Había una vez tres perritos llamados Loli, Bigotes y Pelusa que vivían juntos bajo un viejo árbol al borde del bosque. Eran muy buenos amigos y siempre se cuidaban unos a otros. Sin embargo, llevaban ya varios días sin poder encontrar comida, y sus pancitas gruñían tanto que ni siquiera podían dormir tranquilos por la noche.
Una mañana fresca, mientras la brisa apenas movía las hojas del viejo árbol, Loli, la perrita más inquieta y valiente, movió su cola con energía y dijo:
—¡Ya sé! Podemos ir al río a buscar pescaditos. Tal vez alguno se deje atrapar.
Bigotes, que siempre pensaba antes de actuar y era el más sabio del grupo, levantó una pata y reflexionó:
—¿Y si el agua va muy rápida? A veces no es fácil pescar en el río, pero no perdemos nada con intentar.
Pelusa, el más pequeño pero también el más dulce, asintió emocionado. Juntos, los tres amigos emprendieron el camino hacia el río que corría al final del bosque, justo donde el sol reflejaba el agua y hacía que brillara como millones de espejos diminutos.
Cuando llegaron, el paisaje era todavía más hermoso de lo que recordaban. El agua del río bajaba rápido y fría, cantando mientras atravesaba piedras y pequeñas ramas. Loli, con la cola moviéndose sin parar, intentó acercarse para pescar, poniendo sus patas en el borde.
—¡Miren! —exclamó, intentando atrapar un pececillo—. ¡Casi lo tengo!
Pero el agua bajaba con tanta fuerza y los peces eran tan veloces que, en lugar de atrapar pescaditos, los tres perritos terminaron empapados, cubiertos de agua de la cabeza a la cola. Pelusa temblaba un poco del frío.
—¡Brrr! ¡Ahora sí que tenemos frío y seguimos con hambre! —dijo Pelusa tirando de su oreja.
Bigotes, con el pelo chorreando, pensó en una solución diferente.
—Podríamos ir al pueblo —propuso—. A veces la gente deja pedacitos de pan cerca de las tiendas o en la plaza. Quizás encontremos algo para comer.
Aunque ese plan les parecía un poco arriesgado porque no estaban acostumbrados al bullicio del lugar, decidieron caminar hacia el pueblo con la esperanza de encontrar algo de comida.
El viento movía las hojas secas en el camino, y los perritos caminaban juntos, cuidándose de no perderse. Al llegar al pueblo, se escondieron entre los arbustos para observar. La gente iba y venía, a veces con bolsas llenas de alimentos, otras hablando muy rápido y sin notar a los tres pequeños amigos.
De pronto, cuando se acercaron más a una panadería que tenía fuera un carrito con sobras de pan duro, un enorme gato con bigotes largos y ojos brillantes apareció de repente. El gato bufó con fuerza, erizando su pelaje y dejando escapar un sonido amenazante que hizo que Loli, Bigotes y Pelusa sintieran un gran miedo.
Sin pensarlo dos veces, los tres perritos salieron corriendo lo más rápido que pudieron, con sus patas haciendo ruido sobre las piedras del camino y el corazón latiendo a mil por hora. Se escondieron detrás de una pila de cajas vacías, jadeando.
—Ese gato fue enorme y muy malo —dijo Pelusa, temblando.
Bigotes suspiró mientras miraba al gato que ahora estaba tranquilo, sin prestarles atención.
—Tal vez el pueblo no sea el lugar indicado para nosotros —dijo—, pero no podemos rendirnos.
Loli, que siempre tenía energía y esperanza, lamió la oreja de Pelusa y dijo:
—¿Y si vamos a la casita de Don Igor? He oído que es un hombre bueno que siempre deja comida en la puerta para los animales que tienen hambre.
Bigotes y Pelusa miraron a Loli con ojos brillantes.
—¿Quién es Don Igor? —preguntó Pelusa con curiosidad, olvidando el miedo.
—Don Igor vive más allá del campo, en una casita pequeña pero llena de luces que se encienden cuando el sol empieza a esconderse —explicó Loli—. Dicen que le gusta ayudar a todos los animalitos del bosque y del pueblo.
Sin otro plan mejor, los tres perritos decidieron emprender el camino hacia la casita de Don Igor. Estaban cansados, hambrientos, pero la esperanza de encontrar comida los hacía caminar sin detenerse.
Primero, tuvieron que cruzar un campo lleno de espinas. Las pequeñas hojas puntiagudas se pegaban a su pelaje, y a veces hasta pinchaban un poco.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.