En un rincón tranquilo del bosque, donde el sol brillaba y el aire olía a flores frescas, había un charco muy especial. En ese charco vivía una rana verde llamada Lila. Lila era una rana feliz y juguetona. Cada día saltaba de un lado a otro, chapoteaba en el agua, cazaba moscas y tomaba el sol sobre una hoja de nenúfar que flotaba suavemente en la superficie del charco. Le encantaba sentirse calentita y suave mientras el viento movía la hoja de un lado a otro.
Lila sabía que su charco era un lugar maravilloso para vivir, pero también sabía que no estaba del todo seguro. En el charco también vivían dos animales que siempre andaban atentos y muy sigilosos. La salamandra, llamada Salia, que era de piel brillante y manchada, y una serpiente llamada Sisi, que se deslizaba silenciosa entre las plantas y el agua. Salia y Sisi siempre miraban a Lila con ojos hambrientos, porque querían atraparla para comérsela. Pero Lila era muy rápida y astuta.
Cada día, cuando el sol asomaba por el cielo, Lila salía a jugar y a tomar el sol en su nenúfar. Mientras estaba ahí tumbada, Salia y Sisi se acercaban sigilosamente. Salia desde el lado del barro, y Sisi entre las hojas y ramitas. Las dos se acurrucaban esperando el momento justo para atrapar a Lila. Pero la rana siempre se daba cuenta y saltaba muy alto, mucho más alto de lo que Salia y Sisi podían imaginar. Lila caía de nuevo sobre su nenúfar y se escondía debajo de él, donde ellas no podían llegar. Así pasaban los días, con Lila feliz, pero siempre cuidándose de sus dos peligrosas amigas que no dejaban de acecharla.
Una mañana, mientras Lila descansaba, pensó: “¿Cómo puedo hacer para que Salia y Sisi me dejen tranquila para siempre? No quiero vivir con miedo. Quiero jugar, saltar y tomar el sol sin preocuparme.” Lila se sentó en su nenúfar y se rascó la cabeza con una de sus patitas. “¡Claro!” dijo de repente. “Si pudiera parecer venenosa, seguro que no tratarían de comerme.”
Lila se levantó muy animada y fue hasta la orilla del charco, allí encontró unas flores rojas que caían de un arbusto cercano. Pensó que si se pintaba de color rojo, como esas flores brillantes, Salia y Sisi pensarían que era venenosa y peligrosa. Así que Lila se frotó suavemente la piel con el jugo rojo de las flores. Poco a poco, su piel verde cambió y se volvió roja, fuerte y brillante como el fuego.
— ¡Ahora sí que no me atraparán! — exclamó Lila contenta mientras saltaba de un lado a otro, mostrando su nuevo color.
Al día siguiente, cuando llegaron Salia y Sisi con sus ojos hambrientos, vieron a Lila de color rojo y se quedaron muy sorprendidas.
— ¿Esa rana será venenosa? — susurró Sisi con miedo.
— Mejor no la toquemos, — dijo Salia muy pensativa, — si es venenosa podemos enfermarnos.
Lila estaba segura de que por fin estaría a salvo. Pero mientras jugaba y saltaba con alegría, de repente resbaló en una hoja húmeda y cayó al agua del charco con un gran chapuzón. La pintura roja comenzó a diluirse en el agua y a mezclarse con el agua transparente y fresca del charco.
Salia y Sisi miraban extrañadas cómo el color rojo desaparecía rápidamente. Se dieron cuenta de que Lila no era venenosa en realidad. Su piel volvía a ser verde, igual que siempre.
— ¡Nos engañó! — dijo Sisi, mostrando sus colmillos — No es venenosa, sólo quería asustarnos con ese color rojo.
— Sí, — respondió Salia, — pero ¿qué podemos hacer ahora para atraparla?
Lila, que había escuchado todo desde debajo de su nenúfar, salió con un plan aún más astuto. Se acercó a Salia y Sisi con una sonrisa traviesa y les dijo:
— Ahora el veneno está en el agua del charco, porque la pintura roja se ha mezclado completamente con el agua y se ha convertido en veneno. Por eso, si quieren nadar o beber de este charco, van a tener que tener mucho cuidado… ¡Porque el veneno está por todos lados!
Salia y Sisi se miraron entre ellas, recordando que no les convenía correr riesgos. No querían enfermarse ni alejarse tanto de su hogar. Pensaron que quizás era mejor alejarse para no tocar ese “veneno” que ahora estaba en el agua.
Así que, con mucho cuidado, Salia se arrastró silenciosamente hacia el barro, y Sisi se deslizó entre las plantas sin mirar hacia atrás. Ambas huyeron del charco para no acercarse más. Nunca volvieron a intentar atrapar a Lila.
Desde ese día, Lila volvió a saltar y a jugar todos los días, tomando el sol en su nenúfar y comiéndose todas las moscas que revoloteaban.
Ahora estaba feliz y segura, porque había usado su inteligencia para protegerse y vivir tranquila en su charco encantado. Era la rana más feliz del bosque, y su color verde brillaba con más fuerza que nunca.
Y así, Lila demostró que a veces, con un poco de ingenio y valentía, podemos resolver nuestros problemas y vivir contentos, sin miedo a los peligros.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.