Era una noche fría cuando Mateo, Daniel, Calpa, Stiven y el otro Mateo decidieron pasar un fin de semana en una cabaña alejada del pueblo. Habían planeado ese viaje desde hacía semanas, buscando una escapada lejos de todo, donde pudieran reír, contar historias y desconectarse. La cabaña, vieja y un poco destartalada, se alzaba en medio de un bosque oscuro y profundo. Los cinco amigos estaban emocionados por la aventura.
Al llegar, todo parecía perfecto. El cielo estaba despejado, y las estrellas brillaban con una claridad impresionante. El ambiente era de pura diversión, pero mientras el sol empezaba a ocultarse, algo en el aire cambió. El viento soplaba con una fuerza inusual, y las sombras que proyectaba la luz de la luna sobre el bosque parecían moverse de una forma extraña.
“Es solo tu imaginación”, pensó Mateo, mientras miraba hacia los árboles. Los otros seguían dentro de la cabaña, preparando la cena, pero Mateo no podía sacudirse la sensación de que algo los observaba desde las profundidades del bosque.
“¡Vamos, entra!”, gritó Stiven desde la puerta. “La comida está lista, y te estás congelando ahí afuera”.
Mateo sacudió la cabeza, tratando de despejar sus pensamientos, y volvió a la cabaña. La pequeña sala estaba iluminada por la chimenea, que crujía y chisporroteaba de manera acogedora. Todos se sentaron alrededor de la mesa, riendo y compartiendo anécdotas de la escuela.
La noche avanzaba sin problemas hasta que un sonido, fuerte y repentino, rompió la tranquilidad. Era un golpe, como si algo hubiera chocado contra una de las ventanas.
“¿Escucharon eso?” preguntó Calpa, dejando caer su vaso de agua sobre la mesa.
“Seguramente fue un pájaro”, respondió Daniel, tratando de no darle importancia. “Este lugar está lleno de ellos.”
Pero Mateo, que había sido el primero en notar algo extraño, no estaba tan seguro. Se levantó y caminó hacia la ventana. Lo que vio hizo que el color desapareciera de su rostro. Afuera, entre las sombras de los árboles, había una figura alta y delgada, con ojos que brillaban de manera antinatural en la oscuridad.
“Chicos…” susurró Mateo, dando un paso atrás. “Hay alguien allá afuera.”
Los otros corrieron a la ventana y, al ver lo mismo, el pánico comenzó a instalarse en el grupo. La figura no se movía, solo los observaba, sus ojos fijos en la cabaña. Era imposible distinguir sus rasgos, pero lo que más aterraba era la sensación de que aquello no era humano.
“Tenemos que cerrar todas las puertas”, dijo Stiven con la voz temblorosa. “No sabemos qué es, pero no puede entrar.”
Rápidamente, los cinco amigos se dispersaron por la cabaña, asegurando cada puerta y ventana. El ambiente, que había sido de risa y diversión, se transformó en uno de pura tensión. Cada ruido parecía amplificarse, y la sensación de ser acechados se hacía más fuerte con cada segundo que pasaba.
Sin previo aviso, las luces dentro de la cabaña comenzaron a parpadear, y el frío se volvió insoportable. El fuego en la chimenea se apagó de golpe, como si una fuerza invisible lo hubiera extinguido. Estaban en completa oscuridad, con solo la tenue luz de la luna entrando por las ventanas.
“¡Tenemos que salir de aquí!”, gritó Calpa, temblando de miedo.
Pero antes de que pudieran hacer algo, un golpe brutal resonó en la puerta principal. Algo, o alguien, intentaba entrar. Los cinco amigos se quedaron paralizados, incapaces de moverse.
De repente, la puerta se rompió en pedazos, y lo que entró era peor de lo que habían imaginado. La figura, ahora completamente visible bajo la luz de la luna, era un ser alienígena, alto y grotesco, con extremidades largas y retorcidas. Sus ojos brillaban con una intensidad espeluznante, y su piel parecía brillar débilmente en la oscuridad.
El pánico se apoderó de ellos. Daniel fue el primero en reaccionar, gritando: “¡Corran!” Todos se dispersaron en diferentes direcciones, pero la criatura era rápida. Demasiado rápida.
Calpa intentó correr hacia la cocina, pero el alienígena lo alcanzó en un instante. Con un solo movimiento, lo levantó por el aire y, en un abrir y cerrar de ojos, desapareció con él. Los gritos de Calpa resonaron en la cabaña, pero se apagaron rápidamente.
Mateo y Daniel, desesperados, corrieron hacia una de las habitaciones en busca de algo con lo que defenderse. Encontraron un viejo cuchillo, pero sabían que no sería suficiente. “¿Qué vamos a hacer?” preguntó Daniel, con la respiración entrecortada.
“No lo sé”, respondió Mateo. “Tenemos que encontrar una manera de salir de aquí, pero no sé cómo.”
Stiven, que había corrido hacia el sótano en un intento de esconderse, tampoco tuvo mejor suerte. El alienígena lo encontró rápidamente, y lo que le ocurrió fue demasiado rápido como para que los demás lo notaran. Uno por uno, sus amigos estaban desapareciendo.
Solo quedaban Mateo y Daniel, atrapados en una cabaña con una criatura que parecía imparable. Intentaron escapar por la puerta trasera, pero el alienígena los seguía de cerca, sus pasos retumbando en el suelo de madera.
Finalmente, corrieron hacia el bosque, esperando que los árboles les dieran algo de protección. Pero, incluso en la oscuridad del bosque, el alienígena parecía moverse con facilidad. Sabían que no podrían seguir corriendo por mucho más tiempo.
Cuando llegaron a un pequeño claro, se dieron cuenta de que ya no podían huir. El alienígena apareció frente a ellos, sus ojos brillando como faros en la oscuridad.
“Es el final”, dijo Daniel, con el cuchillo temblando en su mano.
“No puede ser”, respondió Mateo, tratando de pensar en una solución, pero sabiendo que estaban acorralados.
Justo cuando todo parecía perdido, un sonido agudo y extraño llenó el aire. El alienígena se detuvo, girando su cabeza en dirección al sonido, y sin previo aviso, desapareció en la oscuridad del bosque, como si nunca hubiera estado allí.
Mateo y Daniel, sin entender lo que acababa de suceder, se desplomaron en el suelo, agotados y en shock. Se miraron el uno al otro, sabiendo que habían perdido a sus amigos, pero agradecidos de estar vivos.
La cabaña, que había sido un refugio de diversión, ahora era un lugar de terror. Sabían que nunca podrían volver allí, y tampoco podrían explicar lo que había sucedido esa noche. Solo ellos dos sabían la verdad, y lo que vieron esa noche los marcaría para siempre.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.