Cuentos de Terror

La Batalla en el Sueño de Ricardo

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 4 minutos

Español

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Ricardo había caído en una rutina oscura. Cada noche, después de un largo día de trabajo, encontraba consuelo en una botella. Lo que al principio había sido una forma de relajarse se había convertido en una costumbre. Bebía hasta que el mundo a su alrededor se desvanecía, y lo único que quedaba era un vacío oscuro que lo arrastraba cada vez más lejos de la realidad.

Una noche, después de haber tomado más de lo habitual, Ricardo se desplomó en su cama, sin siquiera quitarse los zapatos. El alcohol lo llevó a un sueño profundo, pero esta vez, algo era diferente. En lugar de la habitual neblina de embriaguez que lo envolvía, se encontró en un lugar oscuro y frío, un espacio que parecía no tener fin. Las sombras se movían a su alrededor, susurrando cosas que no entendía.

«¿Dónde estoy?» murmuró Ricardo, dando unos pasos hacia adelante, sintiendo el suelo bajo sus pies aunque no lo veía. El aire estaba pesado, como si cada respiración fuera una carga.

De repente, un viento helado sopló desde la nada, y una figura emergió de la oscuridad. Era alto, encorvado, con ojos que brillaban en un rojo profundo como brasas. Su piel era grisácea y sus garras largas raspaban el suelo mientras se acercaba. Ricardo retrocedió instintivamente, pero no había a dónde ir. Estaba atrapado.

«Ricardo…», dijo la figura con una voz que era más un gruñido que un sonido humano. «He estado esperando este momento. Sabes quién soy.»

Ricardo tembló. No conocía a la criatura, pero en el fondo de su mente, algo le decía que siempre había estado ahí, acechando, esperando el momento adecuado para atacar. «¿Qué… qué quieres?» tartamudeó.

El espíritu demoníaco se acercó aún más, con una sonrisa que revelaba dientes afilados como cuchillas. «Vengo por ti. Has desperdiciado tu vida, te has entregado a tus vicios, y ahora me perteneces. Estoy aquí para llevarte conmigo.»

Ricardo sintió un terror paralizante. Quería correr, pero sus piernas no respondían. Quería gritar, pero su garganta estaba seca. Todo lo que podía hacer era mirar mientras el demonio extendía una garra hacia él.

«¡No!» gritó Ricardo finalmente, con la poca fuerza que le quedaba. «No puedes llevarme… no es mi hora.»

El demonio rió, una risa baja y cruel que resonaba en la oscuridad. «Tu hora ha llegado, Ricardo. Te has perdido en tu propio veneno, y ahora, pagarás el precio.»

Justo cuando el demonio estaba a punto de tocar a Ricardo, una luz brillante surgió de la nada, cortando la oscuridad como una espada afilada. El demonio gruñó y retrocedió, cubriéndose los ojos con sus garras.

De la luz emergió una figura alta y majestuosa, con una armadura resplandeciente y una espada de luz en su mano. El Espíritu de Bien había llegado. Su rostro irradiaba paz y fortaleza, y sus ojos estaban fijos en el demonio con una mirada que desafiaba su existencia.

«Ricardo no te pertenece, demonio», dijo el Espíritu de Bien, su voz profunda y firme. «Su alma aún puede ser salvada.»

El demonio siseó, sus ojos rojos brillando con furia. «Este hombre es débil. Se ha entregado a sus vicios y su alma ya es mía.»

El Espíritu de Bien levantó su espada, cuyo resplandor iluminaba el oscuro paisaje. «Si crees que puedes llevártelo, tendrás que luchar conmigo.»

Ricardo observaba, atónito, incapaz de moverse mientras los dos espíritus se enfrentaban. El demonio rugió y se lanzó hacia el Espíritu de Bien, sus garras extendidas, pero la espada del Espíritu lo bloqueó con un destello de luz. El choque de luz y oscuridad sacudió el suelo bajo los pies de Ricardo, y el aire vibraba con una energía que nunca había sentido antes.

La batalla fue feroz. Cada golpe de la espada del Espíritu de Bien desvanecía un poco de la oscuridad, pero el demonio no cedía. Seguía atacando con una furia incansable, decidido a reclamar el alma de Ricardo. Sin embargo, por cada embestida del demonio, el Espíritu de Bien respondía con precisión y gracia.

Mientras la pelea continuaba, Ricardo comenzó a sentir algo que no había sentido en mucho tiempo: esperanza. Observando la luz del Espíritu de Bien, se dio cuenta de que tal vez aún había una oportunidad para él, una manera de escapar de la oscuridad en la que se había sumergido.

Finalmente, con un golpe final y decisivo, el Espíritu de Bien hundió su espada en el pecho del demonio. El monstruo soltó un grito desgarrador, y su cuerpo comenzó a desintegrarse en sombras que se disipaban en el aire. La oscuridad a su alrededor empezó a desaparecer, como si nunca hubiera existido.

Ricardo cayó de rodillas, agotado, pero sintiendo una paz que no había conocido en mucho tiempo. El Espíritu de Bien se acercó a él y extendió una mano.

«Está hecho», dijo el Espíritu. «El demonio ha sido derrotado, pero tu verdadera batalla aún no ha terminado.»

Ricardo levantó la vista, con lágrimas en los ojos. «¿Qué tengo que hacer?»

«El demonio representaba tus vicios, Ricardo», explicó el Espíritu. «Si quieres liberarte por completo, debes enfrentarte a ellos en tu vida, no solo en tus sueños. Yo te he dado una segunda oportunidad, pero ahora depende de ti.»

Ricardo asintió lentamente. Sabía que el Espíritu tenía razón. Había dependido demasiado del alcohol, utilizando su adicción para escapar de los problemas que no quería enfrentar. Pero ahora, después de ver el horror de lo que podría pasar si no cambiaba, estaba decidido a luchar.

El Espíritu de Bien colocó una mano en el hombro de Ricardo. «Siempre estaré contigo, guiándote, pero debes ser fuerte. Tienes el poder de cambiar, pero solo si realmente lo deseas.»

Con esas palabras, el Espíritu desapareció en un destello de luz, y Ricardo se quedó solo. El lugar oscuro y aterrador en el que había estado había desaparecido, y ahora estaba rodeado por una cálida luz que lo envolvía en paz.

Cuando Ricardo despertó, estaba en su cama, la botella vacía aún en la mesa a su lado. Pero esta vez, algo había cambiado. Sabía que tenía que hacer algo más. No podía seguir viviendo de la misma manera. El sueño, o lo que fuera aquello, le había mostrado lo que estaba en juego.

Se levantó, abrió la ventana y dejó que el aire fresco de la mañana entrara en la habitación. Ese día sería el primero de muchos sin el veneno del alcohol en su vida. Sabía que no sería fácil, pero con la fuerza que le había dado el Espíritu de Bien, estaba listo para enfrentar lo que viniera.

Fin.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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