En el año de 1947, en la provincia del Carchi, Parroquia San Isidro, existía una hacienda llamada «La Hoja Blanca». Esta hacienda era la más grande del sector por su producción agrícola y ganadera. En ella vivía un patrón muy alto y barbado conocido simplemente como El Patrón. Este hombre era conocido por su extrema tacañería y la explotación descomunal de sus trabajadores. Los trabajadores laboraban desde tempranas horas hasta muy tarde, mientras que las mujeres ordeñaban desde las 4:00 am. A pesar de su arduo trabajo, estos trabajadores no eran bien remunerados, y El Patrón se enriquecía a costa de ellos.
El Patrón jamás depositaba sus riquezas en un banco. Todo lo guardaba en su casa o lo enterraba en su hacienda, encargando este dinero a diferentes espíritus como el viento, el agua, el aire y al demonio, para que nadie pudiera desenterrarlo jamás. Cuando El Patrón falleció, las riquezas y las tierras fueron repartidas entre sus herederos, pero lo que había enterrado no pudieron obtenerlo.
Cierta ocasión, un trabajador llamado Juan pasaba por la hacienda por donde vivía El Patrón. Bajo un árbol de reina Claudia, Juan vio sentado a El Patrón, aunque este ya había fallecido hacía mucho tiempo. Sorprendido y asustado, Juan corrió a contarle a sus amigos Manuel y Miguel lo que había visto.
—¡No puede ser! —exclamó Manuel—. El Patrón está muerto. ¿Cómo es posible que lo hayas visto?
Miguel, más escéptico, dijo:
—Quizás fue tu imaginación, Juan. Esos viejos cuentos sobre El Patrón y sus riquezas enterradas siempre nos han inquietado.
Pero Juan estaba seguro de lo que había visto. Decidieron investigar juntos y esa misma noche, armados con linternas y mucho valor, regresaron al árbol de reina Claudia. Mientras caminaban, el viento susurraba entre los árboles, creando sombras inquietantes que parecían moverse a su alrededor.
Al llegar al árbol, encontraron el lugar exactamente como lo había descrito Juan. Sin embargo, no había rastro de El Patrón. Justo cuando pensaban que todo había sido un error, escucharon una risa baja y gutural proveniente de la oscuridad.
—¿Quién está ahí? —gritó Miguel, tratando de parecer valiente.
La risa se detuvo y una figura espectral comenzó a materializarse frente a ellos. Era El Patrón, con su barba larga y su mirada severa.
—¿Qué buscan en mis tierras? —dijo El Patrón con una voz que parecía venir de ultratumba.
Los tres amigos estaban petrificados del miedo. Juan, tratando de reunir coraje, respondió:
—Queremos saber la verdad sobre tus riquezas enterradas. ¿Es cierto que las guardaste y las encargaste a los espíritus?
El Patrón los miró fijamente y asintió.
—Sí, es cierto. Pero esas riquezas no son para ustedes. Están protegidas por fuerzas que ustedes no pueden entender.
De repente, el viento comenzó a soplar con fuerza, y los árboles crujían ominosamente. Las linternas parpadeaban y los amigos se dieron cuenta de que no estaban solos. Sombras sin forma empezaron a rodearlos, susurrando palabras incomprensibles.
—¡Tenemos que salir de aquí! —gritó Manuel, tirando de los otros dos.
Corrieron tan rápido como pudieron, sin mirar atrás, hasta que llegaron a la seguridad de sus hogares. Esa noche, ninguno de ellos pudo dormir. Las palabras de El Patrón resonaban en sus cabezas, y las sombras de los espíritus seguían rondando en sus mentes.
Cuentos cortos que te pueden gustar
Un día en el infierno
Sombras del Pasado
La voz que trajo justicia
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.