Era una tarde de verano cuando Paulina, Paco y José decidieron aventurarse al bosque que rodeaba su pequeño pueblo. Desde que tenían memoria, ese bosque había sido un lugar lleno de historias misteriosas, donde la gente decía haber visto luces extrañas o escuchado susurros en la oscuridad. Sin embargo, ninguno de ellos creía en esas historias. Para ellos, el bosque era simplemente un lugar donde jugar, correr y escapar del calor del verano.
—Vamos a explorar más allá del arroyo —dijo Paulina, quien siempre tenía ideas nuevas y emocionantes—. Nadie va por allí, y apuesto a que encontraremos algo interesante.
Paco, con su cabello rizado y su risa fácil, asintió emocionado.
—¡Sí! Tal vez encontremos una cueva secreta o algo así.
José, que era el más cauteloso de los tres, dudó por un momento. Sabía que había algo extraño en ese bosque, algo que no podía explicar, pero no quería parecer cobarde frente a sus amigos.
—Está bien —dijo finalmente—. Pero no nos alejemos demasiado.
Los tres amigos se adentraron en el bosque, dejando atrás el sendero habitual que seguían. A medida que avanzaban, los árboles parecían hacerse más altos y las sombras más largas. El aire se volvía más fresco, y el sonido de sus pasos sobre las hojas secas era lo único que rompía el silencio del lugar.
Después de caminar durante un buen rato, llegaron a una zona donde el suelo estaba cubierto de musgo suave y el aire olía a humedad. De repente, algo llamó la atención de Paulina. Allí, entre las raíces de un árbol grande y torcido, había algo medio enterrado. Brillaba levemente bajo la luz del sol que se filtraba a través de las ramas.
—Miren eso —dijo Paulina, señalando el objeto.
Los tres se acercaron lentamente. Era una especie de caja de metal, vieja y oxidada, pero con extraños símbolos grabados en su superficie. Parecía que había estado enterrada allí durante mucho tiempo.
—¿Qué es esto? —preguntó Paco, tocando la caja con la punta de los dedos.
José se inclinó para observarla más de cerca. Los símbolos no eran como nada que hubiera visto antes. Eran formas retorcidas y angulosas, que parecían moverse ligeramente cuando los miraba fijamente.
—No sé, pero no me gusta —dijo José, retrocediendo un paso—. Tal vez deberíamos dejarla aquí.
Pero Paulina, siempre curiosa, ya había comenzado a desenterrar la caja con las manos.
—Vamos, José, no seas gallina —dijo, mientras sacaba la caja por completo del suelo—. Es solo una caja vieja. Veamos qué hay dentro.
La caja estaba más fría de lo que debería estar, considerando que era verano. Con esfuerzo, Paulina logró abrirla. Dentro había un viejo libro de cuero, también cubierto de esos símbolos extraños, y una llave oxidada que parecía no encajar en ninguna cerradura que ellos conocieran.
—Un libro… —murmuró Paco, decepcionado—. Esperaba algo más emocionante.
Pero Paulina, siempre amante de los misterios, abrió el libro. Al hacerlo, una ráfaga de viento frío sopló de repente, como si el bosque hubiera contenido la respiración hasta ese momento.
—Eso… no es normal —dijo José, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
Los tres amigos miraron el interior del libro, pero las páginas estaban vacías. No había ni una sola palabra escrita, solo hojas en blanco.
—Esto es raro —dijo Paulina—. Tal vez sea un diario o algo así. Podríamos llevarlo a casa y ver si…
Antes de que pudiera terminar la frase, el suelo bajo sus pies tembló ligeramente. Al principio, pensaron que era solo su imaginación, pero luego el temblor se hizo más fuerte. Las hojas caídas alrededor de ellos comenzaron a levantarse en el aire, como si una ráfaga de viento invisible las estuviera arrastrando.
—¡Vámonos de aquí! —gritó José, tirando de la manga de Paulina.
Pero antes de que pudieran reaccionar, un susurro bajo y profundo resonó entre los árboles. No venía de ningún lugar en particular, sino que parecía rodearlos, como si el bosque mismo estuviera hablando.
—Déjenlo… no deben… continuar…
Los tres amigos se quedaron congelados en el lugar, sus corazones latiendo con fuerza. El susurro sonaba como una advertencia, y el aire alrededor de ellos se había vuelto pesado, difícil de respirar.
—¿Quién dijo eso? —preguntó Paco, con la voz temblorosa.
Nadie respondió. Solo el viento seguía soplando, levantando hojas y ramas, pero los árboles permanecían inmóviles. Entonces, de repente, todo se calmó. El temblor cesó, y el viento se detuvo. El bosque volvió a su inquietante silencio.
Paulina, aunque asustada, no soltó el libro.
—Tenemos que averiguar qué significa todo esto —dijo con firmeza—. No podemos dejarlo aquí.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.