Había una vez una niña llamada Lucía, es una jovencita que vivía en una pequeña ciudad donde todos la conocían por su alegría y bondad. A Lucía le encantaba compartir su tiempo y sus cosas con los demás, no importaba quién fuera. Desde que era pequeña, sus padres, Ana y su esposo, siempre le habían enseñado la importancia de ser amable y generosa con las personas, y eso se reflejaba en cada cosa que hacía.
Lucía vivía en una casa llena de amor, donde sus padres, a pesar de trabajar mucho, siempre encontraban tiempo para jugar con ella y pasar momentos en familia. Cada mañana, su mamá Ana le preparaba la merienda con mucho cariño para que pudiera llevarla al colegio. Lucía siempre llevaba su pequeña lonchera con bocadillos deliciosos: sándwiches, frutas, galletas y, a veces, un jugo.
Lucía asistía al cuarto grado de primaria en una escuela cercana. Aunque era hija única, nunca se sentía sola, porque sus amigos en la escuela la adoraban y siempre querían jugar con ella. Sin embargo, había algo que la hacía diferente: su capacidad para ver más allá de las apariencias y su deseo constante de ayudar a quienes lo necesitaban.
Cada día, cuando sonaba el timbre del recreo, todos los niños corrían al patio con sus meriendas, listos para comer y jugar. Pero Lucía, en lugar de unirse a ellos inmediatamente, tenía una rutina especial. Guardaba su lonchera en su mochila y salía del colegio por un momento. Cerca de la entrada, había una pequeña banca donde dos niños se sentaban todos los días. Era una niña de unos siete años y su hermanito pequeño, que no tendría más de cinco. Siempre los veía allí, esperando mientras sus padres trabajaban.
Lucía había notado que estos niños no llevaban mochila, ni uniforme, ni libros. Sabía que no asistían a la escuela como ella y sus amigos, y eso la entristecía. Desde el primer día que los vio, decidió hacer algo al respecto. Así que, cada mañana, antes de entrar a su clase, salía al encuentro de los dos niños y les daba su merienda.
—Aquí tienen, ¿les gustan los sándwiches? —preguntaba Lucía con una gran sonrisa.
Los niños, sorprendidos al principio, aceptaban la comida con timidez, pero con el tiempo se acostumbraron a la amabilidad de Lucía. La pequeña niña siempre decía «gracias» con una sonrisa tímida, mientras su hermanito, con los ojos grandes y curiosos, se limitaba a asentir emocionado mientras comía.
Lucía no decía nada a nadie sobre lo que hacía. Para ella, era algo natural compartir lo que tenía, especialmente con esos niños que tanto lo necesitaban. Sus padres no se daban cuenta de que la lonchera que preparaban con tanto amor nunca llegaba a las manos de su hija, pero había una persona que comenzó a notar lo que ocurría.
La maestra de Lucía, una docente amable y atenta, se percató de que, en varias ocasiones, Lucía no comía su merienda durante el recreo. Preocupada por la situación, un día decidió hablar con ella.
—Lucía, he notado que no comes tu merienda durante el descanso. ¿Ocurre algo? —preguntó la maestra con dulzura.
Lucía, que no quería mentir pero tampoco quería llamar la atención, sonrió con timidez.
—No, maestra, está todo bien —respondió, sin dar más detalles.
Pero la maestra no quedó convencida. Sabía que algo pasaba y, preocupada por el bienestar de su alumna, decidió hablar con Ana, la madre de Lucía. Una tarde, después de clases, la docente esperó a Ana a la salida de la escuela.
—Ana, ¿puedo hablar contigo un momento? —dijo la maestra—. He notado que Lucía no come su merienda en el recreo. ¿Sabes si hay algún problema?
Ana, sorprendida, frunció el ceño.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.