Cuentos de Terror

La Casa Abandonada de Santesteban

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Un día, Iraia, Ane, Arene, Aimar y yo decidimos ir a Santesteban. Habíamos oído muchas historias sobre lo que podíamos encontrar allí, así que estábamos muy emocionados. Pasamos toda la tarde explorando el pueblo, disfrutando del paisaje y jugando en el parque. Todo parecía perfecto hasta que se hizo de noche.

Eran alrededor de las ocho de la noche cuando decidimos ir a ver un partido de fútbol que se celebraba en el campo cercano. Nos dirigimos allí con nuestras mochilas, llenas de bocadillos, bebidas y linternas, por si se hacía tarde. El partido estaba emocionante, y todos estábamos muy concentrados en el juego. Pero, al terminar el primer tiempo, nos dimos cuenta de que nuestras mochilas habían desaparecido.

«¡Esto es muy raro!» exclamó Ane, mirando alrededor con desesperación. Aimar intentó calmarla. «Tranquila, seguro que solo es una broma de alguien. Vamos a buscar.»

Decidimos dividirnos en grupos para buscar por los alrededores. Iraia y yo fuimos hacia los vestuarios, mientras que Ane y Arene fueron hacia las gradas. Pero después de un buen rato buscando, no encontramos nada. Nos reunimos de nuevo en el campo, todos frustrados.

«Tal vez deberíamos centrarnos en ver el partido y preocuparnos por las mochilas después,» sugirió Arene, tratando de animar al grupo. Todos estuvimos de acuerdo, y volvimos a nuestras posiciones para disfrutar del resto del juego.

Pero, aunque intentamos concentrarnos en el partido, nuestras mentes seguían pensando en las mochilas desaparecidas. Fue entonces cuando encontramos la primera pista. Aimar, que siempre estaba atento a los detalles, encontró un pedazo de papel en el suelo cerca de donde habíamos dejado nuestras cosas. Lo recogió y lo leyó en voz alta: «Si queréis vuestras mochilas, debéis seguir las pistas que os dejaremos.»

«¿Pistas? ¿Qué clase de juego es este?» preguntó Iraia, claramente irritada. «Sea lo que sea, no tenemos otra opción si queremos recuperar nuestras cosas,» respondió Ane.

La primera pista nos llevó al parque, donde encontramos otra nota escondida debajo de un banco. Esta decía: «La siguiente pista está donde la luna se refleja en el agua.» Todos sabíamos que eso significaba el pequeño lago en el bosque cercano.

Nos dirigimos al lago, y aunque empezaba a oscurecer, no nos detuvimos. En el borde del agua, encontramos otra nota que nos indicaba seguir un sendero hacia una casa abandonada en las afueras del pueblo. A estas alturas, eran casi las diez de la noche, y el miedo comenzaba a apoderarse de nosotros.

«¿Realmente queremos seguir haciendo esto?» preguntó Arene, su voz temblando un poco. «No tenemos otra opción,» dijo Aimar con firmeza. «Necesitamos recuperar nuestras mochilas.»

El camino hacia la casa abandonada estaba lleno de maleza y árboles retorcidos, creando sombras inquietantes bajo la luz de la luna. Cuando llegamos, la casa se alzaba ante nosotros, lúgubre y desmoronada. Parecía sacada de una película de terror. Las ventanas estaban rotas y las paredes cubiertas de enredaderas.

«Bien, aquí estamos,» dijo Iraia, tratando de sonar valiente. «Vamos a encontrar nuestras mochilas y salir de aquí.»

Entramos en la casa con nuestras linternas encendidas, iluminando el polvo y las telarañas que colgaban del techo. El suelo crujía bajo nuestros pies y el aire estaba frío y húmedo. Exploramos la planta baja, pero no encontramos nada. Decidimos subir las escaleras, que parecían a punto de desmoronarse con cada paso.

En el segundo piso, encontramos una puerta cerrada con llave. «Tal vez nuestras mochilas estén ahí,» sugirió Ane. Aimar encontró una pequeña caja en una de las habitaciones cercanas. Dentro, había una llave oxidada. «Creo que esto puede servir,» dijo, y nos dirigimos de nuevo a la puerta cerrada.

La llave encajaba perfectamente, y al abrir la puerta, nos encontramos con una habitación oscura. En el centro de la habitación, estaban nuestras mochilas. «¡Por fin!» exclamó Arene, corriendo hacia ellas. Pero antes de que pudiéramos celebrarlo, la puerta se cerró de golpe detrás de nosotros, y nos quedamos atrapados.

«¿Qué está pasando?» preguntó Iraia, tratando de abrir la puerta sin éxito. De repente, escuchamos un susurro proveniente de las paredes. «No deberíais haber venido aquí,» decía una voz tenue y siniestra.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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