de este bosque mágico. Pero deben prometerme una cosa, cuando termine nuestra aventura, deben cerrar los ojos y caer en un profundo sueño».
Los niños, asombrados, aceptaron la propuesta. El hada los llevó a través del bosque, mostrándoles maravillas que jamás hubieran imaginado. Vieron un lago donde los peces eran gominolas y nadaron en sus aguas de limonada.
Después, se sentaron en una colina hecha de galleta y miraron las estrellas que eran chispas de azúcar. Hasta bailaron con mariposas hechas de papel de caramelo.
La noche avanzaba y el Hada del Sueño les recordó su promesa. «Es hora de dormir», les dijo. Los niños, con los ojos pesados de tanta aventura, asintieron.
El hada los llevó a una cabaña hecha de barquillos de chocolate, con camas de marshmallow y mantas de crema. «Cuando despierten, estarán de regreso en casa, pero este bosque siempre estará aquí para ustedes», susurró el hada.
Ana y Diego se acostaron, y mientras el Hada del Sueño cantaba una nana, los niños cayeron en un dulce sueño. Soñaron con más aventuras en el bosque, con dragones hechos de helado y nubes de algodón de azúcar.
Conclusión:
Al amanecer, Ana y Diego despertaron en sus camas, en su hogar. Pero en sus manos aún sostenían un pequeño caramelo con forma de estrella. Sonrieron al recordar su aventura y supieron que, aunque fue un sueño, el Bosque Dulce siempre estaría esperando por ellos.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.