Carla era una joven de once años, curiosa y aventurera, a la que le encantaba leer. Sus favoritos eran los cuentos de terror, aquellos que lograban ponerle los pelos de punta y hacer que su corazón latiera más rápido. Su amigo Juan, un joven bibliotecario, compartía su pasión por la lectura. Juan tenía una biblioteca pequeña pero bien surtida, y siempre estaba dispuesto a recomendarle a Carla algún libro nuevo y emocionante.
A menudo, Carla visitaba a Juan en la biblioteca para charlar y llevarse libros a casa. Cada vez que iba, se adentraba en las estanterías llenas de libros polvorientos, buscando alguna joya olvidada. Juan siempre la recibía con una sonrisa y le preguntaba qué tipo de historia estaba buscando.
Un día, Carla encontró un libro muy extraño en la parte más alejada y oscura de la biblioteca. Era un libro viejo, con una cubierta de cuero desgastada y sin título. Al abrirlo, notó que las páginas estaban amarillentas y frágiles, pero lo que más llamó su atención fue la historia que contenía. Era un relato sobre un asesinato en un pequeño bosque, descrito con tanto detalle que parecía casi real.
Intrigada, Carla decidió llevarse el libro a casa. Cuando se acercó a Juan para pedirle que lo registrara, él la miró con preocupación. «Carla, ese libro trae muy mala suerte a sus lectores», le advirtió. «He oído historias de personas que lo han leído y han tenido experiencias terribles. Te recomiendo que elijas otro libro».
Pero Carla, siempre la valiente y escéptica, no hizo caso de la advertencia. Pensó que todo eso eran simples supersticiones y que no había nada que temer. Así que, con una sonrisa desafiante, le dijo a Juan que se llevaría el libro de todos modos.
Esa noche, Carla se preparó para leer el misterioso libro. Después de cenar, se puso su pijama, se acomodó en su cama con una linterna y abrió el libro. Desde la primera página, quedó atrapada por la historia. El relato del asesinato en el bosque era tan vívido que podía imaginar cada detalle, como si ella misma estuviera allí.
A medida que avanzaba en la lectura, el ambiente en su habitación parecía cambiar. Las sombras en las paredes se alargaban y movían, creando formas inquietantes. Carla comenzó a escuchar ruidos extraños, como susurros y crujidos que no podía identificar. A pesar de sentirse un poco asustada, continuó leyendo, convencida de que todo estaba en su cabeza.
Sin embargo, los ruidos se volvieron más intensos y los temblores en su habitación más pronunciados. Carla sintió un escalofrío recorrer su espalda cuando escuchó lo que parecía ser un zumbido muy cerca de su oído. Miró a su alrededor, pero no vio nada fuera de lo común. Decidió seguir leyendo, intentando ignorar el miedo que crecía en su interior.
Justo cuando estaba a punto de pasar a la siguiente página, algo aún más extraño ocurrió. Del libro comenzaron a salir unas pequeñas figuras negras, moviéndose rápidamente. Al principio, Carla pensó que eran manchas de tinta, pero pronto se dio cuenta de que eran abejas, abejas negras que se movían frenéticamente.
Antes de que pudiera reaccionar, las abejas comenzaron a picarla. Carla intentó apartarlas, pero eran demasiadas y muy rápidas. Sentía cada picadura como un ardor insoportable en su piel. Gritó de dolor y miedo, pero no había nadie que pudiera escucharla. Las abejas continuaron saliendo del libro, envolviéndola en una nube negra y zumbante.
Carla cayó al suelo, tratando de protegerse, pero las abejas no se detenían. Su cuerpo estaba cubierto de picaduras y el dolor era insoportable. Intentó llegar a la puerta para pedir ayuda, pero sus fuerzas la abandonaron. Con su último aliento, miró el libro maldito que yacía abierto en el suelo, comprendiendo demasiado tarde la advertencia de Juan.
A la mañana siguiente, Juan, preocupado por no haber visto a Carla regresar la noche anterior, decidió visitarla en su casa. Al entrar, la encontró en el suelo de su habitación, rodeada por el libro y con marcas de picaduras por todo el cuerpo. El libro maldito aún estaba abierto, como si estuviera esperando a su próxima víctima.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.