Era la noche de Halloween y todo el vecindario brillaba con luces de colores y decoraciones espeluznantes. Las calabazas talladas con sonrisas aterradoras iluminaban las puertas de las casas, y las sombras de los árboles se alargaban bajo la luz de la luna llena. Para Nacho, un niño de nueve años, esta era su noche favorita del año. Junto a su fiel perro Zeus, un alegre podenco, no había nada que deseara más que salir a hacer travesuras y recoger dulces.
Rocío, la madre de Nacho, había pasado toda la semana preparando el disfraz de su hijo. Esta vez, Nacho había decidido que quería ser un superhéroe. Con una capa roja, una máscara y un traje lleno de colores brillantes, se sentía invencible. Su papá, Rufi, también se había sumado a la diversión, vistiéndose de vampiro, con un gran sombrero de copa y colmillos de juguete. Rocío se había puesto un vestido morado, complementado con un sombrero de bruja adornado con estrellas plateadas.
“¡Vamos, Nacho! ¡Es hora de salir a recoger dulces!”, exclamó Rocío con entusiasmo. Nacho brincó de la emoción y, con Zeus corriendo a su lado, salieron de casa. La noche estaba llena de risas y gritos de alegría, y el aire fresco llevaba consigo el olor a manzana caramelizada y a canela. Los niños del vecindario se agrupaban en pequeños clanes, mostrando orgullosos sus disfraces mientras se dirigían de puerta en puerta.
Nacho, junto a su mamá y papá, se unieron a sus amigos, quienes también estaban disfrazados. Vieron a Clara, vestida de fantasma, y a su amigo Marco, que había decidido ser un monstruo de Frankenstein. Todos juntos, comenzaron a recorrer las calles, gritando “¡Truco o trato!” en cada puerta.
Mientras recolectaban dulces, Nacho notó que algo extraño sucedía al final de la calle. Había una casa vieja y abandonada, cubierta de telarañas y con ventanas oscuras. La leyenda del vecindario decía que en esa casa vivía una bruja malvada. Algunos niños afirmaban haberla visto espiándolos desde las sombras. “¿No es aterradora esa casa?”, preguntó Nacho, mirando hacia la estructura en ruinas.
“¡Sí! ¡Hay que acercarnos!”, dijo Marco, desafiando a todos. Rocío lo miró con preocupación. “No creo que sea una buena idea, chicos. Esa casa está cerrada desde hace años”, advirtió. Pero la curiosidad había despertado en los niños, y el grupo decidió acercarse un poco más.
Mientras se acercaban, los árboles crujían bajo el viento, y una sensación extraña llenó el aire. “¡Ay, no! ¡Ya veo que me estoy asustando!”, dijo Clara, apretando su disfraz. “Es solo una casa, no hay nada de qué preocuparse”, intentó tranquilizarla Nacho, aunque él mismo sentía un escalofrío recorrer su espalda.
“¡Vamos a entrar!”, dijo Marco, lleno de valor. “Solo un vistazo. Prometemos no quedarnos mucho tiempo”. Rufi, al ver que los niños estaban tan entusiasmados, se rió y dijo: “Está bien, solo un vistazo rápido. Yo estaré justo detrás de ustedes”.
Así que, con el corazón latiendo rápido y Zeus ladrando a su lado, Nacho y sus amigos se acercaron a la puerta de la casa. Marco empujó la puerta, que chirrió ominosamente al abrirse, revelando un oscuro vestíbulo cubierto de polvo. El olor a moho y algo dulce llenó el aire. “¡Es solo un poco de polvo!”, dijo Marco, tratando de sonar valiente.
“¿De verdad crees que hay una bruja aquí?”, preguntó Clara, mirando a su alrededor con temor. “No lo sé, pero debemos tener cuidado”, respondió Nacho, mientras Zeus olfateaba curiosamente el suelo.
Al entrar, la puerta se cerró de golpe detrás de ellos. “¡Oh no! ¡Ya estamos atrapados!”, gritó Clara, mientras todos se giraban rápidamente hacia la puerta. “No, no, solo se cerró por el viento”, intentó calmar Rufi, aunque su propia voz temblaba un poco. “Vamos a buscar otra salida”.
Con la luz de sus linternas, comenzaron a explorar la casa. Las paredes estaban cubiertas de retratos antiguos que parecían observarlos con ojos críticos. “¡Mira ese! Es un cuadro de una bruja”, dijo Nacho, apuntando a una imagen de una mujer de aspecto misterioso con un sombrero puntiagudo. “Eso no es nada”, respondió Marco, “es solo un viejo cuadro. ¡Seguidme!”.
Mientras seguían explorando, encontraron una puerta que conducía a lo que parecía ser la cocina. Las paredes estaban cubiertas de hierbas secas colgando del techo, y en la mesa había un viejo libro abierto. “¡Miren eso!”, exclamó Nacho, acercándose al libro. “Parece un libro de hechizos”.
