Había una vez tres hermanos que siempre estaban juntos, haciendo travesuras y riendo. Ellos no eran como los demás niños. No solo eran hermanos, también eran ¡superhéroes! Sus nombres eran Jazmín, Máximo y Priscila, y vivían en una pequeña casa cerca de un parque lleno de árboles altos y un colorido parque de juegos.
Jazmín, la mayor, tenía 8 años y era muy rápida. Podía correr tan rápido que nadie la veía moverse de un lugar a otro. Además, tenía una gran habilidad para trepar árboles. Cada vez que jugaban, sus hermanos la veían desaparecer y, en un abrir y cerrar de ojos, ya estaba en lo más alto del árbol más alto.
Máximo, el hermano mediano, tenía 6 años y era fuerte como un roble. Aunque era más joven que Jazmín, siempre protegía a sus hermanas. Podía levantar piedras enormes con una sola mano y ayudar a sus amigos a empujar los columpios más alto que el viento. Siempre llevaba puesta una capa roja que volaba detrás de él cuando corría por el parque.
Priscila, la más pequeña, tenía solo 4 años, pero era la más ingeniosa de los tres. Siempre andaba con un pequeño cinturón lleno de juguetes que ella misma había convertido en gadgets mágicos. Tenía una pequeña linterna que brillaba tanto como el sol y un silbato que hacía aparecer burbujas de colores por todos lados. Aunque era la más pequeña, siempre encontraba la manera de ser útil en las aventuras de sus hermanos.
Un día, mientras los tres hermanos jugaban en el parque, algo extraño ocurrió. Estaban subiendo y bajando por el tobogán cuando de repente, el cielo se oscureció. Grandes nubes grises cubrieron el sol, y todo el parque se quedó en silencio. Jazmín miró hacia el cielo con sus ojos grandes y brillantes.
—¿Qué está pasando? —preguntó Priscila, un poco asustada mientras se escondía detrás de Máximo.
Máximo, con su capa roja ondeando en el viento, miró a sus hermanas y dijo con voz firme: —No lo sé, pero debemos estar listos para cualquier cosa.
De repente, una risa malvada resonó por todo el parque. De entre las sombras, apareció una figura misteriosa. Era un hombre alto, vestido con un traje oscuro y un sombrero que le cubría la cara. En su mano, llevaba una varita que brillaba con una luz extraña.
—¡Soy el Doctor Niebla! —gritó el hombre—. ¡He venido para robar la diversión de este parque y llenar todo de aburrimiento y tristeza!
Los tres hermanos se miraron entre sí. Sabían que tenían que hacer algo para detener al Doctor Niebla antes de que lograra su malvado plan.
—¡Rápido! —dijo Jazmín, dando un salto hacia un árbol cercano—. ¡Debemos detenerlo antes de que todo se vuelva aburrido!
Máximo corrió hacia el Doctor Niebla, con su capa roja volando detrás de él. —¡No dejaré que arruines la diversión! —gritó mientras levantaba una gran piedra del suelo y la arrojaba cerca del malvado villano.
Pero el Doctor Niebla era astuto. Con un movimiento rápido de su varita, creó una nube de humo que cubrió a Máximo y lo hizo desaparecer por unos segundos.
—¡Oh no! —gritó Priscila, sacando uno de sus juguetes mágicos de su cinturón. Era un pequeño cañón de burbujas que disparaba burbujas de colores hacia el Doctor Niebla.
—¡Toma esto! —dijo Priscila, mientras las burbujas volaban por el aire.
El Doctor Niebla, sorprendido por las burbujas brillantes, comenzó a retroceder, tropezando con una roca mientras trataba de defenderse de los tres hermanos. Jazmín, desde lo alto de un árbol, aprovechó la oportunidad y saltó hacia el suelo, moviéndose tan rápido que parecía un rayo.
—¡Tengo una idea! —dijo Jazmín—. Priscila, usa tu silbato mágico.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.