Drake era un perrito muy alegre y juguetón que vivía en una casita blanca con una familia que lo quería mucho. Él era un perro pequeño, con el pelaje suave y canela, y unos ojitos brillantes que reflejaban toda su alegría y cariño. La persona a quien más quería en esa casa era una niña llamada Lucía. Lucía tenía seis años y siempre estaba lista para jugar con Drake. Cuando ella llegaba del colegio, lo primero que hacía era correr hacia él para abrazarlo y lanzar una pelota para que Drake la atrapara. Él corría feliz, moviendo su cola con tanta fuerza que parecía que iba a despegar.
Lucía y Drake eran inseparables. Cada tarde salían al jardín, donde un viejo árbol brindaba sombra en verano y un montón de hojas caían en otoño, invitándolos a saltar y revolcarse. Lucía le hablaba a Drake como si él pudiera entender cada palabra, y a veces, en las noches, se sentaban juntos en el sofá a mirar cuentos en la tablet. Drake parecía comprender el amor que Lucía le tenía, y él le correspondía con lamidos suaves y grandes saltos de felicidad.
Un día, la familia comenzó a preparar las maletas para hacer un viaje de vacaciones. Desde temprano en la mañana, todos estaban ocupados sacando ropa, comida y juguetes. La mamá doblaba camisetas, el papá revolvía en una caja buscando la cámara fotográfica y Lucía hacía un dibujo para llevarlo como recuerdo. Drake los seguía por la casa moviendo la cola con felicidad, sintiendo el aire de aventura en el ambiente.
Pero todos estaban muy apurados, y aunque Drake trataba de llamar la atención para que jugaran con él o para que le acariciaran la cabeza, nadie lo miró. “¡Date prisa, que tenemos que salir!”, dijo la mamá con voz apresurada. Drake no entendía por qué lo dejaban de lado si hacía tan solo un momento lo estaban abrazando.
Finalmente, llegaron al coche que estaba estacionado en la calle. Las maletas se colocaron cuidadosamente en el maletero y lucía se acomodó en el asiento trasero, con su muñeca favorita abrazada. Drake dio un saltito para subirse, y como siempre, corrió hacia la ventanilla para asomar la cabeza y sentir el viento en su cara. Para él, esto era maravilloso. Iba a viajar con su familia, ¡qué gran aventura!
El camino comenzó y la familia cantaba canciones, hablaban y reían. Drake estaba tan contento que no paraba de mover la cola. De vez en cuando, Lucía le lanzaba una bolsita con galletas especiales que le encantaban, y él la miraba con los ojos llenos de gratitud. Pensó que nada podría salir mal durante ese viaje.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de un buen rato viajando, el papá detuvo el coche a un lado de la carretera. Se veía que necesitaban tomar un descanso. La familia bajó para estirar las piernas y respirar el aire fresco. Drake bajó también, corriendo a explorar con su nariz todo alrededor, investigando flores, piedras y ramitas.
La niña quiso jugar con él junto a un árbol grande que estaba al lado del camino. Mientras tanto, el papá revisaba el motor del coche, que parecía estar un poquito caliente. La mamá se sentó en una piedra y miró a los niños con una sonrisa. Todos estaban tranquilos, pensando que después de unos minutos continuarían el viaje.
Pero cuando Drake estaba corriendo detrás de una mariposa cerca de la carretera, de repente oyó que el coche arrancaba. Se dio vuelta y vio cómo el vehículo se alejaba rápidamente sin que la familia se diera cuenta de que él no había subido.
Drake comenzó a ladrar y a correr tras el coche, pero era inútil. El motor era demasiado fuerte y el automóvil se alejaba muy rápido. La niña comenzó a llorar, llamando a su perrito, pero el papá y la mamá estaban demasiado ocupados con sus preocupaciones para darse cuenta de lo que había pasado. Habían dejado a Drake solo.
Al verse solo en medio de la carretera, Drake se sintió perdido y triste. No entendía por qué su familia lo había dejado atrás, y su corazón se llenó de un vacío muy grande. Se sentó en el borde del camino y esperó. Esperó y esperó, mirando al horizonte, creyendo que en cualquier momento el coche volvería por él.
Pasaron las horas y el sol comenzó a ocultarse detrás de las montañas. La noche llegó silenciosa y Drake se acurrucó junto a un árbol para protegerse del frío. Cerró sus ojitos y se durmió un poco, pensando en Lucía, en la casa y en el jardín donde tantas veces había jugado. Tenía miedo, pero en lo profundo guardaba la esperanza de que alguien vendría a salvarlo.
Cuando el sol asomó, pintando el cielo de colores anaranjados y rosados, Drake despertó. Su estómago rugía de hambre y su lengua estaba seca por la falta de agua. Se levantó despacito y comenzó a caminar buscando ayuda o alguna señal de que alguien estaba cerca.
Caminar no fue fácil para él. La carretera parecía muy larga, pero Drake tenía un corazón valiente y decidió no rendirse. Mientras avanzaba, miraba cuidadosamente a su alrededor, esperando encontrar algún lugar donde pudieran ayudarlo.
Después de un rato, Drake vio cómo se acercaba por la carretera un coche pequeño, y en él viajaban una mujer y un niño que no parecía mucho mayor que Lucía. El niño veía por la ventanilla con mucha curiosidad, y cuando se percató de Drake en la orilla del camino, comenzó a señalar.
El coche se detuvo despacito y la mujer abrió la puerta. Bajaron los dos y se acercaron con cuidado a Drake. Él, aunque cansado, movió la cola con fuerza. Parecía feliz porque tenían caritas amables y había en sus ojos mucho cariño.
Cuentos cortos que te pueden gustar
La Aventura de los Tres Pequeños Valientes y su Familia Amorosa bajo el Cielo Azul
El Gran Día de Pablo
La solitud d’Anna davant el nou món familiar
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.