Cuentos de Terror

Entre el Pasado y la Sombra: Un Juego de Vidas y Destinos Salvajes

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Era un día tranquilo en el pequeño pueblo de San Lorenzo, donde Emilia vivía con su familia en una casa antigua que había pertenecido a sus abuelos. Tenía once años, pero ya sentía que el mundo era un lugar lleno de misterios por descubrir. Emilia era una niña curiosa, valiente y siempre dispuesta a aventurarse con sus cuatro mejores amigos: Aurora, Valeria, Diego y Mateo. Juntos compartían los paseos por los bosques cercanos, las tardes de juegos y las largas charlas en el parque. Sin embargo, aquel verano se convertiría en una experiencia que ninguno olvidaría jamás.

Todo comenzó una tarde en la que Emilia regresaba de la escuela. Al abrir la puerta de su casa, no vio a nadie, pero en el suelo había un sobre antiguo, con el papel amarillento y los bordes gastados. Lo recogió y vio que no tenía remitente, solo un sello con una imagen extraña: una sombra alada.

Dentro de la carta estaba escrito con una letra que parecía temblar:

“Para Emilia, guardiana de secretos y amiga fiel,

Estos son los nombres de tus cinco luces en la oscuridad:

Aurora, Valeria, Diego, Mateo y tú.

Cuídenlos, pues pronto serán puestos a prueba por aquello que duerme en las sombras.”

Emilia sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero al mismo tiempo una fuerte curiosidad. Guardó la carta en su bolso y salió a buscar a sus amigos. Cuando los reunió en el parque, les mostró el sobre y la carta.

—¿Qué será esto? —preguntó Valeria, frunciendo el ceño—. Parece una broma muy bien hecha.

—¿Quién tendría que hacernos esto? Nadie tiene ese sello —dijo Mateo, mirando el sobre desde todos los ángulos.

—No lo sé —respondió Emilia—, pero esto solo acaba de empezar.

A la mañana siguiente, cuando Emilio salió de su casa para ir a la escuela, encontró otra carta, idéntica al primer sobre. La abrió con manos temblorosas y leyó:

“Nombre tachado: Diego

Su destino: caer bajo las ruedas mientras cruza la calle principal a las tres de la tarde.

Pueden salvarlo si un sacrificio es hecho.”

Los cinco se miraron confundidos. ¿Qué significaba “sacrificio”? ¿Quién querría jugar con ellos de esa forma? Diego, el más valiente, sacudió la cabeza y dijo:

—Claro que es una broma, alguien quiso asustarnos y nos está gastando una broma pesada.

Pero los demás no estaban tan seguros.

Esa tarde, cuando el reloj marcó las tres, Diego se acercó a la calle principal con los otros a su lado. Todo parecía normal, hasta que un carro pasó a toda velocidad. Justo entonces, Mateo corrió y detuvo a Diego agarrándolo del brazo.

—¿Qué haces? —acusó Diego, algo molesto.

—No puedo dejar que te pase nada —respondió Mateo, con los ojos llenos de miedo.

El carro frenó bruscamente a centímetros de Diego y se detuvo. El conductor, un hombre con cara dura, bajó la ventanilla y gritó algo, pero los niños no lo escucharon bien. Diego, pálido, entendió que la carta había anunciado ese accidente con anticipación.

—Esto no puede ser real —musitó Emilia, apretando la carta en la mano—. ¿Alguien nos está observando? ¿O algo más?

Pasaron la noche intentando entender qué estaba ocurriendo. Nadie volvió a enviar mensajes, pero al día siguiente apareció otra carta en la puerta de Emilia. Esta vez, el nombre tachado era Aurora.

“Nombre tachado: Aurora

Su destino: caer al lago mientras cruza el puente del viejo molino al atardecer.

Pueden salvarla si sacrifican a otro.”

La tensión crecía. Aurora, quien era siempre alegre y bromista, se mostró preocupada, pero intentaba mantener la calma. Decidieron acompañarla a todas partes para que nadie se quedara solo.

La tarde del atardecer, los cinco amigos se dirigieron al puente del viejo molino, un lugar que siempre les había dado algo de miedo, pero al que iban con valentía. Mientras caminaban lentamente, una rama seca se rompió bajo los pies de Aurora y perdió el equilibrio sobre el pasamanos del puente.

Valeria corrió a sujetarla, pero justo cuando parecían que iban a salvarla, Aurora cayó al agua. Todos gritaron y Diego se lanzó tras ella, sacándola del lago y llevándola a la orilla.

—¡Estás bien! —exclamó Emilia, abrazándola.

Aurora, timpada pero respirando, miró a sus amigos con una mezcla de alivio y sorpresa.

—¿Cómo supimos que iba a caer? —preguntó.

—La carta —respondió Valeria, mostrando un papel con el nombre de Aurora tachado.

Ahora todos comenzaron a pensar que, tal vez, todas esas cartas no eran una broma, sino una advertencia real, una advertencia que les mostraba eventos que estaban por suceder, peligros inminentes.

Al día siguiente, la carta llegó de nuevo. Esta vez el nombre tachado era Valeria.

“Nombre tachado: Valeria

Su destino: caer desde la torre de agua mientras inspecciona las reparaciones al atardecer.

Pueden salvarla si sacrifican a otro.”

