Cuentos de Terror

La Noche de los Susurros

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Ana corría por el oscuro bosque, sus pisadas resonando en el silencio de la noche. Su respiración era agitada y su corazón latía con fuerza. No sabía cuánto tiempo llevaba corriendo, solo sabía que debía seguir adelante. Detrás de ella, podía escuchar los susurros y los crujidos de ramas quebrándose. Estaba siendo perseguida y no tenía tiempo que perder.

Todo comenzó esa tarde, cuando Ana, Juan y José decidieron explorar la vieja casa abandonada al final del pueblo. Habían oído rumores de que estaba embrujada, pero como todos los niños de su edad, estaban ansiosos por vivir una aventura. La casa era grande y lúgubre, con ventanas rotas y puertas desvencijadas. La vegetación había reclamado gran parte del exterior, y el interior estaba lleno de polvo y telarañas.

“Vamos, chicos, no tengan miedo,” dijo Ana con una sonrisa valiente. Era la más intrépida del grupo, siempre lista para enfrentar cualquier desafío.

Juan, más reservado y precavido, no estaba tan seguro. “¿De verdad tenemos que entrar? Escuché que nadie ha vivido aquí en años.”

José, el más práctico de los tres, se encogió de hombros. “Vamos a echar un vistazo rápido y nos vamos. Nadie tiene que saber que estuvimos aquí.”

Con linternas en mano, los tres amigos entraron en la casa. Los pisos de madera crujían bajo sus pies y cada sonido se amplificaba en el silencio. Recorrieron las habitaciones, descubriendo muebles antiguos cubiertos con sábanas y retratos de personas que parecían observarlos desde las paredes.

“Esto es más espeluznante de lo que pensaba,” admitió Juan, mirando a su alrededor con inquietud.

“Solo estamos explorando,” respondió Ana, tratando de mantener la calma. Pero incluso ella no podía negar que había algo extraño en aquella casa.

De repente, escucharon un ruido proveniente del piso superior. Un suave susurro que parecía llamarles. “¿Escucharon eso?” preguntó José, su voz apenas un susurro.

Ana asintió. “Vamos a ver qué es.” Subieron las escaleras lentamente, sus linternas iluminando el camino. Llegaron a una puerta al final del pasillo, de donde provenían los susurros. Con un nudo en el estómago, Ana abrió la puerta.

La habitación estaba vacía, excepto por una vieja silla de ruedas y una gran ventana por la que entraba la luz de la luna. Pero los susurros continuaban, como si vinieran de todas partes y de ninguna.

“Esto no tiene sentido,” dijo Juan, retrocediendo. “Deberíamos irnos.”

Ana estaba de acuerdo, pero algo en la habitación capturó su atención. En la esquina, parcialmente oculta por la sombra, había una pequeña caja de madera. Se acercó y la abrió. Dentro, encontró una carta antigua, amarillenta por el tiempo. La carta decía:

“Al que encuentre esta carta, cuidado. Esta casa está maldita y aquellos que escuchan los susurros nunca salen.”

Antes de que pudiera advertir a sus amigos, las luces de sus linternas comenzaron a parpadear y los susurros se hicieron más fuertes. La habitación se llenó de una sensación de terror indescriptible. De repente, las ventanas y puertas se cerraron de golpe, atrapándolos dentro.

Juan y José corrieron hacia la puerta, tratando de abrirla, pero estaba cerrada con llave. Ana sintió que el pánico se apoderaba de ella. Los susurros ahora eran gritos ensordecedores. En medio del caos, vio una figura oscura aparecer en la esquina de la habitación, avanzando lentamente hacia ellos.

“¡Corran!” gritó Ana, empujando a sus amigos hacia la ventana. Con todas sus fuerzas, lograron romper el vidrio y saltar al exterior, aterrizando en el jardín cubierto de maleza. Corrieron sin mirar atrás, sus corazones latiendo desbocados.

El bosque ofrecía poco consuelo, pero sabían que debían seguir adelante. No podían volver al pueblo, no mientras esa cosa los perseguía. Los susurros aún resonaban en sus oídos, aunque ya no estaban en la casa.

“Tenemos que escondernos,” dijo José, señalando una vieja cabaña a lo lejos. Era pequeña y parecía abandonada, pero ofrecía refugio.

Entraron en la cabaña y cerraron la puerta tras ellos. La oscuridad era total, pero al menos estaban a salvo por el momento. Ana se dejó caer al suelo, tratando de recuperar el aliento. Juan y José estaban igualmente agitados.

“¿Qué era eso?” preguntó Juan, su voz temblando. “Nunca había sentido tanto miedo en mi vida.”

“No lo sé,” respondió Ana, “pero debemos encontrar una manera de detenerlo. No podemos seguir huyendo para siempre.”

José miró por una rendija en la pared. “No parece que nos haya seguido hasta aquí. Quizás tengamos un poco de tiempo para pensar.”

Mientras trataban de idear un plan, Ana recordó la carta que encontró en la casa. “La carta decía que la casa estaba maldita y que los susurros no dejaban salir a nadie. Tal vez si encontramos el origen de la maldición, podamos romperla.”

“¿Y cómo hacemos eso?” preguntó Juan. “No podemos volver allí.”

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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