Cuentos de Terror

Más allá del Velo de la Eternidad en el Reino de Luminis Umbra

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Era una noche oscura y fría en el pequeño pueblo de Lúmina, donde las sombras de los árboles danzaban al compás del viento. En ese momento, cinco amigos decidieron reunirse en el bosque cercano para contar historias de terror. Sin embargo, no eran historias comunes; eran relatos de los misterios ocultos más aterradores del Reino de Luminis Umbra, un lugar que, según los ancianos, existía más allá del Velo de la Eternidad. Los protagonistas de esta aventura eran Ler, un chico valiente y curioso; Grammah, una chica que siempre tenía un libro en la mano y amaba contar historias; Terkis, un bromista que siempre encontraba la manera de hacer reír a los demás incluso en los momentos más oscuros; Elear, una chica sensible y soñadora que creía en la magia de la naturaleza; y, por último, un nuevo amigo, un pequeño troll llamado Filo, que había llegado al pueblo buscando compañía.

Aquella noche, los cinco amigos estaban sentados alrededor de una fogata en un claro del bosque. Las llamas iluminaban sus rostros y creaban sombras que parecían cobrar vida. Grammah, emocionada, comenzó a contar una de sus historias. «¿Han escuchado hablar de la Casa de Susurros?» comenzó, mientras todos se acercaban un poco más, sintiendo el escalofrío de la intriga.

«Se dice que en la Casa de Susurros vive un espíritu que no puede descansar. La casa está en pie desde hace siglos, y aquellos que se atreven a entrar son recibidos con ecos de voces que parecen llamarlos por su nombre», narró Grammah, mientras su voz se volvía más grave y misteriosa. «Nadie ha logrado pasar la noche en ella, porque las voces se vuelven cada vez más incesantes y aterradoras. Algunos dicen que quienes escuchan las voces nunca regresan…»

Ler, entusiasmado, interrumpió: «¡Yo me atrevería a hacerlo! Podríamos pasar la noche en esa casa y descubrir la verdad detrás de las leyendas». Los demás lo miraron, algunos con temor, otros con emoción. Terkis, siempre listo para una aventura, dijo: «¡Eso suena genial! ¡Imaginemos el susto que les daríamos a todos cuando regresemos contando lo que hay dentro!»

Elear frunció el ceño. «¿Pero y si hay un espíritu peligroso? No deberíamos arriesgarnos. Debemos pensar en nuestra seguridad», advirtió. Pero la idea ya había tomado fuerza entre ellos.

«Vamos, Elear. ¡Solo será una aventura!», dijo Ler, animándola. La idea comenzó a entusiasmar a los otros, y muy pronto decidieron que al siguiente día irían a la Casa de Susurros.

A la mañana siguiente, el grupo caminó hacia la casa, situada al borde del bosque. La estructura era antigua, con ventanas rotas y puertas que parecían crujir por el peso de los años. Filo, el troll, se asomó por la puerta, pero su estatura no le permitía ver mucho. «Se ve… espeluznante», dijo, sintiendo que un escalofrío le recorría la espalda.

“¿Listos para entrar?”, preguntó Terkis, mientras empujaba la puerta, que se abrió con un quejido que pareció resonar en el aire. Una brisa helada les dio la bienvenida, y el corazón de cada uno latía con fuerza. Un escalofrío recorrió a todos, pero la curiosidad los empujó hacia adelante.

Una vez dentro, la atmósfera era extraña. Las paredes estaban cubiertas de telarañas y el olor de la humedad se sentía en el aire. Decidieron explorar la planta baja antes de subir a los pisos superiores. Grammah, que siempre llevaba su cuaderno, tomó apuntes de cada rincón, y de pronto, escucharon un suave susurro. Los cinco se detuvieron en seco, con los ojos abiertos como platos.

«¿Escucharon eso?» preguntó Elear, temblando un poco. Todos asintieron.

«Quizá solo sea el viento», dijo Ler, tratando de calmar a sus amigos, pero su voz temblaba un poco. Decidieron seguir adelante. En una habitación oscura, encontraron un viejo espejo cubierto de polvo. Al acercarse, pudieron ver su reflejo, pero, para su sorpresa, además de ellos, había sombras detrás, figuras que no deberían estar allí. Terkis dio un grito y se cayó hacia atrás.

«¡Son solo sombras!», explicó Grammah, aunque su voz no era tan segura como parecía. «Esto es solo un juego de luces». Sin embargo, las sombras parecían acercarse cada vez más. Con un súbito impulso, Elear tomó la mano de Filo y la de Terkis y les dijo: «Necesitamos salir. Esto no se siente bien».

Sin embargo, Ler movió la cabeza. «Tenemos que ver qué hay arriba. Esta casa tiene más que ofrecer». Así que, a regañadientes, los cuatro decidieron seguirlo, subiendo la escalera crujiente hasta el segundo piso.

Al llegar arriba, encontraron dos puertas. Una de ellas estaba cerrada y la otra entreabierta. Mientras deliberaban, el susurro se hizo más fuerte, inundando el pasillo. «¡Debemos irnos!», gritó Elear, pero Ler estaba decidido a usar su valentía.

