En un pequeño pueblo rodeado de densos bosques y colinas, había una leyenda que hacía temblar a los más valientes. Se decía que, cuando la luna estaba llena, el Diablo salía de su escondite en el bosque, buscando almas que llevarse. A pesar de los rumores, la vida en el pueblo seguía su curso, hasta que una noche, todo cambió.
Jazmín era una niña de once años, con una curiosidad insaciable y un corazón valiente. Siempre había escuchado las historias de terror que los ancianos contaban alrededor de la fogata. Sin embargo, no les tenía miedo. Jazmín sentía que había algo más allá de esos cuentos, algo que deseaba descubrir. Su abuela, una mujer sabia con una larga cabellera gris, le advertía sobre los peligros del bosque y le contaba cómo el Diablo había llevado a muchos a su perdición.
“Escucha, Jazmín”, decía su abuela con voz temblorosa, “hay fuerzas en el bosque que no comprendes. La curiosidad puede llevarte a lugares oscuros”. Pero Jazmín, en su inocencia, solo sonreía y aseguraba que sería cuidadosa.
Una noche, mientras la luna llena iluminaba el cielo, Jazmín decidió aventurarse en el bosque. Llevaba consigo una linterna y un cuaderno, lista para anotar cualquier descubrimiento que hiciera. “Solo será una pequeña exploración”, pensó. Con el corazón palpitante de emoción, se adentró en el bosque.
Mientras caminaba, los árboles se alzaban como sombras imponentes, y el viento susurraba entre las ramas. De repente, oyó un sonido extraño, como un susurro que parecía llamarla. “Jazmín…” La voz era suave, pero tenía un tono inquietante. A pesar del miedo que comenzaba a apoderarse de ella, Jazmín siguió el sonido, sintiendo que algo la guiaba.
Tras unos minutos de búsqueda, llegó a un claro donde la luna iluminaba una figura oscura. Era el Diablo, con ojos rojos que brillaban como dos brasas encendidas. Jazmín se detuvo en seco, sintiendo cómo el frío le recorría la espalda. “No deberías estar aquí, niña”, dijo el Diablo con una voz profunda que retumbaba en el aire. “Este lugar no es seguro para ti”.
“¿Qué quieres de mí?”, preguntó Jazmín, con más valentía de la que realmente sentía. “Vengo a buscar respuestas”.
El Diablo sonrió, pero no era una sonrisa amistosa. “Las respuestas tienen un precio. Puedes obtener lo que deseas, pero a cambio, deberás entregar algo de ti”.
En ese momento, la abuela de Jazmín apareció detrás de ella, como un rayo de luz en la oscuridad. “Jazmín, no te acerques. El Diablo no ofrece nada bueno”, advirtió, tratando de proteger a su nieta.
“¿Y tú quién eres para interrumpir?”, preguntó el Diablo, mirándola con desdén. “Las almas jóvenes son siempre tan curiosas, pero no saben lo que les espera”.
La abuela se interpuso entre Jazmín y el Diablo, firme como un roble. “Lo que ofrece no es más que engaño. Las respuestas que buscas no se encuentran aquí, sino en el amor y el valor que llevas dentro de ti”.
El Diablo rió, un sonido que resonó en el claro como un eco malvado. “¿Amor? ¿Valor? ¿De qué sirven cuando se enfrenta a la oscuridad? Estoy aquí para mostrarle la verdad del poder”.
Jazmín sintió que el miedo comenzaba a convertirse en rabia. “No quiero tu poder”, dijo con determinación. “Quiero ser libre y entender quién soy sin tener que rendirme a ti”.
“¿Libre? ¿Entender quién eres? Eso es solo una ilusión”, dijo el Diablo, acercándose un poco más. “El verdadero poder es poseer a los demás, controlarlos. ¿Quieres saber lo que es tener control?”.
La abuela miró a Jazmín y le dijo: “Recuerda, mi niña, que el verdadero poder radica en ser tú misma y en cómo eliges usar tu luz, no en controlar a los demás”.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.