Cuentos para Dormir

La Eterna Demora del Alma en Vuelo

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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Había una vez, en una ciudad tan brillante y ordenada que parecía un enjambre de estrellas apagadas, un niño llamado Lino que vivía atrapado en el tiempo de la espera. En aquel lugar, todo giraba alrededor de un futuro perfecto que nadie había visto nunca, pero que todos prometían. Era como un sueño sin colores, una canción sin música, donde la vida parecía tener un reloj invisible marcando una cuenta regresiva interminable.

Lino despertaba cada mañana con la esperanza de que algo sucediera, pero pronto se daba cuenta de que la ciudad había aprendido a detenerse antes de cada instante, como si la prisa de avanzar les hubiera dejado sin aliento. Las calles estaban llenas de personas que caminaban con la mirada fija en pantallas pequeñas, deslizando dedos con una paciencia medida, pero sin mirar a los lados, sin cruzar la mirada con nadie. Era más rápido leer perfiles que buscar en los ojos de alguien un poco de alma.

Las citas venían con advertencias que parecían instrucciones difíciles de seguir: “Tiempo estimado para enamorarse: 62 días, dependiendo de disponibilidad emocional del interesado”. Nadie se atrevía a saltar ese tiempo; esperar era obligatorio. Lino se preguntaba cómo alguien podía medir el amor, el sueño, o incluso una sonrisa si todo tenía un cronómetro pegado.

Un día, mientras caminaba por el parque, vio a una niña que parecía diferente aunque ella, como todos, llevaba un reloj en la muñeca que le indicaba cuánto debería durar su alegría, cuántas horas podía perder sin ser productiva. Ella miraba las hojas caer sin apresurarse, y en su rostro había una tranquilidad que parecía ocupar espacio, un espacio que la ciudad había olvidado ofrecer.

—¿Por qué nadie te habla del futuro? —preguntó Lino—. Aquí todos esperan y esperan… pero yo no sé para qué.

Ella sonrió con un brillo rebelde que parecía una chispa de aurora.

—Tal vez porque hemos olvidado que el futuro solo es un barco sin ancla si no sabemos navegar en el presente —respondió—. La espera es un mar que calma, pero también es olvido si no podemos amar el viento que nos lleva.

Lino se quedó pensando mientras veía cómo un grupo de niños jugaba al pie de un árbol. Ellos reían sin tiempo, sin preocuparse por estadísticas invisibles, ni por el día perfecto en el calendario. Parecía un pequeño acto de piratería, una huida de esa prisión donde la vida se medía en minutos programados.

En su casa, sus padres siempre hablaban del futuro con palabras que sonaban a promesas y condiciones. “Serás ingeniero para ahorrar tiempo”, “Estudia rápido para ganar más”, “Controla tus emociones para no perder oportunidades”. Pero Lino no quería ser un engranaje, no quería que le enseñaran a contar segundos para un sueño que jamás llegaba.

Una noche, en la que las luces de la ciudad parecían fundirse con las estrellas, Lino salió en silencio y caminó hacia el muelle donde el río parecía detenerse sin prisa, ignorando el reloj de arena que la ciudad llevaba sobre sus hombros. Miró el agua oscura y sintió que algo dentro de él comenzaba a moverse como un barco sin puerto fijo, con velas al viento y sin mapa.

—¿Por qué no actuamos? —se preguntó—. ¿Por qué seguimos esperando algo que quizá nunca llegará?

Recordó la sonrisa de la niña del parque y decidió que ya no quería seguir siendo solo un pasajero. Volvió a casa con la decisión de romper la cadena invisible que lo ataba a la espera eterna.

Al día siguiente, Lino no encendió la pantalla de su reloj ni revisó ningún perfil. En vez de eso, invitó a su mejor amiga, Clara, a pasear sin planificar. Caminaron sin destino, se rieron de cosas tontas, y compartieron historias que no estaban cronometradas. Por primera vez en mucho tiempo, Lino sintió que el tiempo era suyo, que la vida estaba ocurriendo sin necesidad de “predicciones” ni “disponibilidad emocional”.

Mientras caminaban, Lino vio a un hombre mayor, sentado en un banco, dibujando en un cuaderno. Sus trazos eran libres, como si la mano escapara de la precisión que la ciudad exigía. “¿Qué haces?” preguntó Lino con curiosidad.

—Dibujo mi vida, joven —respondió con una sonrisa cansada—. No la que me dijeron que debía tener, sino la que fui capaz de crear mientras esperaba.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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