Un oso lindo vivió muy oculto, sin ruido, sin color. Su sitio, un rincón sin fin, lo cubrió todo: troncos, flor. Un tipo curioso, miró con ojo listo lo infinito oculto.
Un turno, sin turbión ni silbido, un murmullo lo obligó. Un lobo vino sin ruido, con un brillo sutil.
—¡Oh! ¿Quién tú? —Oso chico susurró.
—Un lobo. ¿Y tú? —murmuró.
—Oso, un oso muy listo. ¿Tú? ¿Por qué tú por un sitio sin lobo?
Lobo sin furor indicó un punto sin luz:
—Un punto oscuro. Mi rumbo lo dudo.
Oso, sin sollozo ni turbión, propuso:
—Un giro por un punto sin fin. ¿Ir?
Lobo vio un hilo inútil, un giro inútil, un rumbo inútil. ¿Ir? ¿Por qué? ¿Por quién? ¿Un motivo? Sí, un oso insistió. Un sí tímido, un sí susurró.
Un sol frío cubrió su giro. Un brillo mínimo los indicó. Sin color, sin frío, sin sollozo. Un murmullo contó un mito: luz sin fin, flor sin olor. Un signo, un don oculto.
Oso, sin luto, indicó:
—Tu brillo lo obtuviste tú. Tu luz tú forj… hic… —rió sin brillo.
Lobo sin turbio ni sollozo, sonrió. Luz… Un punto sin luz no lo frust… No lo hundió.
Luz, luz su luz. Un lobo sin. ¡Un lobo sin furor! ¡Un lobo! Un lobo listo.
Un oso, un lobo. Un fin sin fin.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.