Cuentos de Valores

El pequeño dueño de los colores que danzan en su alma

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

Puntuación:

0
(0)
 

Compartir en WhatsApp Compartir en Telegram Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir por correo electrónico
0
(0)

Había una vez un pequeño llamado Tomás que vivía en un mundo muy especial, un mundo lleno de colores que cambiaban y danzaban según lo que sentía en su corazón. Cuando Tomás estaba alegre, todo a su alrededor brillaba con tonos dorados, como el sol brillante, y azules suaves, como el cielo en un día despejado. Estos colores le hacían sentir paz y felicidad, y a veces hasta reía sin razón. Pero cuando Tomás se enojaba, el cielo sobre él se volvía rojo intenso, como el fuego de una fogata, y las flores parecían agitarse con fuerza. Y en esos momentos su pecho se apretaba y no sabía qué hacer. Cuando tenía miedo, los colores se apagaban, como si alguien hubiera bajado la luz en su mundo, y todo se volvía oscuro y gris, lo que lo hacía sentirse pequeñito y solo.

Tomás, a veces, no entendía por qué su mundo cambiaba tanto. Se sentía confundido cuando veía esos colores moverse tan rápido y no sabía cómo hacer que todo volviera a ser tranquilo. Eso lo hacía sentirse aún más pequeño, como una semillita que no sabe hacia dónde crecer.

Un día, mientras caminaba por el bosque que rodeaba su casa, Tomás vio a una tortuga que avanzaba muy despacito. La tortuga tenía una concha grande y brillante, con dibujos que parecían mapas de tierra y agua. La tortuga se llamaba Sabia, porque había vivido muchos años y conocía muchos secretos del mundo.

Tomás se acercó con cuidado y le preguntó: “¿Por qué mi mundo cambia tanto de colores? A veces no sé qué hacer, y eso me asusta.” La tortuga Sabia sonrió con ternura y le dijo: “Tomás, los colores que ves no están afuera, sino dentro de ti. Cada emoción que sientes es como una semilla que crece en tu corazón. Cuando las conoces, las quieres, las nombras y las cuidas, esas semillas te ayudan a sentirte fuerte y feliz.”

Tomás miró a la tortuga con curiosidad y preguntó: “¿Cómo puedo cuidar esas semillas, Sabia tortuga?” La tortuga explicó que cada emoción, ya sea la alegría, el enojo o el miedo, tiene un nombre y un lugar dentro de nosotros. “Cuando estás feliz, puedes decir ‘Estoy feliz’, y eso hace que ese color dorado y azul baile con alegría. Cuando estás enojado, puedes decir ‘Estoy enojado’, y entenderás que ese color rojo está ahí para protegerte, pero que con calma puedes dejar que se vaya. Y cuando tienes miedo, puedes decir ‘Estoy asustado’, y esa oscuridad poco a poco se ilumina para que te sientas seguro otra vez.”

Tomás entonces decidió intentar cuidar sus emociones. Cuando un día su mundo se tiñó de rojo porque estaba enfadado, recordó a la tortuga y respiró profundo. “Estoy enojado”, dijo en voz baja. Inspiró y expiró lentamente, y poco a poco el rojo se fue calmando y dando paso a tonos más suaves. Después, cuando tuvo miedo porque una sombra se movió en la noche, en vez de esconderse dijo: “Estoy asustado”. Cerró sus ojos por un momento y pensó que estaba seguro en su cama. Los colores apagados se fueron aclarando y volviendo a la luz dorada.

Mientras Tomás aprendía a decir sus emociones, conoció a otros niños que también vivían en mundos de colores danzantes. Estaba Sofía, una niña que tenía colores violetas cuando estaba triste, y verdes cuando estaba tranquila; Pedro, que veía colores naranjas cuando estaba contento y grises cuando se sentía solo; y Lucía, cuyos colores eran rosados cuando estaba cariñosa y amarillos cuando sentía curiosidad.

Ellos compartieron con Tomás sus propias maneras de cuidar sus emociones. Sofía le dijo que cuando estaba triste le gustaba abrazar a su osito de peluche. Pedro contó que cuando se sentía solo, le gustaba dibujar sus colores en un papel para entenderlos mejor. Lucía le explicó que, cuando tenía curiosidad, le encantaba hacer preguntas y descubrir cosas nuevas.

Tomás se dio cuenta de que no estaba solo en su mundo de colores cambiantes y que todos sus amigos tenían semillas de emociones dentro de ellos, iguales a las suyas. Aprendió que cada emoción era importante y valiosa, y que ninguna era mala. Lo que importaba era escucharlas, decirlas y cuidarlas para que no crecieran como plantas torcidas sin sol.

De pronto, el cielo alrededor de Tomás se llenó de colores suaves y armoniosos. Ya no sentía miedo ni enojo sin saber cómo actuar. Sabía que podía respirar, nombrar lo que sentía y buscar ayuda en sus amigos o en la tortuga Sabia cuando lo necesitaba.

Comparte tu historia personalizada con tu familia o amigos

Compartir en WhatsApp Compartir en Telegram Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir por correo electrónico

Cuentos cortos que te pueden gustar

autor crea cuentos e1697060767625
logo creacuento negro

Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

Deja un comentario