Luna era una niña pequeña, curiosa y muy alegre. Tenía el cabello rizado que le rebotaba cuando corría en el parque, y una sonrisa dulce que iluminaba el día de todos a su alrededor. Le encantaba cantar canciones mientras jugaba, y siempre buscaba abrazar a sus amigos y a su familia porque creía que los abrazos eran como magia que hacía que todos se sintieran mejor. En la escuela, Luna tenía dos amigas especiales: Jenni y Tati. Jenni era muy risueña y siempre tenía ideas divertidas para jugar, mientras que Tati era algo tímida, pero cuando estaba con Luna y Jenni, se sentía valiente y feliz.
Un día en la escuela, la maestra les habló de algo muy importante. Sentados en el círculo de colores en la alfombra, todos los niños escuchaban con atención. La maestra, que se llamaba señora Mariana, tenía una sonrisa cálida pero hablaba con seriedad porque el tema era muy especial. Ella comenzó diciendo:
—“Niños y niñas, quiero contarles un secreto muy grande, uno que los protegerá siempre. Ustedes tienen un cuerpo muy valioso, y nadie puede tocarlo si ustedes no quieren. Su cuerpo es solo suyo, como sus juguetes o sus cosas favoritas. ¿Verdad que nadie les puede quitar su osito de peluche sin permiso? Pues con su cuerpo es igual, nadie puede tocarlo sin que ustedes digan que está bien.”
Luna y sus amigos miraron con ojos grandes y curiosos. La maestra siguió:
—“Y algo muy importante que deben recordar: si alguna vez alguien les hace sentir incómodos, tristes o confundidos, eso no es un secreto que deban guardar. Siempre deben contarle a una persona en la que confíen, como mamá, papá, abuelita o a mí. Hablar de lo que sienten es ser valiente, y hay muchas personas que los quieren y quieren protegerlos.”
Luna pensó mucho en esas palabras durante el día. Caminando hacia el recreo, recordaba cómo su cuerpo era importante y que cuidarlo era tan necesario como cuidar su muñeca favorita, a la que le ponía vestiditos y la acomodaba en su cama con mucho amor. “Mi cuerpo es solo mío…”, le repetía en su mente, sintiéndose aún más segura.
Esa misma tarde, mientras jugaba en el parque con Jenni y Tati, una situación la hizo sentirse extraña. Estaban jugando a las escondidas cuando un niño mayor que no conocían mucho se acercó y, sin pedir permiso, trató de tomarle la mano a Luna para que le mostrara un dibujo. Luna sintió que algo dentro suyo se puso nervioso y apagó sus ganas de jugar. No sabía bien qué hacer, pero recordó lo que la maestra les había dicho. Se quedó quieta y alzó la voz con firmeza:
—“No quiero que me toques, por favor.”
El niño se sonrió y se alejó rápido. Luna corrió junto a Jenni y Tati, pero algo dentro de ella aún la hacía sentir rara. Al llegar a su casa, vio a su mamá en la cocina preparando la cena. Luna se acercó despacio y le contó lo que había pasado, usando sus palabras simples y con un poco de miedo al principio, pero también con la valentía que había descubierto ese día en la escuela.
Su mamá la abrazó fuerte, como si quisiera que Luna sintiera que estaba protegida, y le dijo con ternura:
—“Has hecho lo correcto, mi cielo. Siempre debes decir cuando algo no te gusta o te hace sentir confundida. Tu cuerpo es tu vida, tu donde vivir, y nadie tiene derecho a molestarte o lastimarte.”
Esa noche, Luna se quedó pensando en ese abrazo y en las palabras de mamá. Se sintió más fuerte, como una pequeña heroína que había aprendido un secreto importante. No solo sobre su cuerpo, sino también sobre su voz, ese poder que tiene para cuidar de ella misma.
El día siguiente en la escuela, Luna quiso compartir ese secreto con Jenni y Tati. Les contó lo que había pasado, y juntas entendieron que todos podían aprender a cuidar su cuerpo y a decir no cuando algo les hacía sentir mal. Jenni sonrió y dijo:
—“¡Yo también quiero ser valiente y contar si algo me molesta!”
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.