“¡Eso es genial! ¡Vamos a leerlo!”, dijo Marco emocionado. “¡No, espera!”, advirtió Rocío, “podría ser peligroso”. Pero Nacho, curioso, se inclinó sobre el libro. Mientras leía las palabras extrañas en voz alta, un viento frío comenzó a soplar, y los retratos de las paredes parecían cobrar vida, sus ojos brillando en la oscuridad.
De repente, un fuerte estruendo resonó en la casa. Todos se miraron asustados. “¿Qué fue eso?”, preguntó Clara con voz temblorosa. “Creo que deberíamos salir de aquí”, sugirió Rufi. “¡Sí, rápido!”, coincidieron todos.
Sin embargo, antes de que pudieran regresar, la puerta de la cocina se cerró de golpe, y un eco siniestro llenó el aire. “¿Qué está pasando?”, gritó Nacho, mientras Zeus ladraba frenéticamente. En ese momento, una figura oscura apareció en la esquina de la habitación. Era una sombra alta, con una capa que ondeaba a su alrededor.
“¿Quiénes son ustedes y qué hacen en mi casa?”, preguntó la figura con una voz profunda y resonante. Los niños se quedaron paralizados. “¡Es la bruja!”, susurró Clara, aterrorizada. “No, no lo soy”, dijo la sombra, avanzando hacia ellos. Cuando la figura se acercó a la luz, los niños pudieron ver que no era una bruja, sino una anciana con una mirada amable y una sonrisa cálida.
“Soy la señora Melina, la cuidadora de esta casa. ¿Por qué han entrado aquí?”, preguntó. Los niños, aliviados, comenzaron a explicarle que habían sido curiosos y que querían ver la casa. “Ah, la curiosidad de la juventud. No es malo, pero deben tener cuidado en lugares como este”, les advirtió.
Rufi, sintiéndose un poco más tranquilo, le preguntó: “¿Hay algo de cierto en las historias sobre esta casa?”. La señora Melina sonrió. “Sí, algunas historias son ciertas, pero la mayoría son exageraciones. Esta casa ha estado vacía durante años, pero tiene un corazón que late aún. Las leyendas han hecho que se vea aterradora, pero en realidad es un lugar donde se puede aprender mucho”.
Nacho miró a la señora Melina con curiosidad. “¿Cómo podemos aprender aquí?”. La anciana los llevó a una sala llena de objetos extraños y libros antiguos. “Todo esto tiene una historia. Cada objeto en esta casa tiene un pasado y una lección que contar”.
Con cada objeto que la señora Melina les mostraba, los niños aprendieron sobre valentía, amistad y la importancia de no juzgar a las personas por su apariencia. “Lo más importante es ser siempre valiente en el corazón y ayudar a los demás”, dijo Melina mientras señalaba una antigua lámpara que había pertenecido a un farero. “Él iluminaba el camino para los navegantes perdidos”.
“¿Podemos ayudarlos a iluminar el camino?”, preguntó Nacho con entusiasmo. “Claro, siempre hay formas de ayudar a quienes nos rodean. Solo necesitan mirar a su alrededor y ser creativos”, respondió la anciana.
Después de un rato, los niños sintieron que era hora de regresar a casa. La señora Melina les dijo que podían volver siempre que quisieran aprender más. “Pero recuerden, no todo lo que brilla es oro, y no todo lo que asusta es malo”, les aconsejó antes de despedirse.
Saliendo de la casa, Nacho, Zeus, Rocío y Rufi sintieron un nuevo aire de valentía. Habían enfrentado sus miedos y aprendido que las historias a menudo tienen dos lados. “No fue tan aterrador después de todo”, dijo Nacho mientras caminaban hacia su casa. “Sí, y creo que tenemos una nueva historia para contar en Halloween”, añadió Rocío, sonriendo.
Cuando llegaron a casa, la familia se sentó a cenar. Nacho, emocionado, comenzó a contarles a su papá Rufi y a su mamá Rocío sobre la señora Melina y lo que habían aprendido. Rufi sonrió, “¿Ves? La curiosidad puede llevarte a grandes aventuras, siempre y cuando tengas cuidado”.
Esa noche, mientras Nacho se preparaba para dormir, pensó en todo lo que había vivido. Había enfrentado su miedo, aprendido sobre la bondad y la valentía, y descubierto que las historias a menudo tienen lecciones valiosas. Con Zeus acurrucado a su lado, se quedó dormido, soñando con nuevas aventuras y nuevas historias.
La noche de Halloween había terminado, pero la lección que aprendió permanecería con él por siempre. Porque a veces, lo que parece aterrador puede convertirse en una de las aventuras más memorables de la vida. Y en cada rincón del vecindario, las luces de Halloween seguían brillando, como los corazones de aquellos que eligieron ver más allá de lo superficial.
Fin.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.