En una Tierra invadida por alienígenas, donde los superhéroes habían sido la única defensa de la humanidad durante años, todo cambió cuando un grupo de extraterrestres secuestró a los héroes más poderosos del planeta. Los llamados Heroicos, que siempre habían protegido a la Tierra, fueron derrotados en una batalla televisada en todo el mundo. Ahora, sin ellos, el planeta estaba vulnerable.
Pero no todo estaba perdido. En un lugar secreto, un grupo de niños especiales, hijos de esos mismos superhéroes, habían sido llevados a un refugio del gobierno para mantenerlos a salvo. Sin embargo, para estos niños, quedarse escondidos no era una opción.
Mateo, el hijo del superhéroe más inteligente de todos, miraba las pantallas del refugio donde se repetían las imágenes de la captura de los Heroicos. Su padre, que había creado las tecnologías más avanzadas del mundo, ahora estaba atrapado, y Mateo no iba a quedarse de brazos cruzados.
—No podemos quedarnos aquí sin hacer nada —dijo Mateo, ajustándose las gafas mientras observaba los hologramas de la batalla en las pantallas—. Nuestros padres están en peligro, y si no hacemos algo, nadie los va a salvar.
Junto a él estaba Iván, un chico que podía estirar su cuerpo como si fuera de goma. Su personalidad era relajada, pero sabía que Mateo tenía razón.
—¿Tienes un plan? —preguntó Iván, estirando un brazo para alcanzar una manzana de la mesa sin moverse de su asiento.
Mateo asintió, pero antes de que pudiera responder, Sofía entró en la habitación. Ella era capaz de mover objetos solo con el sonido de su voz. Con una sonrisa traviesa, miró a los otros dos.
—Si hay un plan para escapar, cuenten conmigo. Ya estoy cansada de esta niñera del gobierno —dijo, refiriéndose a la Sra. Gabi, la mujer encargada de cuidarlos.
La Sra. Gabi era una agente del gobierno con una personalidad estricta y fría. Se aseguraba de que los niños no se escaparan, controlando cada movimiento. Pero Mateo sabía que si trabajaban juntos, podrían superarla.
A ellos se unió Jhoan, un niño con un poder inmenso, pero que no siempre podía controlar. Jhoan era más reservado, pues le aterraba la idea de desatar todo su poder accidentalmente y hacer daño a sus amigos.
—¿Estás seguro de esto, Mateo? —preguntó Jhoan en voz baja—. ¿Y si no logro controlar mis poderes?
Mateo lo miró con confianza.
—Jhoan, te necesitamos. Todos tenemos algo que ofrecer, y juntos somos mucho más fuertes que cualquier enemigo. Vamos a salvar a nuestros padres y también a la Tierra.
El grupo de niños, ahora decididos, comenzó a planear su escape. Mateo, con su inteligencia y capacidad para diseñar estrategias, era el cerebro detrás del plan. Iván usaría su elasticidad para llegar a lugares que otros no podrían. Sofía, con su voz melodiosa, podría mover los objetos pesados que bloqueaban su camino. Jhoan sería la última defensa, con su poder inmenso, aunque impredecible.
En el refugio, también conocieron a otros superniños. Fran, el bromista del grupo, tenía el poder de hacer cualquier cara que deseara, lo que a menudo le permitía distraer a los enemigos o confundirlos. Luego estaban Manuel y Virginia, gemelos que podían alterar el tiempo; uno lo ralentizaba, y el otro lo aceleraba, un poder increíblemente útil para cualquier misión peligrosa. También estaba Emma, que tenía la fuerza de un tiburón y la habilidad de moldear el agua en cualquier cosa. Por último, estaba Wild Jhoan, cuyo poder era tan inmenso que hasta él mismo temía desatarlo por completo.
Mateo reunió a todos en una sala secreta del refugio, lejos de la vigilancia de la Sra. Gabi. Se proyectó un holograma de la base alienígena donde mantenían cautivos a los Heroicos.
—Esto es lo que sabemos —comenzó Mateo—. Los alienígenas han construido una fortaleza en medio del océano. Está protegida por una cúpula de energía que nuestros padres no pudieron atravesar. Pero he encontrado un punto débil —dijo, señalando un pequeño punto en el mapa holográfico—. Este es el único lugar donde la cúpula es vulnerable. Si logramos infiltrarnos, podemos desactivarla desde dentro.
—¿Cómo llegaremos allí sin que nos vean? —preguntó Sofía, observando el mapa.
—Utilizaremos el poder de Manuel y Virginia para ralentizar el tiempo lo suficiente como para que no nos detecten. Mientras tanto, Emma usará su habilidad con el agua para llevarnos hasta la fortaleza bajo el océano.
