En una acogedora casa en las afueras de la ciudad, vivía una niña llamada Jennifer. Jennifer tenía cuatro años, el pelo rizado de color castaño y unos ojos grandes y marrones oscuros que brillaban con una luz especial. Era una niña muy activa y alegre, y le encantaban muchas cosas: la natación, bailar, jugar con su perro Killo y su gata Nena, y, sobre todo, le encantaba disfrazarse y mirarse en el espejo.
Cada día, después de volver de la piscina, Jennifer se sumergía en un mundo de fantasía. Se ponía sus vestidos favoritos, pintaba su cara con colores brillantes y se convertía en diferentes personajes. Pero de todos sus personajes, el que más le gustaba era ser una superheroína: ¡Jennifer, la Superheroína de la Alegría!
En su mundo imaginario, Jennifer tenía superpoderes increíbles. Podía volar por el cielo, hablar con los animales y, lo más importante, tenía el poder de hacer reír y sonreír a cualquiera con solo tocar su varita mágica.
Una tarde, mientras jugaba en su habitación, algo mágico sucedió. La varita de Jennifer comenzó a brillar con una luz deslumbrante. De repente, se encontró en un mundo fantástico donde todo era posible. Había árboles que cantaban, ríos de chocolate y nubes de algodón de azúcar.
En este mundo, Jennifer conoció a muchos amigos nuevos: un oso que amaba los abrazos, un pájaro que contaba chistes y una mariposa que pintaba arcoíris en el cielo. Todos ellos le contaron que el mundo estaba triste porque un hechicero gris había robado todas las sonrisas.
Jennifer sabía que tenía que ayudar. Con Killo y Nena a su lado, y su varita mágica en la mano, se embarcó en una aventura para encontrar al hechicero y devolver las sonrisas al mundo.
Viajaron por bosques encantados, cruzaron montañas de caramelo y atravesaron ríos de risas. Por el camino, ayudaban a los habitantes del mundo mágico a recuperar sus sonrisas, haciendo payasadas, contando chistes y bailando.
Finalmente, llegaron al castillo del hechicero. Al principio, el hechicero se negó a devolver las sonrisas, pero Jennifer no se dio por vencida. Comenzó a bailar y a reír, y poco a poco, el hechicero comenzó a sonreír. Al final, no pudo resistirse más y estalló en carcajadas.
El hechicero, ahora riendo, se dio cuenta de que compartir la alegría era mucho mejor que robarla. Devolvió todas las sonrisas que había tomado y, como agradecimiento, le dio a Jennifer un regalo especial: un collar mágico que la protegería siempre.
Jennifer, Killo y Nena regresaron a casa, llevando consigo el collar mágico y un montón de recuerdos felices. Cada vez que Jennifer se sentía triste o sola, tocaba su collar y recordaba su aventura, sabiendo que tenía el poder de hacer feliz a cualquier persona, incluida ella misma.
Desde ese día, Jennifer no solo era una niña que amaba nadar, bailar y jugar, sino también una verdadera superheroína. Con su imaginación, valentía y alegría, había salvado un mundo entero y había aprendido que la felicidad más grande es la que se comparte.
Después de su increíble aventura en el mundo mágico, Jennifer regresó a su casa llena de nuevas ideas y sueños. Con su collar mágico siempre alrededor de su cuello, se sentía más valiente y lista para cualquier desafío.
Un día, mientras jugaba en el jardín con Killo y Nena, Jennifer notó que algo extraño sucedía en su vecindario. Las personas parecían tristes y preocupadas. Al hablar con sus vecinos, se enteró de que el parque local, donde todos solían reunirse para jugar y reír, estaba en peligro de ser cerrado.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.