Cuentos de Terror

El Juego Mortal

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

Puntuación:

0
(0)
 

Compartir en WhatsApp Compartir en Telegram Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir por correo electrónico
0
(0)

Mi nombre es… bueno, no importa. Hay cosas que no deben decirse. Solo les contaré mi historia. Una historia de horror y de desesperación, una historia que me persigue cada vez que cierro los ojos. Todo comenzó cuando acepté la invitación de Mac, mi compañero, a participar en una extraña búsqueda del tesoro. Al principio, todo sonaba emocionante, como algo que uno haría en una tarde aburrida de verano. Lo que no sabíamos era que, al entrar en ese juego, estábamos entrando en algo mucho más siniestro. Era un juego de vida o muerte.

Nos convocaron a varios, un grupo de personas que no conocíamos, todos reunidos en un oscuro edificio, al que llegamos sin preguntas. Cuando llegamos, el aire era espeso, cargado de tensión. Nos dijeron que el ganador obtendría 30 mil dólares, y aunque la recompensa era tentadora, nadie mencionó lo que realmente nos esperaba. Uno a uno, nos hicieron firmar un contrato, y con ello, el destino estaba sellado.

La primera prueba fue un juego que todos conocíamos: el escondite. Sin embargo, no era como los juegos en los que jugábamos de niños, donde uno se escondía y el otro contaba hasta diez. No, esta vez, los «buscadores» no solo trataban de encontrar a los demás, sino que si te encontraban, algo mucho más oscuro que un simple juego ocurriría. El sonido de los pasos de los «buscadores» era lo que más aterraba, pues no eran pasos ordinarios. Cada uno de nosotros estaba marcado, y aquellos que caían en las manos equivocadas… bueno, ya no volvían.

Recuerdo claramente el primer grito. Una chica, que estaba escondida detrás de una gran caja de madera, salió corriendo al ser descubierta. Pero lo que sucedió después no fue nada que esperáramos. Los «buscadores» la alcanzaron y, con un solo movimiento rápido, la derribaron al suelo. No quiero recordar el sonido. No quiero recordar los ojos de esa chica, llenos de terror y de desesperación. Fue lo último que vi de ella antes de que la oscuridad la tragara.

Mac y yo corrimos, desesperados, sin mirar atrás. Sabíamos que nos quedaban pocas opciones, pero teníamos que seguir jugando si queríamos salir con vida. Cada juego se volvía más macabro, más mortal. El siguiente fue uno que se parecía al clásico «atrapados», pero en lugar de ser un simple juego de correr y evitar ser tocado, los atrapados eran arrastrados hacia lo desconocido, hacia la oscuridad, y nunca más se les veía.

De alguna forma, Mac y yo seguimos avanzando, esquivando los peligros, manteniéndonos juntos. Cuando llegamos a la última ronda, ya éramos solo un puñado de personas. La desesperación se reflejaba en nuestros rostros, la angustia en cada paso que dábamos. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, llegamos a la última prueba. Ya no estábamos jugando, ya estábamos luchando por nuestras vidas.

La última ronda consistía en algo que solo se podía describir como una pesadilla. Era un pasillo largo, oscuro y estrecho, en el que solo uno podría salir con vida. Las reglas eran simples: no podías correr, solo caminar, y el primero que llegara al final ganaba. Pero el camino no era lo que parecía. En el suelo había trampas ocultas, las paredes estaban cubiertas de espinas afiladas y cada paso podría ser el último.

Mac y yo comenzamos juntos, pero algo extraño ocurrió. No sé si fue un accidente o si el destino quiso jugar con nosotros, pero cuando estábamos a mitad del pasillo, algo o alguien apareció frente a nosotros. Era una sombra, algo que no pertenecía a este mundo, algo que nos miraba con ojos vacíos, como si disfrutara viéndonos sufrir. No puedo describir lo que vi, porque las palabras no hacen justicia a lo que sucedió.

