Mi padre siempre me contó historias sobre Tescual, el pequeño pueblo montañoso donde creció. Era un lugar apartado, envuelto en niebla y con muy pocos habitantes. Sus calles solitarias y su atmósfera misteriosa lo hacían perfecto para los relatos de terror que corrían de boca en boca. Pero entre todas esas historias, había una que mi padre repetía con especial seriedad: la historia de Franco Botina.
Franco era un joven solitario que vivía en una casita campestre, muy alejada del pueblo. Desde pequeño había sentido una extraña atracción por lo oculto. Mientras los demás chicos jugaban en los ríos o subían las montañas, él se quedaba en casa, leyendo libros antiguos sobre magia negra y rituales prohibidos. No le tenía miedo a nada, y la curiosidad por lo desconocido lo empujaba siempre a probar los límites de lo que los demás consideraban peligroso.
Una Semana Santa, mientras el pueblo entero se preparaba para las procesiones, un amigo de Franco lo vio pasar tarde por la carretera. Era algo inusual, ya que durante la Semana Santa, todos en Tescual se retiraban temprano a sus casas, temerosos de lo que podría suceder después de la medianoche.
—Franco, no deberías andar tan tarde —le advirtió su amigo—. Ya sabes lo que dicen, que durante la Semana Santa hay dos procesiones: la de los vivos y la de los muertos. Y no querrás estar en el camino cuando pase la de los muertos.
Franco se rio, incrédulo. —No creo en esas historias. Son solo cuentos para asustar a los niños.
Pero su amigo insistió. —No es un juego, Franco. La procesión de los muertos es real. Cada año, a la medianoche del Viernes Santo, las almas de aquellos que no lograron descansar en paz recorren el camino. Si te cruzas con ellos, podrías no volver a ver el amanecer.
La advertencia no hizo más que despertar la curiosidad de Franco. Decidido a comprobar por sí mismo si aquella leyenda era cierta, se propuso esperar el Viernes Santo en su casa, junto a la ventana. Quería ver con sus propios ojos esa supuesta procesión de muertos que tanto temían los habitantes de Tescual.
El día llegó, y al caer la noche, Franco se sentó junto a la ventana de su pequeña casita. Desde ahí tenía una vista clara del camino que cruzaba frente a su casa, el mismo que, según la leyenda, recorría la misteriosa procesión. Al principio, todo estaba en silencio. Solo se escuchaba el murmullo del viento entre los árboles y el lejano canto de los grillos.
La procesión de los vivos pasó temprano, como de costumbre. Las luces de las velas y el murmullo de las oraciones resonaron en el aire. Franco, aburrido, pensó que la noche sería larga. A medida que el tiempo avanzaba, el sueño comenzó a vencerlo. Pero justo cuando sus párpados estaban por cerrarse, un sonido extraño lo despertó.
Era un eco distante, un susurro en el aire que no reconocía. Franco se frotó los ojos y miró por la ventana. La luna llena brillaba en lo alto, iluminando el camino con una luz fantasmal. Al principio, no vio nada. Pero entonces, de entre la neblina que comenzaba a formarse en el suelo, apareció una sombra.
Franco se inclinó hacia adelante, tratando de ver mejor. Poco a poco, las sombras tomaron forma. Eran figuras, muchas figuras, caminando lentamente por el camino. Parecían personas, pero había algo extrañamente inquietante en ellas. Iban cubiertas con largos mantos oscuros y sus rostros no se veían, ocultos bajo capuchas. El silencio que las acompañaba era sepulcral, roto solo por el suave sonido de campanillas que parecían provenir de ningún lugar.
Franco sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Se dijo a sí mismo que debía estar soñando. Pero no, estaba completamente despierto, y las figuras seguían avanzando por el camino. Recordó las palabras de su amigo: “Si te cruzas con ellos, podrías no volver a ver el amanecer”.
Por un momento, pensó en salir y enfrentarse a la procesión, como si aquello fuera solo una prueba más de su valentía. Pero algo en su interior le decía que no debía hacerlo. Mientras las figuras pasaban frente a su casa, Franco notó que llevaban algo en sus manos. Algunas cargaban velas apagadas, otras sostenían flores marchitas, y otras simplemente caminaban con las manos vacías, como si buscaran algo que nunca encontrarían.
Entonces, uno de los seres levantó la cabeza y miró directamente hacia la ventana donde estaba Franco. Su corazón dio un vuelco. Aunque no podía ver los ojos de esa figura, sintió que lo estaban observando, como si hubieran notado su presencia.
De repente, las campanillas sonaron más fuerte. Las figuras comenzaron a detenerse, una por una, frente a la casa de Franco. El silencio era abrumador, y el joven sintió el miedo crecer dentro de él como nunca antes. Sabía que algo estaba mal, muy mal. La curiosidad que lo había llevado a desafiar las leyendas se transformó en puro terror.
Intentó moverse, pero sus piernas no respondían. Estaba paralizado por el miedo. Las figuras permanecían quietas, como esperando algo. Entonces, Franco escuchó un susurro. Al principio pensó que venía de afuera, pero pronto se dio cuenta de que el susurro estaba dentro de su propia cabeza. Era una voz antigua, rota y lejana.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.