Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas y ríos, tres amigos inseparables: Andrés, Lupe y Felipe. Andrés era un niño amable, con cabello castaño y ojos brillantes. Siempre llevaba una camisa azul y jeans. Lupe era una niña alegre, con el cabello rizado y largo, vestida con un hermoso vestido rosa. Felipe, con su cabello negro y puntiagudo, vestía una camiseta verde y pantalones cortos, siempre listo para una nueva aventura.
Los tres amigos pasaban sus días jugando en el parque del pueblo, donde los árboles altos y las flores coloridas les brindaban el escenario perfecto para sus juegos. Corrían, saltaban y reían sin parar, disfrutando de la compañía y la naturaleza que los rodeaba.
Un día, mientras exploraban un rincón del parque que nunca antes habían visitado, encontraron una caja extraña escondida bajo un arbusto. La caja estaba llena de dulces coloridos y brillantes, pero algo en ellos no parecía estar bien. Felipe, siendo el más curioso, tomó uno de los dulces y se lo mostró a sus amigos.
«¿Qué será esto?» preguntó Felipe, observando el dulce con detenimiento.
«No lo sé,» respondió Andrés, «pero no me gusta cómo se ve. No parece un dulce normal.»
Lupe, siempre cautelosa, sugirió que no comieran nada sin saber qué era. «Podría ser peligroso,» dijo con preocupación.
Decidieron llevar la caja a casa de Andrés, donde su abuela, Doña Carmen, les esperaba con una merienda. Doña Carmen era una mujer sabia y cariñosa, siempre dispuesta a escuchar y dar buenos consejos. Al ver la caja, su expresión cambió a una de preocupación.
«Estos no son dulces, niños,» dijo Doña Carmen con firmeza. «Son drogas, y pueden ser muy peligrosas.»
Los tres amigos se miraron con sorpresa y miedo. No sabían mucho sobre las drogas, pero sabían que no eran algo bueno.
«¿Qué son las drogas, abuela?» preguntó Andrés.
Doña Carmen se sentó con ellos y les explicó que las drogas eran sustancias que podían hacer mucho daño al cuerpo y a la mente. Les contó cómo algunas personas las usaban para sentirse diferentes, pero que esto siempre terminaba causando problemas muy graves.
«Las drogas pueden destruir amistades y familias,» dijo Doña Carmen con seriedad. «Y pueden hacer que las personas se sientan muy enfermas.»
Andrés, Lupe y Felipe entendieron la gravedad de lo que habían encontrado. Decidieron que debían hacer algo al respecto para proteger a otros niños del peligro.
«¿Qué podemos hacer, abuela?» preguntó Lupe, decidida a ayudar.
«Podemos hablar con la policía del pueblo,» sugirió Doña Carmen. «Ellos sabrán qué hacer y podrán asegurar que estas drogas no hagan daño a nadie más.»
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.