Había una vez un bosque que parecía estar hecho de sombras. Los árboles eran tan altos que sus ramas cubrían el cielo, y el viento siempre susurraba secretos entre las hojas. En medio de este lugar tan oscuro y misterioso se encontraba Mimi, una niña que, aunque pequeña, llevaba una gran carga en su corazón.
Mimi era conocida por ser una niña callada. No porque no quisiera hablar, sino porque le resultaba difícil expresar lo que sentía. Cada vez que intentaba hablar de sus emociones, algo en su garganta se cerraba, y las palabras no salían. Eso hacía que, a menudo, se sintiera sola, atrapada en un mundo donde los demás no podían entenderla.
Un día, mientras paseaba por el bosque en busca de un lugar tranquilo donde estar sola, Mimi se encontró con un extraño personaje. Era Joshi, un hombre alto y sereno, con una larga túnica que parecía brillar débilmente en la oscuridad. Sostenía un bastón que emitía una luz suave, como si guiara su camino entre las sombras del bosque.
—Hola, pequeña —dijo Joshi con una voz suave—. ¿Qué te trae por aquí?
Mimi miró a Joshi con recelo. No estaba acostumbrada a que la gente le hablara sin que ella lo pidiera. Sin embargo, había algo en la mirada de Joshi que la tranquilizaba, como si él ya entendiera lo que ella no podía decir. Decidió no responder, pero su silencio fue suficiente para que Joshi comprendiera que algo la preocupaba.
—Puedo sentir que tienes muchas emociones dentro de ti —continuó Joshi—. Este bosque es un reflejo de lo que guardamos en nuestro interior. A veces, cuando no expresamos lo que sentimos, nuestro mundo se vuelve tan oscuro como este lugar.
Mimi bajó la mirada. Sabía que Joshi tenía razón, pero aún así, no encontraba las palabras para explicarlo.
—No te preocupes —dijo Joshi, acercándose lentamente a ella—. A veces, las emociones parecen tan grandes que es difícil sacarlas. Pero eso no significa que debas esconderlas. Ven, quiero mostrarte algo.
Joshi empezó a caminar por el bosque, y aunque Mimi dudó por un momento, decidió seguirlo. A medida que avanzaban, la oscuridad del bosque comenzó a ceder. Joshi señalaba ciertos lugares: una pequeña flor que brillaba bajo la luz de la luna, un riachuelo que fluía suavemente entre las rocas, o un grupo de aves que cantaba en lo alto de los árboles.
—Las emociones son como este bosque —dijo Joshi—. Pueden parecer oscuras y aterradoras, pero en el fondo, siempre hay belleza. Si no las dejamos salir, nunca podremos ver lo que hay detrás de ellas.
Mimi escuchaba en silencio. Poco a poco, algo dentro de ella empezaba a cambiar. El peso en su pecho se sentía un poco más ligero con cada paso que daba junto a Joshi.
—¿Cómo puedo hacer que las palabras salgan? —preguntó Mimi finalmente, con una voz temblorosa.
Joshi sonrió.
—No siempre necesitas palabras para expresar lo que sientes. A veces, basta con un gesto, una mirada o incluso una lágrima. Lo importante es que no te guardes todo para ti misma. Mira, aquí hay un lugar especial.
Se detuvieron frente a un árbol enorme y antiguo, cuyas raíces parecían extenderse por todo el bosque. En el tronco del árbol había un pequeño hueco, y dentro de él, una luz cálida brillaba.
—Este árbol es el Corazón del Bosque —explicó Joshi—. Guarda todas las emociones de quienes han pasado por aquí. Puedes dejar aquí lo que te pesa, y a cambio, recibirás claridad para entender lo que sientes.
Mimi miró el hueco en el árbol. Se sentía tentada a acercarse, pero algo la detenía.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.