Cuentos de Terror

La Sombra del Mar

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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En un pequeño pueblo costero, donde el sonido de las olas marcaba el ritmo de los días, vivían tres amigos inseparables: José, Raúl y Susana. Desde que eran pequeños, habían pasado casi todas sus tardes jugando en la playa, explorando las cuevas de la costa y desafiando las historias que los viejos marineros contaban sobre el mar.

El pueblo en sí tenía una atmósfera tranquila durante el día, pero cuando caía la noche, el mar parecía transformarse. Las aguas se volvían oscuras como la tinta, y las olas chocaban contra las rocas con un rugido profundo, como si algo en sus profundidades se agitara. Había leyendas, por supuesto. Cuentos antiguos sobre criaturas que vivían bajo las olas, sobre barcos desaparecidos y marineros que nunca volvían. Pero para José, Raúl y Susana, todo eso no eran más que historias para asustar a los turistas.

Una tarde de verano, cuando el sol comenzaba a ponerse y el cielo adquiría tonos rojizos y naranjas, los tres amigos decidieron que era momento de explorar una parte de la costa que siempre les había causado curiosidad. Era una zona donde las rocas formaban altos acantilados y las olas golpeaban con más fuerza. Los aldeanos evitaban esa parte de la playa, diciendo que el mar era traicionero y que, por alguna razón, incluso los peces rehuían esas aguas.

—¿Qué opinan? —dijo José, que siempre era el primero en sugerir nuevas aventuras—. ¡Vamos a ver qué hay allá!

Raúl y Susana intercambiaron miradas. Ambos confiaban en José, pero sabían que esa parte del mar tenía algo que no les gustaba. Sin embargo, la curiosidad pudo más.

—De acuerdo —dijo Raúl finalmente, tratando de sonar valiente—. ¡Pero si algo nos pasa, es tu culpa, José!

Susana, más callada pero igual de intrépida, simplemente asintió con la cabeza.

Caminando sobre la arena mojada, los tres se dirigieron hacia el norte, donde las rocas afiladas sobresalían del agua como dientes. A medida que se acercaban, el sonido del mar parecía cambiar. Las olas ya no tenían el ritmo suave que conocían, sino que se volvían más erráticas, como si algo invisible estuviera agitándolas.

Cuando llegaron a las rocas, la luz del sol comenzaba a desvanecerse, y una sensación de incomodidad se apoderó de ellos. La playa, que solía ser un lugar familiar y acogedor, de repente parecía extraña y hostil.

—Esto es raro —murmuró Susana, abrazándose los brazos—. El mar nunca suena así.

—Es solo el viento —dijo José, aunque incluso él notaba que algo estaba mal.

Raúl, que estaba más callado que de costumbre, se detuvo y señaló hacia el agua.

—Miren eso.

En la distancia, donde el mar se encontraba con el horizonte, algo parecía moverse bajo las olas. Era difícil distinguirlo por la luz menguante, pero una sombra oscura parecía deslizarse justo debajo de la superficie.

—¿Qué es eso? —preguntó Susana, su voz temblando ligeramente.

—Tal vez solo sea un pez grande —dijo José, aunque no estaba convencido de sus propias palabras.

La sombra desapareció tan rápido como había aparecido, y por un momento, los tres pensaron que tal vez su imaginación les estaba jugando una mala pasada. Pero entonces, algo aún más extraño ocurrió. El agua, que había estado agitada, de repente se calmó. Las olas dejaron de romperse, y el mar se volvió inquietantemente tranquilo. Demasiado tranquilo.

—Esto no me gusta —dijo Raúl, retrocediendo un paso.

José, siempre el más valiente, o tal vez el más terco, se adelantó hacia el borde de las rocas.

—Vamos, solo es agua. No hay nada de qué preocuparse.

Pero justo cuando José dio un paso más, algo salió del agua. Al principio, fue solo un leve burbujeo, como si el mar estuviera exhalando un suspiro. Pero luego, una mano, del color de la misma oscuridad del mar, emergió de las profundidades, agarrando la roca donde José estaba parado.

Los tres gritaron, retrocediendo instintivamente. La mano no era humana, al menos no completamente. Era delgada, alargada, con dedos huesudos que terminaban en garras afiladas. José, paralizado por el miedo, no podía moverse.

—¡Corre, José! —gritó Susana, tirando de su brazo.

Finalmente, reaccionó y se alejó justo cuando la mano se estiraba un poco más, como intentando atraparlo. Los tres corrieron por la playa, el corazón latiéndoles con fuerza en el pecho. Cuando finalmente llegaron a una distancia segura, se detuvieron, jadeando.

—¿Qué demonios fue eso? —preguntó Raúl, con la cara pálida.

—No lo sé —respondió José, todavía temblando—, pero no pienso volver a acercarme a esas rocas.

Susana miró hacia el mar, que ahora volvía a tener su aspecto normal. Pero algo en sus ojos indicaba que no creía que estuvieran a salvo.

—Las historias… —murmuró—. Tal vez eran ciertas.

José y Raúl la miraron confundidos.

—¿De qué hablas? —preguntó Raúl.

—Las historias que los pescadores contaban… sobre el «Guardían del Mar». Decían que en las noches de luna nueva, cuando el mar está más oscuro, una criatura surge de las profundidades para proteger lo que sea que esté escondido allá abajo. Nadie ha visto su verdadero rostro, pero aquellos que lo han intentado no han vuelto.

Los tres amigos permanecieron en silencio, asimilando lo que Susana acababa de decir. Parecía imposible, una historia más de las que se contaban para asustar a los niños. Pero ahora, después de lo que habían visto, ya no estaban tan seguros de qué creer.

El sol había desaparecido por completo, y la luna, apenas visible, comenzaba a asomarse en el horizonte. José, Raúl y Susana decidieron regresar al pueblo. Sin embargo, la sensación de que algo los observaba desde el mar los acompañó todo el camino de vuelta.

Esa noche, ninguno de ellos pudo dormir bien. Cada vez que cerraban los ojos, veían esa mano, esa sombra moviéndose bajo las olas. ¿Qué era lo que el mar ocultaba? ¿Y por qué los había atacado de esa manera?

A la mañana siguiente, los tres se reunieron en la playa, más cerca del pueblo esta vez. Aunque el sol brillaba y el mar parecía pacífico, la tensión entre ellos era palpable.

—No podemos dejarlo así —dijo José, mirando hacia las rocas en la distancia—. Tenemos que saber qué es eso.

—¿Estás loco? —exclamó Raúl—. Casi te atrapa anoche. ¿Qué más necesitas para entender que ese lugar está maldito?

Susana, aunque más silenciosa, asintió.

—Raúl tiene razón, José. No sabemos qué es eso, y podría ser peligroso. Tal vez deberíamos hablar con alguien… con los pescadores, o incluso con los ancianos del pueblo. Ellos deben saber algo.

Pero José no estaba dispuesto a renunciar tan fácilmente. Había algo en su interior, una mezcla de miedo y curiosidad, que lo impulsaba a regresar. Necesitaba respuestas.

—Si no quieren venir, lo entiendo —dijo finalmente—. Pero yo no puedo dejar esto así.

Raúl y Susana intercambiaron una mirada. Sabían que no podían dejar a José solo en algo tan peligroso, pero el miedo que sentían los mantenía indecisos.

Finalmente, Susana suspiró.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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