La medianoche cayó sobre la mansión de la familia Bridge Field Hall, donde Georgianna Crimsworth había vivido durante sus 11 años de vida con poco que la irritara. Era una noche oscura y tormentosa, perfecta para que los misterios más profundos se desvelaran. Georgianna estaba despierta hasta tarde, como siempre, sumergida en uno de sus libros favoritos. No tenía idea de que esa noche su vida cambiaría para siempre.
A medida que los minutos pasaban, el viento soplaba con más fuerza, haciendo que las ramas de los árboles golpearan las ventanas como dedos huesudos tratando de entrar. Georgianna decidió finalmente ir a la cama, pero justo cuando estaba a punto de quedarse dormida, un susurro suave, casi imperceptible, la despertó.
«Georgianna…», llamó la voz, mezclada con la melodía de una caja de música. Georgianna se incorporó en la cama, su corazón latiendo con fuerza. La melodía le era familiar, pero no podía recordar de dónde la conocía. Siguió el sonido, saliendo de su habitación y caminando por los oscuros y largos pasillos de la mansión.
La melodía la llevó hasta una pequeña habitación en el ático que siempre había estado cerrada. Sorprendentemente, la puerta estaba entreabierta. Georgianna empujó la puerta con cuidado y, al entrar, vio una caja de vidrio en el centro de la habitación. Dentro de la caja, había una muñeca de porcelana con la forma de una niña feliz. Tenía el cabello recogido con un lazo, un vestido elegante y zapatos brillantes. Un aroma a flores y colonia llenaba la habitación.
Georgianna sintió un escalofrío recorrer su espalda. La muñeca, a pesar de su apariencia alegre, tenía algo inquietante. Sin embargo, se sintió irresistiblemente atraída por ella. En un acto impulsivo, abrió la caja de vidrio y tomó la muñeca en sus manos. En ese momento, un rayo iluminó la habitación y la muñeca pareció cobrar vida durante un segundo.
«Misfortune», leyó Georgianna en una pequeña placa de oro atada a la muñeca. Desde ese primer momento, sintió un gran apego por ella. Se volvió su única mejor amiga, y eran inseparables. Georgianna encontró en aquel juguete la amistad que no lograba con las demás niñas, quienes solían burlarse de ella y su muñeca.
Cada día, Georgianna jugaba con Misfortune, olía las flores de colonia y se sumergía en sus juegos imaginarios. Un día, decidió llevar a Misfortune a la escuela para jugar con ella durante el recreo. Mientras los demás niños corrían y gritaban en el patio, Georgianna se sentó en un rincón, hablando con su muñeca durante horas sin parar.
Sin embargo, extrañas cosas comenzaron a suceder. Cada vez que Georgianna se dormía con Misfortune a su lado, tenía pesadillas vívidas y aterradoras. Soñaba con sombras que la acechaban, habitaciones oscuras y susurros que la llamaban por su nombre. Pero lo más extraño era que cada mañana, al despertar, encontraba la muñeca en un lugar diferente al que la había dejado.
Una noche, después de una de esas pesadillas, Georgianna decidió investigar el origen de Misfortune. Recordó que su madre le había regalado la muñeca, pero nunca le había contado su historia. Decidió preguntar a su madre al día siguiente.
«Mamá, ¿de dónde vino Misfortune?», preguntó Georgianna mientras desayunaban.
La madre de Georgianna, visiblemente incómoda, evitó su mirada. «Era una muñeca de mi infancia. Me la regaló mi abuela, pero nunca supe mucho sobre ella», respondió con evasivas.
Georgianna no quedó satisfecha con la respuesta y decidió buscar más información en la biblioteca de la mansión. Pasó horas buscando en viejos libros y diarios familiares hasta que encontró una entrada en el diario de su bisabuela. La entrada hablaba de una muñeca maldita que traía desgracias a quien la poseía. La muñeca había pertenecido a una niña que desapareció misteriosamente, y desde entonces, la muñeca parecía llevar consigo una sombra oscura.
Con el corazón latiendo con fuerza, Georgianna decidió deshacerse de Misfortune. Esa noche, mientras todos dormían, llevó la muñeca al jardín trasero y la enterró bajo el viejo roble. Regresó a su cama sintiéndose aliviada, esperando que las pesadillas terminaran.
Pero esa noche, el susurro volvió. «Georgianna…», llamó la voz, más fuerte y persistente. Despertó y encontró a Misfortune sentada en su escritorio, mirándola con sus ojos fríos y brillantes. Georgianna gritó y salió corriendo de su habitación.
Buscó a su madre, desesperada. Le contó todo lo que había descubierto y lo que había sucedido. Su madre, con lágrimas en los ojos, confesó que también había tenido experiencias similares con la muñeca cuando era niña, pero nunca se atrevió a deshacerse de ella por miedo a las consecuencias.




La muñeca de Porcelana terror