Había una vez dos hermanas llamadas Fredel e Isabella. Él tenía el cabello lacio y rubio, mientras que Isabella tenía el cabello rizado y castaño. Aunque eran muy diferentes en apariencia, compartían una cosa en común: a ambas no les gustaba bañarse.
Su mamá, una mujer bondadosa y paciente, les pedía todos los días que se metieran a bañar. «Niñas, ya es hora de bañarse», decía con una sonrisa, esperando que algún día no se quejaran. Pero siempre recibía la misma respuesta: «¡No, mamá! Hace solo cinco días que nos bañamos, no necesitamos bañarnos otra vez».
Un día, cansadas de la insistencia de su mamá, Fredel e Isabella tuvieron una idea para evitar bañarse sin que su mamá se diera cuenta. Decidieron hacer una travesura. Cuando su mamá las mandó al baño, las niñas abrieron la llave del lavabo, se mojaron un poquito el cabello y luego se pusieron las toallas para parecer que se habían bañado. Salieron del baño con sus toallas enrolladas en la cabeza, sonriendo inocentemente.
Su mamá, al verlas, dijo: «Muy bien, por fin se bañaron». Fredel e Isabella se miraron y sonrieron, felices de que su plan había funcionado. Desde ese día, repitieron la misma travesura cada vez que su mamá les pedía que se bañaran. Pasaron unas semanas y las niñas seguían engañando a su mamá con su truco.
Pero un día, la mamá de Fredel e Isabella empezó a sospechar. Se dio cuenta de que sus hijas salían del baño muy rápido y su piel no parecía tan limpia como debería. Decidió que debía averiguar qué estaba pasando. Así que, la próxima vez que las niñas se metieron al baño, ella las siguió en silencio y esperó fuera de la puerta.
Las niñas, sin saber que su mamá las estaba observando, hicieron su truco de siempre: abrieron la llave del lavabo, se mojaron un poco el cabello y se pusieron las toallas. Justo cuando estaban a punto de salir del baño, su mamá abrió la puerta de golpe. «¡Ajá! ¡Las atrapé!», exclamó.
Fredel e Isabella se asustaron y gritaron: «¡Ay, mamá, nos asustaste!». Su mamá, con una expresión seria, las miró y dijo: «Niñas, estoy muy decepcionada. Me han estado engañando todo este tiempo. Les he pedido que se bañen porque es importante para su salud. Ahora tendrán que enfrentar las consecuencias».
Como castigo, su mamá les dijo que no podrían jugar con sus juguetes favoritos ni ver sus programas de televisión preferidos durante tres meses. Además, tendrían que bañarse todos los días sin protestar. Fredel e Isabella se sintieron muy mal por haber engañado a su mamá y prometieron no volver a hacerlo.
Con el tiempo, las niñas se dieron cuenta de que bañarse no era tan malo. De hecho, comenzaron a disfrutar del tiempo en el baño, jugando con el agua y haciendo burbujas de jabón. Descubrieron que se sentían frescas y limpias después de bañarse, y que su mamá solo quería lo mejor para ellas.
Una tarde, mientras jugaban en el parque, Fredel e Isabella hablaron sobre lo que habían aprendido. «Sabes, Fredel, creo que mamá tenía razón. Bañarse todos los días nos hace sentir bien», dijo Isabella. Fredel asintió y añadió: «Sí, y no deberíamos haberla engañado. Mamá solo quiere cuidarnos».
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.