Había una vez, en una casita llena de risas y amor, tres hermanas muy especiales que se llamaban Aina, Laia y Lola. Aina tenía 5 años y un hermoso pelo castaño que siempre brillaba con la luz del sol. Las mellizas, Laia y Lola, tenían 2 años y aunque eran hermanas gemelas, cada una era única: Laia tenía el cabello morenito y rizadito, y Lola era rubia con unos rizos dorados como el trigo. Vivían con su mamá Claudia, que tenía una melena negra y brillante, y con su papá Héctor, que no tenía pelo y siempre las hacía reír con sus bromas y cosquillas.
A las tres hermanas les encantaban las princesas. Soñaban con vestidos de colores, coronas de brillantes y castillos de luces mágicas donde pudieran vivir aventuras increíbles. Un día, después de desayunar, Aina les dijo a sus hermanas, mientras jugaban en la sala llena de cojines y muñecas:
—¿Y si hoy nos convertimos en princesas de verdad?
Laia y Lola aplaudieron emocionadas y saltaron de alegría. Mamá y papá se unieron a la diversión y las ayudaron a preparar todo para jugar a ser princesas. Mamá sacó tres vestidos brillantes: uno rosa para Aina, uno azul para Laia y uno amarillo para Lola. Papá decoró la sala con luces pequeñas que parecían estrellitas y puso música suave, como si fuera el castillo encantado donde vivirían su historia.
Las tres princesas se miraron en el espejo y sonrieron. Aina tomó la corona brillante y se la puso en la cabeza. Laia y Lola usaron unas pequeñas varitas mágicas hechas con ramas y brillantinas que mamá había preparado.
—¡Somos las princesas de la Casa de los Sueños! —dijo Aina feliz—. Aquí podemos hacer todo lo que queramos.
De repente, mientras jugaban, algo mágico sucedió. La luz se volvió más brillante y las habitaciones de la casa comenzaron a transformarse. La sala se convirtió en un gran salón de castillo con cortinas de colores, paredes de cristal y un gran trono dorado. Las princesas podían oír pajaritos cantando, y un suave aroma a flores llenaba el aire.
—¡Mira, Laia! —exclamó Lola—. ¡Hay un jardín encantado afuera!
Las tres corrieron hacia la ventana y vieron un jardín lleno de flores gigantes y mariposas de colores que bailaban en el aire. Decidieron salir a explorar. Mientras caminaban entre las flores mágicas, apareció un pequeño duende con orejas puntiagudas y una sonrisa amistosa.
—Hola, princesas —dijo el duende muy bajito—. Me llamo Luno. Soy el guardián del jardín encantado. Pero hoy necesito su ayuda.
Las princesas se miraron extrañadas.
—¿En qué podemos ayudarte, Luno? —preguntó Aina con su voz dulce.
—El Reloj de los Sueños, que mantiene la magia del jardín en equilibrio, se ha detenido. Sin él, las flores dejarán de brillar y las mariposas no podrán volar. Pero sólo las princesas verdaderas, con corazones valientes y llenos de amor, pueden ayudarme a encenderlo de nuevo.
Laia levantó su varita mágica y dijo:
—¡Lo haremos! Queremos ayudar a mantener vivo nuestro jardín invisible.
Luno les explicó que para que el Reloj de los Sueños volviera a funcionar, debían encontrar tres piedras mágicas escondidas en lugares secretos del jardín: una piedra rosa que representaba el cariño, una piedra azul que simbolizaba el valor y una piedra amarilla que traía la alegría.
Las tres princesas comenzaron su búsqueda. Primero, encontraron la piedra rosa entre las hojas de un rosal gigante. Era tan suave y brillante que parecía un corazón hecho de luz. Laia dijo:
—Esta piedra nos recuerda cuánto nos amamos y cuidamos unas a otras.
Luego, caminaron hacia un pequeño lago donde la piedra azul estaba escondida bajo una piedra lisa. Aina fue la primera en acercarse y tomó la piedra con cuidado.
—Esta piedra es para que no tengamos miedo y siempre seamos valientes —dijo Aina con orgullo.
Por último, en el árbol más alto, que tenía ramas llenas de manzanas de caramelo, encontraron la piedra amarilla. Lola, con la ayuda de Aina, logró alcanzarla y la sostuvo en sus manos.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.