Había una vez una letra llamada Eme, que vivía felizmente en el mundo del abecedario. Eme era grande, redonda y siempre tenía una sonrisa en su cara. Le gustaba saltar por las palabras y jugar con las demás letras, especialmente con sus mejores amigos: Mimo y Ema.
Un día, algo muy extraño sucedió. ¡La letra M desapareció! Nadie en el abecedario podía encontrarla. Las palabras que la necesitaban estaban incompletas, y todo el mundo estaba un poco confundido.
—¿Dónde está la letra M? —preguntaba Eme preocupada—. ¡Sin mí, las palabras como mamá, miel y mapa no tienen sentido!
Mimo, un niño travieso pero muy amable, se rascó la cabeza.
—No te preocupes, Eme —dijo Mimo—. Te ayudaremos a encontrar tu M. ¡Será una gran aventura!
Ema, una niña con dos coletas siempre listas para la acción, se levantó de un salto.
—¡Vamos a buscarla! ¡Seguro que está por aquí cerca!
Y así, Eme, Mimo y Ema comenzaron su divertida búsqueda por todo el abecedario. Primero fueron a la letra A.
—¡Hola, A! —dijo Eme—. ¿Has visto mi M por aquí?
La A, que siempre estaba tranquila y concentrada, negó con la cabeza.
—Lo siento, Eme. No he visto a la M en todo el día. Pero seguro que está escondida cerca de alguna palabra divertida.
Siguieron su búsqueda. Pasaron por la letra B, que estaba ocupada balanceándose en una gran palabra, y por la C, que estaba cantando una canción con las vocales. Pero nadie había visto a la M.
—Esto es más difícil de lo que pensé —dijo Mimo, empezando a cansarse.
Pero Ema, siempre optimista, señaló hacia el horizonte.
—¡Miren allá! —exclamó—. ¡Es la Z! Tal vez ella nos pueda dar alguna pista.
La Z era la última letra del abecedario, siempre sabia y calmada. Cuando llegaron a ella, le preguntaron si había visto a la M.
—Ah, sí, la M —dijo la Z con una sonrisa—. La vi saltando cerca de la palabra montaña. Creo que está jugando a las escondidas con ustedes.
—¡Eso es! —dijo Mimo, dando un salto de alegría—. ¡Está jugando a las escondidas!
—¡Vamos a buscarla! —gritó Ema, corriendo hacia la palabra montaña.
Cuando llegaron a la palabra montaña, allí, entre las letras, encontraron a la M, que se reía y saltaba alegremente.
—¡Aquí estoy! —dijo la M, contenta—. ¡Estaba jugando!
Eme, Mimo y Ema rieron.
—Nos hiciste buscar por todo el abecedario —dijo Eme—. ¡Pero nos divertimos mucho!
La M, muy feliz de haber sido encontrada, volvió a su lugar en el abecedario. Gracias a sus amigos, todo volvió a la normalidad y las palabras como mamá, miel y mapa volvieron a tener sentido.
—¡Qué gran aventura! —dijo Mimo—. ¡Deberíamos jugar así más a menudo!
Y así, con una sonrisa en el rostro, Eme, Mimo y Ema volvieron a casa, sabiendo que, no importa lo que pase, siempre estarán ahí para ayudar a sus amigos.
FIN.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.