Ana siempre había sido una niña curiosa. Desde que tenía uso de razón, pasaba horas explorando el jardín de su casa, preguntándose qué habría más allá de las flores y los árboles. Su mejor amiga, Elara, la acompañaba en estas aventuras, siempre dispuesta a sumergirse en lo desconocido y a crear historias fantásticas en su imaginación. Las dos amigas soñaban con ser grandes exploradoras de mundos lejanos, así que, un día, decidieron crear una máquina del tiempo en el garaje de Ana, a partir de piezas viejas que encontraron en el rincón más polvoriento.
Al principio, su «máquina del tiempo» era poco más que un montón de cajas apiladas, un viejo sillón cubierto de mantas y algunas luces de colores que Ana había encontrado en el ático. Pero con cada idea creativa que compartían, la máquina iba tomando forma. Elara diseñó un panel de control con botones de colores, mientras Ana se encargó de hacer que todo pareciera más real, utilizando pinturas y calcomanías de estrellas y planetas.
Una tarde, después de varias semanas de trabajo, la máquina estaba lista. Las dos amigas estaban muy emocionadas. Se miraron mutuamente con sonrisas cómplices, y Elara dijo, «¡Es el momento de probarla!». Ana asintió, sintiendo una mezcla de miedo y emoción en su estómago. Se sentaron en el sillón, y Ana presionó el botón rojo más grande. Con un ruido chirriante, la máquina pareció cobrar vida; luces parpadeaban y sonaban unos ruidos extraños que asemejaban un motor en marcha.
«¿A dónde vamos?» preguntó Elara con los ojos brillantes de emoción. Ana respondió: «Quiero ir al futuro, ¡a ver cómo será el mundo dentro de cien años!» Elara asintió con energía, y juntas gritaron a coro: «¡Viaje al futuro!».
De repente, una intensa luz las envolvió, y sintieron que todo a su alrededor giraba y cambiaba. Un instante después, el sillón se detuvo y ambas desearon abrir los ojos al nuevo mundo. Cuando lo hicieron, se encontraron en un lugar diferente, más brillante y colorido. Las edificaciones parecían flotantes, llenas de plantas y luces que cambiaban de color. Las calles estaban llenas de vehículos que se movían sin contacto con el suelo, como si volaran.
—¡Increíble! —exclamó Ana, maravilla en su voz—. Mira, los coches parecen tiburones voladores.
—¡Y esas casas! —dijo Elara, apuntando a unos edificios que brillaban en tonos de azul y verde—. ¡Se parecen a burbujas!
Las chicas comenzaron a caminar, empapándose de las maravillas del futuro. La gente vestía ropas que parecían sacadas de una película de ciencia ficción, con colores brillantes y formas únicas. Todos parecían estar tan ocupados, y había una sensación de felicidad en el aire. De repente, al cruzar una esquina, se encontraron con un grupo de niños jugando. Tenían en sus manos unos dispositivos que giraban y flotaban, creando luces y sonidos. Ana sintió un impulso de unirse a ellos.
—Hola —dijo Ana, acercándose al grupo—. ¿Qué es eso que tenéis?
Uno de los niños, con ojos grandes y una sonrisa amplia, respondió: «¡Son nuestros juguetes voladores! Se llaman ‘Antigravitrans’. Funcionan con energía solar y pueden flotar en el aire todo el rato, ¡podemos hacer acrobacias!»
Elara se emocionó, y pronto se unió a la conversación. Se dieron cuenta de que los niños eran muy amigables y estaban dispuestos a compartir sus juguetes. Después de unos minutos de jugar, decidieron invitar a las chicas a un evento especial que se llevaría a cabo esa tarde en un parque cercano. «¡Es el Festival de la Luz! Allí habrá espectáculos de luces y música», dijo una niña llamada Nia, quien se presentó al grupo.
Las chicas decidieron que sería divertido asistir al festival, así que siguieron a los niños por las calles del futuro, rodeadas de paisajes que cambiaban en cada esquina. El evento fue un despliegue de creatividad: luces que parpadeaban y danzaban al ritmo de la música, y en el aire flotaban figuras luminosas que se transformaban en animales y formas extrañas.
Mientras disfrutaban del festival, Ana y Elara comenzaron a conversar sobre sus sueños, las maravillas que habían visto y cómo todo parecía posible en ese mundo. Sin embargo, al caer la noche, Nia les sugirió que fueran a un lugar que “daba miedo”: un aparente laberinto de luces. Era una atracción popular, pero todos advertían sobre lo extraño y misterioso que era.
—¿Te atreves? —preguntó Elara, mirando a Ana.
—¿Por qué no? —respondió Ana—. ¡Siempre hemos querido explorar lo desconocido!
Las tres chicas se aventuraron en el laberinto. En el interior, un juego de luces titilantes les hizo sentir un poco nerviosas, pero, al mismo tiempo, se dejaron llevar por la curiosidad. Sin embargo, al entrar más adentro, perdieron rápidamente la noción de la dirección. A medida que exploraban, comenzaron a escuchar susurros y risas lejanas.
De repente, se encontraron con una habitación completamente oscura que parecía estar suspendida en el aire. A lo lejos, había una figura que se dibujaba entre luces intermitentes. La figura parecía una niña, aunque diferente a cualquier otra que habían visto antes: tenía una piel luminosa que brillaba y ojos como dos estrellas. «Hola, soy Lía», dijo la extraña niña con una voz suave. «Estaba esperando a alguien que pudiera ayudarme».
Ana y Elara, intrigadas, se acercaron. «¿Ayudarte en qué?» preguntó Ana. Lía les explicó que en el laberinto había un objeto muy antiguo y poderoso que había sido perdido, un «Cristal de la Infancia», que aseguraba que la imaginación de los niños nunca se apagara. Sin embargo, por alguna razón, aquel cristal había caído en manos equivocadas. «Si no lo recupero, el mundo de la infancia perderá su magia», expresó Lía con preocupación.
—¿Y cómo podemos ayudarte? —preguntó Elara, sintiendo que su corazón latía con emoción.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.