Mac, mi amigo, mi compañero de toda la vida, fue el primero en caer. Intentó avanzar, pero la sombra lo atrapó, lo arrastró hacia la oscuridad. Yo traté de gritar su nombre, pero la voz no salió. El miedo me había paralizado, como si algo invisible me estuviera aplastando. No podía hacer nada. Vi cómo desaparecía, y solo me quedé allí, temblando, sin saber si estaba soñando o si todo era real.

Pero no podía quedarme allí. Tenía que escapar. Era mi única opción. Corrí, no mirando atrás, solo adelante, hacia la salida. El aire se hacía más pesado a cada paso, el sonido de mis propios latidos retumbando en mis oídos. Finalmente, llegué a la salida, y allí, en la puerta, encontré una figura. Un hombre con una máscara, un hombre que no era humano.

Le conté todo. Le conté lo que había sucedido, lo que Mac había sufrido, lo que nos había pasado. Pero antes de que pudiera decir algo más, antes de que pudiera pedir ayuda, el sonido de un disparo me hizo caer al suelo. La última imagen que vi antes de perder el conocimiento fue la cara de ese hombre, que se acercaba lentamente hacia mí con una sonrisa maliciosa.

Y ahora, aquí estoy, vivo, pero no entero. He escapado, pero la historia que viví nunca me dejará. Solo pude contarla a una persona antes de que me dispararan. Y no sé si alguien me creerá, pero lo que sé es que el juego nunca terminó. Mac sigue allí, atrapado en esos juegos oscuros, y no sé cuántos más caerán antes de que todo se acabe.

La única verdad que puedo decir es que, a veces, los juegos que parecen inofensivos no lo son. Y cuando uno entra en ese tipo de juegos, nunca se sabe si saldrá vivo o si se quedará atrapado para siempre.

Lo que sucedió después de ese disparo es algo que ni siquiera yo mismo puedo comprender del todo. La última imagen que quedó grabada en mi mente antes de caer al suelo fue la de la máscara de ese hombre. Parecía tan… irreal. Como si no fuera una persona de carne y hueso, sino una sombra que tomaba forma humana solo para atormentar a los que caían en ese juego infernal.

Cuando desperté, no estaba en el lugar que esperaba. No estaba en la sala de juego, ni en el pasillo oscuro que me había conducido a la salida. Me encontraba en una habitación completamente diferente, oscura, pero no del todo. Había una tenue luz roja que iluminaba el lugar. Mis manos estaban atadas a una silla, y mi cabeza me dolía terriblemente, como si hubiera sido golpeada. Intenté moverme, pero las cuerdas me mantenían firmemente inmovilizado. Miré a mi alrededor, y lo primero que vi fue la puerta, cerrada y con un pequeño ventilador que circulaba el aire. De alguna manera, sentí que ese ventilador hacía todo aún más espeso, como si el aire tuviera un peso insoportable.

Pude escuchar voces en el pasillo. Eran suaves, susurrantes, pero llenas de desesperación. Las voces de aquellos que no habían tenido la suerte de escapar como yo. No supe cuánto tiempo pasé allí, amarrado, sin comida ni agua, escuchando esos murmullos. Cada vez que cerraba los ojos, las imágenes de Mac atrapado, luchando por su vida, volvían a mi mente. Lo veía en el pasillo, gritando mi nombre, pidiendo ayuda que yo no pude darle. No pude evitar sentir que yo era el culpable de lo que le había sucedido. Si tan solo hubiera podido hacer algo más…

De repente, la puerta se abrió. Un hombre alto entró en la habitación, con una máscara blanca que ocultaba su rostro, igual que la del hombre que me disparó. Tenía una figura delgada, y sus movimientos eran tan suaves, tan calculados, que me dio escalofríos. Su presencia era inquietante, pero al mismo tiempo, parecía tan normal, como si nada de lo que había ocurrido fuera extraño para él.

—¿Estás despierto? —dijo con voz suave, pero cargada de malicia.

Cuentos cortos que te pueden gustar

autor crea cuentos e1697060767625
logo creacuento negro

Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

Deja un comentario