En una pequeña ciudad rodeada de montañas y bosques espeso, existía un viejo y misterioso castillo. Este castillo, aunque una vez fue un lugar de gran esplendor, ahora estaba cubierto de hiedra y parecía estar envuelto en un aire de misterio y abandono. Se decía que en su interior habitaban sombras del pasado, susurros de historias olvidadas que solo unos pocos conocían.
Un grupo de amigos, compuesto por Luisa, Alex, Daniel, Victoria y Diego, decidieron aventurarse un día hacia el castillo. Todos ellos eran muy curiosos y les encantaba explorar lugares misteriosos. Luisa, con su cabello rizado y ojos brillantes, siempre tenía una historia lista; Alex, que siempre llevaba una linterna, era el más cauteloso del grupo; Daniel, con su espíritu aventurero, no podía resistir la tentación de explorar lugares prohibidos; Victoria, la más pequeña pero la más valiente, siempre estaba lista para cualquier desafío; y Diego, que tenía una gran imaginación, siempre encontraba forma de transformar cualquier situación en una aventura emocionante.
Una tarde brillante de otoño, mientras las hojas caían y el viento susurraba antiguas melodías, el grupo decidió que era el momento perfecto para visitar el castillo. «He escuchado que hay un tesoro escondido en algún lugar del castillo», dijo Daniel emocionado. «¡Vamos a buscarlo!»
Los amigos se dirigieron hacia el viejo castillo, sintiendo la adrenalina y el nerviosismo a medida que se acercaban. Al llegar, vieron que las puertas estaban entreabiertas y decidieron entrar. El aire estaba frío y un silencio profundo los envolvió. Las paredes estaban cubiertas de polvo y telarañas, y las viejas ventanas dejaban pasar poca luz. Se podía sentir que algo los observaba desde las sombras.
«¿No se siente un poco extraño aquí?» comentó Alex, mientras iluminaba con su linterna las esquinas oscuras de la sala. «Como si el castillo estuviera vivo.»
«¡Vamos! No seamos miedosos!», respondió Diego, intentando sonar más valiente de lo que se sentía en realidad. «Nadie sostiene ningún secreto si no lo buscamos.»
Mientras exploraban, Daniel encontró un antiguo retrato en la pared. Era una pintura de una joven con un vestido blanco, que parecía mirarlos fijamente. «¿Quién crees que será?», preguntó Victoria, asustada, pero también fascinada.
Luisa acercó su mano al marco del retrato y, al tocarlo, sintió una extraña energía. «Creo que ella quiere contarnos algo», dijo, mirando a sus amigos. «Tal vez tenga que ver con el tesoro que están buscando.»
De repente, un fuerte golpe sonó en la parte superior del castillo. Los amigos se sobresaltaron. «¿Qué fue eso?» preguntó Alex, mientras su voz temblaba un poco.
«Probablemente solo el viento. Vamos a ver», dijo Diego, intentando mostrar su valentía. Los amigos subieron las escaleras crujientes, y cada escalón parecía contarles historias de tiempos pasados. Con cada paso que daban, el aire se volvía más frío y denso. Al llegar a la cima, se encontraron en un largo pasillo, donde las sombras danzaban a la luz de la linterna.
«¿Vieron eso?» murmuró Victoria. «Algo se movió.»
La tensión era palpable, pero la curiosidad les empujaba a seguir adelante. En el final del pasillo había una puerta entreabierta. Al asomarse, encontraron una habitación oscura, llena de muebles cubiertos por sábanas blancas. El lugar parecía haber estado cerrado durante años.
«¡Miren!», exclamó Luisa al reconocer un viejo cofre en un rincón. «¡Quizás aquí está el tesoro!»
Con cuidado, se acercaron al cofre y comenzaron a quitarle el polvo. Sin embargo, al abrirlo, en lugar de dinero o joyas, encontraron un antiguo diario, cuyas páginas estaban amarillentas y frágiles. «Es un diario de la chica del retrato», dijo Luisa, mientras todos se acercaban a leer.
Al abrir el diario, empezaron a leer en voz alta las entradas. La primera decía: «Hoy es el día en que llegué al castillo. Mis padres han decidido mudarse aquí por razones que todavía no comprendo. Este lugar tiene un aire de misterio, y a veces siento que no estoy sola. Hay ecos en los pasillos que me hablan, y por las noches hay una sombra que parece estar siempre presente.»
Las palabras de la chica parecían cobrar vida, y una brisa repentina hizo que las velas en la habitación chisporrotearan. «¿Qué será esa sombra?» preguntó Alex con voz temblorosa.
«Tal vez sea un espíritu que permanece aquí», sugirió Diego, «protegió su tesoro».
El grupo decidió seguir leyendo. Las siguientes entradas hablaban de cómo la chica, llamada Elena, había encontrado un amigo imaginario que decía conocer secretos del castillo. «Ella describe cómo ese amigo le mostró un lugar oculto en el bosque detrás del castillo», comentó Daniel, intrigado.
«¿Qué tal si encontramos ese lugar oculto?», sugirió Victoria, emocionada por la perspectiva de un nuevo descubrimiento.
«Sí, ¡vamos a buscarlo!», animó Diego, y los demás asintieron, sintiendo que el viento les empujaba hacia la aventura.
Al salir del castillo, el anochecer comenzaba a envolver el mundo en una suave penumbra. Se dirigieron al bosque que se extendía detrás del castillo, siguiendo el camino que Elena había descrito en su diario. A medida que se adentraban en el bosque, la luz de la luna comenzaba a filtrarse a través de las ramas, iluminando de manera mágica su camino.
«Espero que no nos encontremos con nada… raro», dijo Alex, mientras miraba a su alrededor con desconfianza.
«¡No seas miedoso! Esto es emocionante», respondió Daniel, mientras dirigía la linterna hacia adelante.
Después de caminar un rato, llegaron a un claro. En el centro había un viejo árbol con un enorme hueco en su base. «¿Creen que este es el lugar?», preguntó Luisa, señalando el árbol.
Diego se adelantó y, tras mirar un momento, decidió asomarse. «¡Miren esto!», gritó. En su interior, encontró un pequeño cofre similar al del castillo pero más pequeño. Sus amigos se acercaron ansiosos.
«¿Qué hay adentro?», preguntó Victoria, casi sin aliento.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.