El grupo no podía más. Se miraron sin saber qué hacer. Nadie quería perder a nadie, pero con cada carta sentían que el destino los empujaba a tomar decisiones imposibles.

Pasaron el día vigilando la vieja torre, decididos a impedir lo que la carta anunciaba. Diego y Mateo se turnaban para estar con Valeria mientras Emilia y Aurora buscaban ayuda.

Pero cuando el sol comenzó a ocultarse, Valeria decidió subir al último piso de la torre para revisar que todo estuviera bien. Los demás la siguieron, pero el miedo bloqueaba sus movimientos.

Y entonces, alguien perdió el equilibrio.

Aurora resbaló durante la subida y cayó, salvándose apenas de una caída fatal gracias a un arbusto. Pero al llegar arriba, la torre comenzó a crujir peligrosamente. Valeria, intentando apoyar una viga, se deslizó y estuvo a punto de caer.

En ese momento, Diego tomó una decisión rápida: agarró a Valeria justo antes de que terminara de caer.

Pero entonces la viga se rompió y Diego quedó atrapado, cayendo al suelo desde cuatro metros abajo. Sufrió heridas, pero estaba vivo.

Todos respiraron, pero sabían que no podrían escapar de la terrible prueba que parecía jugar con ellos.

Emilia decidió que debían buscar respuestas. Recordó que en la casa de sus abuelos había un viejo diario que su bisabuela había dejado, donde contaba historias sobre una sombra que se alimentaba de las almas de los que tenían un vínculo muy fuerte.

Al abrir el diario, Emilia leyó:

“Desde tiempos antiguos, la sombra espera a que el lazo entre cinco amigos se fortalezca, para ofrecerles un pacto: uno debe sacrificar su propia alma para salvar a los otros cuatro, o todos perecerán en la oscuridad.

Aquellos que se nieguen, enfrentarán la pérdida de todo.”

La noticia dejó a todos paralizados. ¿Sería eso verdad? ¿Ellos tendrían que elegir quién se sacrificaría? ¿O acaso el sacrificio sería impuesto por la sombra?

El siguiente día, apareció una nueva carta. Pero esta vez solo quedaban tres nombres, y la frase era más clara y aterradora:

“Hoy mueren todos menos el que entregue su alma voluntariamente.”

Mateo, Diego y Emilia, los únicos que quedaban, se reunieron en la vieja casa de Emilia para hablar de lo que debían hacer. La tristeza y el miedo llenaban la habitación.

—No puedo —dijo Mateo, con lágrimas en los ojos—. No quiero que ninguno de nosotros muera.

—Ninguno quiere —respondió Emilia suavemente—, pero ¿qué pasará si no entregamos nada? ¿Todos moriremos?

Diego apretó los puños. Se sentía atrapado en un juego del que no sabía cómo salir.

Discusión tras discusión, las horas pasaron.

Finalmente, Emilia habló:

—Si alguien tiene que hacerlo, que sea yo. Yo soy quien encontró las cartas, fue mi casa donde comenzaron.

—No, Emilia, no puedes —dijo Diego—. No sería justo.

—Es lo único que puede salvarnos a todos. Pero solo si soy yo quien lo hace, porque la sombra parece haberse fijado en mí.

Aurora y Valeria, aunque heridas y agotadas, habían desaparecido aquella noche sin más explicación, como si la sombra se las hubiera llevado ya.

—Si entrego mi alma, ¿qué pasará? —preguntó Emilia, con voz temblorosa.

—Nadie lo sabe —respondió Mateo—. Pero es mejor que condenar a todos nosotros.

El sol comenzaba a asomarse y el aire estaba frío y denso.

Con lágrimas en sus mejillas, Emilia tomó una hoja vacía, dispuesto a escribir su nombre, cuando escucharon una voz que parecía salir de la sombra misma:

—“El valor no se mide por la entrega sin elección, sino por la voluntad de luchar hasta el final. Aquellos que se aman, encontrarán el camino sin sangre.”

De pronto, la casa se llenó de una luz suave, casi mágica, y en la puerta apareció Valeria, seguida de Aurora. Ambas estaban atrapadas en una especie de brillo, pero ilesas.

—Nosotros no vivimos en la muerte —dijo Aurora—, porque juntos somos más fuertes que la sombra. No necesitamos sacrificar nuestras almas.

Los cinco amigos se miraron asombrados. La sombra, que parecía invencible, comenzaba a desvanecerse como humo en la brisa.

Emilia, con una sonrisa tímida, dijo:

—Quizá este juego era para enseñarnos algo importante. Que el miedo y la sombra sólo pueden ganar si nos separamos. Pero si seguimos juntos, enfrentando el peligro con amor y valentía, nada malo puede vencernos.

Desde ese día, las cartas dejaron de llegar, y la sombra nunca volvió a aparecer en San Lorenzo.

Los cinco niños entendieron que, aunque el destino puede ser oscuro y aterrador, el poder de la amistad y el coraje siempre traen luz en medio de la noche.

Y así, Emilia, Aurora, Valeria, Diego y Mateo siguieron creciendo, ganando fuerzas, aprendiendo que la verdadera oscuridad no está afuera, sino en renunciar a quienes amamos.

Porque cuando estamos juntos, ni la muerte ni la sombra pueden separarnos.

Y esa es la lección más valiosa que un niño puede aprender en su viaje por la vida.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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