Érase una vez, en un reino lejano rodeado de montañas y ríos brillantes, había un hermoso bosque lleno de árboles verdes y flores de mil colores. En este bosque vivía una dulce princesa llamada Lia. Ella tenía una sonrisa tan brillante como el sol y un corazón lleno de bondad. Cada día, ella exploraba el bosque, jugando con los animales y haciendo amigos en su mágico hogar.
Un día, mientras paseaba entre los árboles, Lia se encontró con un pequeño conejo llamado Fabricio. Fabricio era muy curioso y siempre estaba dispuesto a vivir divertidas aventuras. Lia se sentó en el suelo y le dijo: “¡Hola, Fabricio! ¿Quieres venir a jugar conmigo hoy?”. El conejo saltó emocionado y, con un gran salto, llegó hasta ella. “¡Sí! ¡Vamos a buscar flores y a hacer una corona!”.
Juntos, caminaron por el bosque, recogiendo flores de todos los colores: rosas rojas, margaritas amarillas, y violetas azules. Lia, con manos expertas, comenzó a entrelazarlas para hacer una hermosa corona. Fabricio la miraba con ojos brillantes y decía: “¡Eres muy buena haciendo coronas, Lia! ¡Serás la reina de las flores!”.
Mientras Lia y Fabricio se divertían, escucharon un suave canto que provenía de un pequeño claro. Con curiosidad, decidieron investigar. Al acercarse, vieron a una hermosa ave de plumas brillantes que cantaba con una voz melodiosa. Era Cindy, la ave cantora del bosque. “Hola, Lia y Fabricio”, dijo Cindy al verlos. “¿Qué hacen por aquí?”.
“Estamos haciendo una corona de flores”, respondió Lia, con una gran sonrisa. “¿Quieres unirte a nosotros y cantar una hermosa melodía mientras nosotros montamos la corona?”.
Cindy se llenó de alegría. “¡Sería maravilloso! Mi canto suena mejor cuando tengo amigos cerca”, dijo. Así que comenzaron a trabajar juntos: Lia hacía la corona, Fabricio saltaba aquí y allá recogiendo más flores, y Cindy llenaba el aire con su dulce canto.
Mientras estaban en el claro, Lia se dio cuenta de que algo faltaba. “¿Dónde está Rosy?”, preguntó intrigada. Rosy era una valiente y juguetona cierva que siempre corría junto a ellos y siempre traía diversión. “¡Vamos a buscarla!”, sugirió Fabricio, emocionado.
Así, se adentraron un poco más en el bosque, donde los árboles eran más altos y el aire más fresco. Llamaron a Rosy: “¡Rosy, dónde estás!”. Después de unos momentos, escucharon un ligero ruido. A lo lejos, vieron a Rosy tratando de alcanzar unas moras que crecían en una ramita muy alta. “¡Hola amigos! ¡Estoy aquí! ¡Miren qué ricas moras encontré!”, dijo ella, feliz.
“¡Qué bien! ¡Queremos algunas también!” gritaron Lia, Fabricio y Cindy al unísono. Rosy, con mucha elegancia, se inclinó y les ofreció algunas moras que había recogido. “¡Aquí tienen! Son deliciosas”, dijo, mientras los amigos disfrutaban de la rica merienda.
Después de compartir las moras, Lia miró a su alrededor y dijo: “Este lugar es tan hermoso, ¿no creen? Deberíamos hacer una fiesta para celebrar nuestra amistad”. Todos se emocionaron con la idea. “¡Sí! ¡Una fiesta en el bosque!”, gritó Fabricio, saltando de alegría. “Podemos invitar a todos los animales del bosque”.
“¡Y podemos cantar y bailar!”, añadió Cindy, moviendo sus alas con entusiasmo. “¡Nadie puede resistirse a una buena fiesta!”, asintió Rosy. Así que, juntos, comenzaron a planear la fiesta. Decidieron que sería el próximo sábado, una semana de tiempo para prepararse.
Lia se hizo cargo de las decoraciones. “Voy a recoger luces de luciérnagas y llevar flores para adornar el claro”, dijo con alegría. Fabricio se encargó de la comida. Decidió que recogería las frutas más deliciosas y también algunas nueces que encontraría en su camino. Cindy prometió traer su mejor canto y prepararse para dar un gran espectáculo. Y Rosy, con su energía infinita, se ofreció a invitar a todos los habitantes del bosque.
Los días pasaron rápidamente, y la ilusión de la fiesta llenó el bosque. Cuando finalmente llegó el sábado, todo estaba preparado. El claro estaba adornado con luces, y una suave brisa acariciaba las flores que daban un perfume delicioso. A medida que el sol comenzó a ponerse, los amigos se reunieron para poner a punto los últimos detalles.
De repente, Fabricio, que estaba muy emocionado, saltó para ver si los demás animales venían. “¡Ya vienen, ya vienen!”, gritó, señalando hacia el sendero por donde llegaban muchos animales: zorros, erizos, aves, y hasta un viejo búho que siempre contaba historias.
“¡Bienvenidos a nuestra fiesta!” gritaron Lia, Cindy, Rosy y Fabricio al unísono. Todos los animales respondieron con gritos de alegría. Las risas llenaron el aire y comenzó la celebración. Cindy se preparó en el centro del claro y comenzó a cantar una hermosa canción sobre la amistad, mientras todos los demás animales se sentaban a escucharlo.
Después de la canción, Rosy sugirió que todos bailaran juntos. “¡Vamos a formar un gran círculo y a divertirnos!”, propuso. Lia, Fabricio, Cindy y Rosy dirigieron a los demás animales y comenzaron a dar vueltas, brincando y riendo. El bosque se llenó de música, movimiento y alegría. Los árboles parecían también bailar al ritmo de la diversión.
La fiesta siguió con juegos y desafíos. Fabricio, siempre el más travieso, propuso un juego de escondidas. “¡Yo contaré y ustedes se esconden!”, dijo con una gran risa. A todos les encantó la idea, y pronto se dispersaron por el bosque, buscando los mejores lugares para esconderse.
Cuando Fabricio terminó de contar, comenzó a buscar. Gritando “¡Ya voy!”, corrió en busca de sus amigos. Primero encontró a Rosy detrás de un árbol. “¡Te encontré!” gritó, mientras ella reía a carcajadas. Luego, encontró a Cindy sentada en una rama baja, tratando de ocultarse entre las hojas. Finalmente, tuvo que buscar un poco más para descubrir dónde se escondía Lia. La princesa había encontrado un excelente refugio detrás de un arbusto grande.
Cuentos cortos que te pueden gustar
La Princesa Candela y el Gran Dragón
Lissa y su Gran Aventura en el Jardín
Margarita y el Reino de los Colores Perdidos
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.