Cuentos de Terror

El Jardín de los Deseos Olvidados

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 4 minutos

Español

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En un pequeño y antiguo pueblo rodeado de colinas verdes y bosques densos, se contaba una historia que muchos preferían olvidar, pero que siempre encontraba la manera de ser recordada. La leyenda hablaba de un jardín secreto, escondido entre los árboles más viejos del bosque, donde los deseos olvidados de las personas tomaban la forma de flores extrañas y hermosas. Este jardín, según decían, tenía el poder de cumplir esos deseos, pero siempre a un precio que pocos estaban dispuestos a pagar.

Margot, una niña de once años, había oído esa historia muchas veces. Su abuela se la contaba cada vez que pasaba la noche en su casa, al calor de la chimenea. Margot siempre había sido curiosa y aventurera, y la idea de un jardín donde los deseos se hacían realidad la fascinaba. Sin embargo, su abuela siempre la advertía: “Recuerda, Margot, no todos los deseos deben cumplirse, y no todo lo que deseas es tan maravilloso como parece”.

Pero Margot, como cualquier niña de su edad, no podía evitar sentirse intrigada. Un día, mientras exploraba el bosque con sus amigos Julian, Velvet y Javier, decidió que era el momento de descubrir si la leyenda era cierta. Llevaban semanas planeando la expedición, y ese día, la bruma matutina que se aferraba a los árboles y el silencio inquietante del bosque parecían indicar que algo especial estaba por suceder.

“¿Estás segura de que deberíamos hacer esto?” preguntó Javier, siempre el más cauteloso del grupo, mientras ajustaba sus gafas nerviosamente.

“Claro que sí”, respondió Margot con determinación. “Si el jardín es real, podríamos hacer nuestros deseos realidad. No tiene por qué ser peligroso”.

Velvet, con su cabello rojo brillante y su actitud audaz, asintió. “Además, ¿qué es la vida sin un poco de aventura?”.

Julian, el más alto del grupo y con un desordenado cabello que siempre le caía sobre los ojos, estaba de acuerdo. “Si está ahí, debemos encontrarlo. Pero tenemos que tener cuidado”.

Guiados por una mezcla de curiosidad y entusiasmo, los cuatro niños se adentraron en el bosque, más profundo de lo que nunca antes se habían atrevido. Caminaban entre árboles antiguos y retorcidos, cuyas ramas se extendían como garras sobre sus cabezas. El aire estaba cargado de humedad y un aroma extraño que no podían identificar.

Tras horas de caminar y empezar a sentir que tal vez la leyenda no era más que eso, un mito, Margot vio algo que llamó su atención. Un rayo de luz atravesaba el denso follaje, iluminando una pequeña zona donde la vegetación era diferente, más vibrante y extraña. “¡Miren!” exclamó Margot, señalando hacia la luz.

Los cuatro amigos se acercaron cautelosamente y lo vieron: un claro rodeado de árboles cuyas raíces parecían enroscarse en el suelo como si estuvieran protegiendo algo. En el centro del claro, había un jardín que no se parecía a nada que hubieran visto antes. Las flores que crecían allí no eran como las del resto del bosque; algunas brillaban con una luz suave, otras parecían cambiar de color con cada parpadeo, y otras más tenían formas que desafiaban la lógica.

“Este debe ser el jardín de los deseos olvidados”, susurró Velvet, con los ojos abiertos de par en par.

Margot, sin poder contener su entusiasmo, se adelantó para observar más de cerca. Mientras caminaba entre las flores, sintió una extraña energía en el aire, como si el jardín estuviera vivo y observándola. Recordó las advertencias de su abuela, pero la tentación era demasiado fuerte. Si realmente podía pedir un deseo, ¿por qué no intentarlo?

“Debemos tener cuidado”, dijo Julian, mirando las flores con una mezcla de admiración y temor. “No sabemos qué pasará si tocamos una de estas flores”.

Pero Margot ya había tomado su decisión. “Solo uno”, dijo en voz baja, más para sí misma que para los demás. Se inclinó hacia una flor que tenía un color azul profundo, casi hipnótico, y la arrancó suavemente del suelo.

En el mismo instante en que la flor se desprendió de la tierra, una ráfaga de viento recorrió el jardín, haciendo que las demás flores se agitaran violentamente. El aire se volvió pesado y el cielo, que antes estaba despejado, comenzó a oscurecerse.

“Margot, creo que debemos irnos”, dijo Javier, retrocediendo instintivamente.

Pero Margot estaba absorta en la flor que sostenía. Era hermosa, más de lo que había imaginado. Cerró los ojos y pensó en su deseo más profundo: quería que sus padres, que siempre estaban ocupados y distantes, pasaran más tiempo con ella, que la miraran con la misma atención que ella les daba a ellos.

En cuanto formuló su deseo, la flor comenzó a marchitarse en sus manos. El azul vibrante se desvaneció, y pronto no quedó nada más que un pétalo seco que se desintegró al tocarlo.

Margot abrió los ojos, desconcertada. “No funcionó”, murmuró, sintiendo una punzada de decepción.

“Quizás es mejor así”, dijo Velvet, aunque había una preocupación evidente en su voz. “Hemos oído las historias, Margot. Todo deseo tiene un precio”.

Margot asintió, aunque no entendía realmente lo que Velvet quería decir. Los cuatro amigos decidieron regresar al pueblo, pero una sensación extraña se aferraba a ellos. Algo había cambiado en el jardín y, aunque no podían precisar qué, sabían que no era algo bueno.

Esa noche, Margot volvió a casa, tratando de sacudirse la inquietud que sentía. Sus padres estaban en la sala de estar, como de costumbre, pero algo en ellos parecía diferente. Su madre la miró y le dedicó una sonrisa que parecía demasiado amplia, demasiado… vacía.

“¿Cómo fue tu día, Margot?”, preguntó su madre con una voz que sonaba demasiado dulce, casi mecánica.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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