Decidió abrir la puerta entreabierta y, al hacerlo, un aire helado los envolvió. Dentro del cuarto había un viejo escritorio cubierto de libros polvorientos y documentos amarillentos. Grammah, fascinada, comenzó a revisar los libros. Uno de ellos parecía estar en un idioma antiguo que no podía reconocer. Con un toque, el libro se abrió, y en ese instante, la habitación brilló con una luz tenue.

De repente, un grito resonó por toda la casa y la figura de una mujer apareció en el centro del cuarto. Tenía un rostro pálido y ojos profundos que parecían mirar el alma de cada uno de ellos. «¿Por qué habéis venido aquí?», preguntó, su voz resonando como un eco en sus mentes.

Terkis, aunque atemorizado, encontró el valor para contestar: «Estamos aquí para descubrir la verdad de la Casa de Susurros». La figura sonrió, pero era una sonrisa triste y añorante. «Este lugar es un refugio para los que no pueden descansar. Cada susurro que oyen son las almas que anhelan ser liberadas».

Grammah estaba intrigada. «¿Podemos ayudar de alguna manera?».

La mujer asintió lentamente. «Si desean ayudar, deben encontrar el objeto que retiene mi alma en este lugar. Se encuentra en lo más profundo del sótano, custodiado por sombras que no desean ser liberadas».

La decisión fue complicada. La valentía o la razón se debatían en sus mentes. Finalmente, Ler, con una determinación renovada, dijo: «¡Lo haremos! Lo haremos por ti». Elear, aunque aterrada, asintió, y los demás también decidieron unirse, sintiendo que era su deber.

Descendieron en dirección al sótano, un lugar que estaba aún más oscuro y frío que el resto de la casa. En el pasillo, las sombras parecían moverse y susurrar palabras que no podía entender. Filo, el troll, se tomó de la mano de Elear, quien lo miró con gratitud. «Si estamos juntos, podemos hacerlo», dijo ella, tratando de infundirles valor a todos.

Cuando llegaron a la última puerta, tuvieron que empujarla con fuerza. Al abrirla, se encontraron con un amplio salón lleno de objetos antiguos y polvo. En el centro, en un pedestal, había una pequeña caja dorada. “¡Ese debe ser el objeto!”, gritó Terkis. Pero antes de que pudieran acercarse, las sombras que había estado vigilando se abalanzaron sobre ellos.

Los amigos, aterrados, se agruparon. «¡No podemos dejar que nos detengan!», exclamó Ler. Con su valentía, se lanzó hacia adelante y comenzó a empujar a las sombras. Grammah, recordando lo que le había enseñado su abuela sobre la luz y la oscuridad, sacó su linterna y la encendió, iluminando el lugar. La luz pareció romper el miedo, y las sombras retrocedieron.

Elear miró el pedestal y supo lo que tenía que hacer. «Voy a tomar la caja, así la ayudamos a liberarse». Se acercó con el corazón latiendo tan fuerte que casi podía oírlo. Cuando sus dedos tocaron la caja, sintió una ola de energía recorrer su cuerpo. La luz en la habitación se intensificó y las sombras comenzaron a desvanecerse, dejando solo pequeñas motas de polvo que flotaban en el aire.

Con un movimiento resolutivo, Elear levantó la caja, y en ese instante, un grito resonó por todo el sótano. Las sombras se desvanecieron por completo, y ante ellos, la figura de la mujer apareció de nuevo. «Gracias, amigos. He sido liberada». Su voz era ahora un canto melodioso, y su expresión se llenó de gratitud.

«¿Qué sucederá ahora?», preguntó Terkis, aún un poco asustado.

«Ahora que he sido liberada, puedo descansar. La casa se desvanecerá, y mi historia finalmente podrá ser contada sin miedo», dijo la mujer antes de desvanecerse como un susurro en el viento.

Los amigos se miraron, sintiendo una mezcla de alivio y tristeza. Habían vivido una aventura extraordinaria, pero también habían aprendido sobre la importancia de ayudar a los que están en necesidad, incluso después de la vida. Con la caja aún en sus manos, salieron de la casa, que pronto comenzó a desmoronarse, dejando solo un rayo de luz donde antes había oscuridad.

«Debemos contar esta historia», dijo Grammah, emocionada. «No podemos olvidar lo que hemos aprendido». Mientras regresaban al pueblo, cada uno de ellos reflexionó sobre la aventura vivida y cómo, aunque habían buscado lo desconocido, encontraron mucho más: un profundo lazo de amistad y valor entre ellos.

Y así, mientras el cielo se iluminaba con los primeros rayos de luz del amanecer, supieron que había experiencias que apenas comenzaban atesorar, llevándose consigo la esencia de lo que es enfrentar los miedos y encontrar la luz en la oscuridad.

De esta manera, volvían al hogar, no solo como amigos, sino como héroes de su propia historia. El Velo de la Eternidad puede ser un lugar sombrío, pero ellos también llevaban en su interior una chispa de luz que nunca se extinguiría.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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