Soledad era una niña alegre y curiosa. Le encantaba dibujar y colorear. Su mamá sabía cuánto le gustaba, así que un día le regaló un libro de colorear lleno de imágenes de animales, flores y paisajes. Soledad no cabía en sí de la emoción cuando vio su regalo. Inmediatamente corrió a su habitación a buscar sus colores para empezar a usarlo.
—¡Gracias, mamá! —gritó, emocionada—. ¡Es justo lo que quería!
Ese mismo día, Soledad invitó a sus amigos Martín, Pedro y Cristina a su casa para jugar. Sabía que a ellos también les gustaba dibujar y pensó que podrían divertirse juntos coloreando. Cuando todos llegaron, se reunieron en la sala de estar, donde habían juguetes y libros esparcidos por el suelo.
—Miren lo que me regaló mi mamá —dijo Soledad, mostrando orgullosa su nuevo libro de colorear—. ¡Vamos a colorear juntos!
Martín, que era siempre muy travieso, miró el libro con interés. Tenía ganas de verlo más de cerca, pero no quiso pedirlo. Pedro, en cambio, estaba más interesado en los juguetes que había en la sala, y Cristina, como siempre, observaba en silencio. Le gustaba fijarse en lo que hacían los demás antes de participar.
Después de un rato de jugar, Soledad decidió que era hora de empezar a colorear. Dejó el libro sobre la mesa mientras iba a buscar más lápices de colores. Pero cuando regresó, el libro había desaparecido.
—¿Dónde está mi libro de colorear? —preguntó Soledad, mirando a su alrededor con el ceño fruncido.
Martín estaba sentado cerca de la mesa, pero no dijo nada. Pedro, que estaba jugando con un cochecito en el suelo, levantó la vista confundido.
—Yo no lo tengo —dijo Pedro, notando la mirada de Soledad.
Soledad, sin pensarlo mucho, frunció el ceño y señaló a Pedro.
—¡Debe haber sido tú, Pedro! Estabas cerca del libro cuando me fui —acusó ella, cruzando los brazos.
Pedro abrió los ojos de par en par. No entendía por qué Soledad lo culpaba.
—Yo no lo tomé, Soledad. Estaba jugando con mi cochecito todo el tiempo —dijo Pedro, empezando a sentirse incómodo.
Cristina, que había estado mirando toda la escena en silencio, sabía la verdad. Había visto a Martín tomar el libro mientras Soledad no estaba, pero Martín se había quedado callado y ahora parecía un poco nervioso.
—Soledad, creo que deberías escuchar a Pedro. Él no tomó tu libro —dijo Cristina con calma.
Soledad se detuvo un momento y miró a Cristina.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, algo confundida.
Cristina señaló a Martín, quien se encogió de hombros y evitó el contacto visual.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.