Elías era un niño de once años con una gran pasión por la tecnología. Siempre estaba explorando nuevas aplicaciones, juegos y programas en su computadora. Junto con sus amigos, Robin y Taz, les encantaba crear pequeñas aplicaciones para resolver problemas diarios o simplemente para divertirse. Un día, después de la escuela, mientras charlaban en el parque, Elías les propuso un reto: “¿Y si hacemos un programa para ayudar a los niños del barrio a organizar sus tareas y actividades? Podría ser algo muy útil”.
Robin, que era muy curioso, preguntó: “¿Pero basta con hacer que el programa funcione, verdad? Si el programa hace lo que queremos, ya es suficiente, ¿no?”. Taz, un poco más práctico, añadió: “Además, si lo hacemos rápido, lo podemos usar pronto y mostrarlo a los demás. ¡Sería genial!”.
Elías se rió y les dijo: “Esperen un momento, no es tan simple como eso. No alcanza con que el programa funcione. Debemos asegurarnos de que sea seguro, eficiente y confiable, porque si no, puede causar problemas o confundir a quienes lo usen. Y también, es importante que alguien externo revise el programa para que confirme que hacemos un buen trabajo”.
Los tres amigos dijeron: “¿Cómo hacemos eso?”. Fue entonces cuando Elías les contó que todo producto informático necesita cumplir con ciertas normas de calidad, que son reglas y procesos que garantizan que el programa no solo funcione, sino que también sea seguro, rápido, y que no falle cuando más se necesita. Asimismo, explicó que para que los usuarios puedan confiar en esos productos, algunos programas deben pasar una certificación, que es un sello oficial que dice: “Este programa cumple con todas las normas importantes”.
Robin estaba muy interesado y comentó: “Nunca había pensado en todo eso. Siempre solo me fijo en que un juego o una aplicación arranque y se vea bien, pero no en cómo funcionan por dentro o si son confiables”. Taz, por su parte, preguntó: “¿Y quién hace esas normas? ¿Quién da las certificaciones?”.
Elías respondió con entusiasmo: “Hay organizaciones especialistas en tecnología que crean los estándares, por ejemplo, sobre cómo proteger los datos de los usuarios o que el programa use la menor cantidad de recursos posibles para que no se vuelva lento. Después, hay empresas o comisiones que revisan el producto para estar seguros de que cumple con esas reglas y le otorgan la certificación”.
Los amigos quedaron fascinados y decidieron que su proyecto sería un buen ejercicio para aprender sobre la calidad y certificación de software. Entonces, comenzaron a diseñar la aplicación que llamaron “OrganizaTodo”, que ayudaría a los niños del barrio a planificar sus tareas, recordatorios y juegos.
Primero, escribieron el código básico para que la aplicación funcionara. Con entusiasmo, probaron las funciones y vieron que cumplían con lo prometido: subir tareas, marcar cuándo estaban hechas y recibir notificaciones. Pero Elías recordó lo importante que era ir más allá. “No debemos parar aquí. Necesitamos asegurar la calidad”, dijo.
Juntos comenzaron a pensar en los aspectos más importantes. Lo primero que revisaron fue la seguridad. “¿Qué pasa si alguien quiere ver las tareas de otro niño?”, preguntó Robin. Taz añadió: “¿Hicimos algún control para evitar que alguien pueda entrar sin permiso?”.
Decidieron entonces implementar un sistema de inicio de sesión con contraseñas seguras. Además, aprendieron que no debían guardar las contraseñas en texto plano (es decir, visibles), sino utilizar “hashes”, una forma especial que protege las contraseñas para que no puedan ser robadas fácilmente.
Después, Elías les explicó que la eficiencia era otro foco fundamental. “Si la aplicación usa demasiada memoria o tarda mucho en funcionar, los usuarios se frustrarán y dejarán de usarla. Además, los dispositivos como tabletas o computadores de la escuela suelen ser limitados en recursos”.
Por eso, revisaron el código para eliminar partes que hacían procesos repetitivos y optimizaron los tiempos de carga para que fuera rápida y ligera. Taz se sorprendió de lo mucho que se podía mejorar simplemente escribiendo mejor el programa.
La confiabilidad fue otro aspecto que evaluaron. “¿Qué pasa si alguien introduce un dato raro? ¿Se puede bloquear o da errores?”, preguntó Robin. Para ello, inventaron muchas pruebas y casos reales para forzar la aplicación y que no fallara. Corrigieron pequeños detalles y se aseguraron de que en situaciones inesperadas, el programa respondiera bien, mostrando mensajes claros y sin cerrarse de forma abrupta.
Sin embargo, elías observó que todo eso era un buen comienzo, pero aún les faltaba un paso muy importante. “Nuestro programa funciona bien, es seguro, eficiente y confiable. Pero para que los niños y sus padres confíen plenamente en ‘OrganizaTodo’, necesitamos una certificación”.
“¿Y eso cómo lo conseguimos?”, preguntó Taz. “Primero, debemos documentar todo lo que hicimos: los procesos que seguimos, las pruebas que realizamos y cómo aseguramos la calidad. Luego, hay que pedir a una organización externa que revise nuestro proyecto”, explicó Elías.
Los tres amigos se pusieron manos a la obra. Hicieron un informe detallado con todo lo que habían aprendido y desarrollado. Decidieron acudir a un centro tecnológico del barrio que ofrecía ayuda a jóvenes programadores y donde podrían pedir una evaluación.
Cuando llegaron, conocieron a la señora Marina, quien era experta en calidad de software. Ella escuchó con atención su proyecto y les dijo: “Me encanta lo que han hecho y me alegra que comprendan la importancia de la calidad y la certificación. Si de verdad quieren que su aplicación tenga el sello que garantiza confianza, vamos a hacer una revisión muy detallada”.
La señora Marina y su equipo se pusieron a trabajar con Elías, Robin y Taz. Revisaron el código, la seguridad, la eficiencia y la forma en que respondía ante distintos problemas. Les dieron consejos, correcciones y explicaron cómo mejorar aún más su proyecto.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.