Las Fiestas de Bilbao siempre habían sido el momento más esperado del año. Las calles se llenaban de colores, luces y sonidos festivos que atraían a personas de todas partes. Oihana y Laia, dos amigas inseparables, esperaban con ansias cada verano para sumergirse en la magia de la celebración. Oihana, con su larga melena castaña, y Laia, con su cabello negro y corto, eran conocidas por ser aventureras y curiosas. Pero este año, algo extraño y aterrador las esperaba.
Era una noche cálida de agosto cuando comenzaron las festividades. Las dos amigas se encontraban en la plaza principal, disfrutando de la música y los bailes tradicionales. Además, habían oído rumores de un espectáculo nuevo, una casa del terror instalada en un viejo edificio abandonado en el centro de la ciudad. Laia, siempre en busca de emociones fuertes, no dudó en sugerir que fueran a explorarla.
«Vamos, Oihana, será divertido,» dijo Laia, sus ojos brillando con emoción. «No puede ser tan aterrador.»
Oihana, aunque un poco reticente, aceptó. A continuación, se dirigieron al lugar, siguiendo las indicaciones de los carteles colgados por toda la ciudad. Llegaron a una calle estrecha y oscura, lejos del bullicio de la fiesta. Encima de la puerta del edificio, un letrero oxidado decía «La Casa del Misterio». La puerta estaba entreabierta, invitándolas a entrar.
Al mismo tiempo, las chicas intercambiaron una mirada de determinación y empujaron la puerta. Un crujido siniestro resonó mientras la puerta se abría, revelando un vestíbulo oscuro y polvoriento. «No parece tan mal,» dijo Oihana, intentando sonar valiente. Pero mientras avanzaban, el ambiente se volvía más opresivo. Las sombras parecían moverse a su alrededor y un frío inexplicable llenaba el aire.
En primer lugar, caminaron por un pasillo estrecho, iluminado solo por una luz parpadeante. Las paredes estaban cubiertas de viejas fotos en blanco y negro de rostros que parecían seguirlas con la mirada. «Esto es realmente espeluznante,» murmuró Laia, apretando la mano de Oihana.
Llegaron a una habitación grande con techos altos y una enorme araña de luces que colgaba del centro. En el suelo había un círculo de velas encendidas y en el centro, un viejo baúl de madera. «Debe ser parte del espectáculo,» dijo Oihana, tratando de convencerse a sí misma. Pero algo no estaba bien. Las velas emitían una luz extraña y el baúl parecía vibrar ligeramente.
Laia se acercó al baúl, impulsada por su curiosidad. «No sé si deberíamos abrirlo,» advirtió Oihana, pero Laia ya estaba levantando la tapa. Un fuerte golpe resonó por la habitación, haciendo que ambas se sobresaltaran. «¿Qué fue eso?» exclamó Oihana, mirando alrededor con miedo.
Para su horror, el baúl estaba vacío, pero la tapa se cerró de golpe por sí sola. Al mismo tiempo, las velas se apagaron y la habitación quedó sumida en la oscuridad. «¡Laia, salgamos de aquí!» gritó Oihana, tirando de su amiga hacia la salida. Pero la puerta por la que habían entrado ahora estaba cerrada con llave.
No obstante, mientras buscaban otra salida, escucharon un susurro. Al principio, apenas perceptible, pero luego más claro. «Salgan… antes de que sea tarde.» Las chicas se quedaron paralizadas, sus corazones latiendo con fuerza. «¿Quién está ahí?» preguntó Laia, su voz temblando.
No hubo respuesta, solo el sonido de pasos que se acercaban lentamente. Oihana recordó haber traído una linterna en su mochila y rápidamente la encendió. La luz reveló una figura al final del pasillo, una sombra alta y delgada que se movía hacia ellas. «¡Corre!» gritó Laia, y ambas empezaron a correr sin mirar atrás.
Corrieron por lo que pareció una eternidad, hasta que encontraron una puerta que daba a una escalera de caracol. Sin pensarlo dos veces, comenzaron a subir, esperando encontrar una salida en el piso superior. Llegaron a un salón lleno de espejos antiguos. «Esto es como un laberinto,» dijo Oihana, intentando mantener la calma.
Las sombras en los espejos se movían de maneras que no coincidían con sus propios reflejos. A pesar del miedo, sabían que debían seguir adelante. «Tal vez haya una ventana o algo por donde podamos salir,» sugirió Laia. Empezaron a buscar, pero cada espejo parecía llevarlas de vuelta al mismo lugar.
De repente, un espejo al fondo del salón se rompió, revelando un pasadizo oculto. «Por aquí,» dijo Oihana, y ambas se adentraron en el pasadizo. La linterna iluminaba las paredes estrechas y húmedas, y el eco de sus pasos resonaba en la oscuridad.
El pasadizo las llevó a una habitación pequeña y circular con un altar en el centro. Encima del altar, había un antiguo libro encuadernado en cuero. «Parece un libro de hechizos,» dijo Laia, acercándose con cautela. «Tal vez tenga algo que nos ayude a salir de aquí.»
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.