El plan era audaz, pero era la única oportunidad que tenían.
Esa noche, mientras la Sra. Gabi descansaba en su oficina, los niños comenzaron su escape. Mateo, liderando el grupo, guiaba a los demás por los pasillos oscuros del refugio. Cuando llegaron a la puerta principal, Iván estiró su brazo para desactivar el sistema de seguridad, permitiendo que todos salieran sin activar las alarmas.
Una vez fuera, se dirigieron hacia la costa, donde Emma los esperaba. Ella había formado una especie de burbuja de agua que los llevaría a través del océano sin ser detectados.
—¿Listos? —preguntó Emma con una sonrisa.
Todos asintieron, y en un abrir y cerrar de ojos, se sumergieron en el agua, viajando a una velocidad increíble hacia la fortaleza alienígena.
Cuando llegaron al punto de entrada, Manuel y Virginia utilizaron sus poderes para ralentizar el tiempo alrededor de ellos, creando un campo temporal que los hacía casi invisibles para las defensas alienígenas. Jhoan, aunque nervioso, mantenía su poder bajo control, listo para usarlo si era necesario.
Al entrar en la fortaleza, todo parecía ir bien. El equipo de superniños se movía con agilidad y coordinación, desactivando trampas y esquivando a los guardias alienígenas. Mateo los guiaba con precisión, y cada uno de los niños usaba sus habilidades al máximo.
Pero cuando llegaron a la sala central, donde se encontraba el dispositivo que alimentaba la cúpula de energía, algo salió mal. Un guardia alienígena los descubrió, y antes de que pudieran reaccionar, activó una alarma. En cuestión de segundos, la sala se llenó de soldados alienígenas.
—¡No podremos con todos! —gritó Sofía, mientras intentaba mover varios objetos a la vez con su canto. Los objetos volaban por el aire, pero los alienígenas seguían avanzando, sus armaduras relucientes reflejaban la luz mientras se acercaban cada vez más. Mateo miraba a su alrededor, buscando desesperadamente una solución. Estaban en el corazón de la instalación alienígena, rodeados por enemigos, y el tiempo corría en su contra.
—¡Tenemos que pensar rápido! —exclamó Mateo, su mente trabajando a toda velocidad. Sabía que sus poderes no eran tan evidentes como los de sus compañeros, pero su inteligencia era su mayor ventaja. Si tan solo pudiera encontrar un punto débil en la formación de los invasores…
Iván, que podía estirar su cuerpo a distancias increíbles, usaba su elasticidad para atrapar a los alienígenas desde lejos, pero incluso su habilidad tenía límites. Los extraterrestres parecían infinitos, y por cada uno que derrotaban, dos más tomaban su lugar.
—¡No puedo mantenerlos a raya por mucho más tiempo! —gritó Iván, sus brazos extendiéndose en todas direcciones para golpear a los invasores. Su cuerpo comenzaba a cansarse, y las fuerzas de los alienígenas no cedían.
Fran, que podía hacer cualquier cara imaginable, estaba tratando de distraer a los extraterrestres transformando su rostro en el de un ser completamente extraño, esperando confundirlos. Sin embargo, los alienígenas parecían inmunes a la sorpresa.
—Esto no está funcionando —dijo Fran, agitado—. Necesitamos un plan mejor.
Justo cuando la desesperación comenzaba a apoderarse del grupo, Jhoan, que poseía un poder inmenso pero descontrolado, comenzó a mostrar signos de agitación. La energía dentro de él empezaba a desbordarse, y las pequeñas chispas que emitía dejaban claro que algo grande estaba por suceder.
—¡No puedo controlarlo! —gritó Jhoan, sus ojos llenos de miedo. Sabía que si perdía el control, podría poner en peligro a sus amigos tanto como a los alienígenas.
Mateo lo vio y entendió lo que estaba por venir. No podían permitirse perder a Jhoan, ni tampoco dejar que su poder desatado causara más daño del necesario. Fue entonces cuando un pensamiento cruzó su mente.
—¡Jhoan, necesito que confíes en mí! —gritó Mateo mientras corría hacia él—. ¡Usa tu poder, pero concéntralo solo en esa puerta de allí! —señaló una gran puerta de metal al otro lado de la sala.
Jhoan dudó por un momento, pero las palabras de Mateo lo tranquilizaron. Respiró hondo y concentró toda su energía en la puerta que Mateo había señalado. Un destello de luz atravesó la sala cuando la energía de Jhoan explotó en dirección a la puerta, que se derritió como si fuera de cera bajo el calor intenso.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.