Había una vez, en una pequeña escuela rodeada de árboles y flores de colores, una niña llamada Sofía y un niño llamado Siyad. Los dos eran compañeros de clase, y aunque no hablaban mucho al principio, algo especial los unía sin que ellos lo supieran.
Sofía era una niña muy alegre. Siempre llegaba a la escuela con una gran sonrisa y su vestido de colores brillantes. A ella le encantaba jugar con todos sus amigos, correr por el patio y, sobre todo, trepar al gran árbol que estaba en el centro del patio de la escuela. Desde lo alto, podía ver todo a su alrededor: los niños corriendo, las flores balanceándose con el viento, y el cielo azul que parecía nunca acabar.
Siyad, por otro lado, era un niño más tranquilo. Le gustaba sentarse en una banca cerca del gran árbol y observar todo lo que pasaba a su alrededor. Era un poco tímido y no solía hablar mucho, pero siempre estaba atento. A Siyad le gustaba escuchar los pájaros cantar y mirar cómo las mariposas volaban de flor en flor.
Un día, durante el recreo, Sofía estaba jugando a las escondidas con sus amigos, cuando de repente se dio cuenta de que Siyad estaba sentado solo en su banca, mirando el cielo. Sofía se detuvo por un momento y decidió acercarse. No entendía por qué Siyad siempre estaba solo, y quería conocerlo mejor.
«¡Hola, Siyad!» dijo Sofía con su gran sonrisa, sentándose a su lado.
Siyad miró a Sofía con sus grandes ojos oscuros, un poco sorprendido. No estaba acostumbrado a que alguien se le acercara así de repente. Pero la sonrisa de Sofía era tan cálida que no pudo evitar sonreír un poquito también.
«Hola,» respondió Siyad en voz baja.
«¿Por qué siempre te sientas aquí solo?» preguntó Sofía con curiosidad. «¡Hay tantos juegos divertidos! Podrías jugar con nosotros.»
Siyad se encogió de hombros y miró al suelo. «Me gusta ver las cosas desde aquí. Las flores, las mariposas… Es tranquilo.»
Sofía lo pensó por un momento. A ella le encantaba correr y jugar, pero también le gustaba mirar las flores y las mariposas, aunque nunca se había detenido mucho a hacerlo. «¿Te puedo acompañar?» preguntó.
Siyad asintió con una pequeña sonrisa, y así fue como los dos comenzaron a pasar más tiempo juntos. A veces jugaban con los otros niños, y otras veces se sentaban bajo el gran árbol, compartiendo historias y riéndose de cosas pequeñas. Sofía le enseñaba a Siyad a trepar al árbol, mientras Siyad le mostraba a Sofía cómo notar los pequeños detalles: el suave movimiento de las hojas, el brillo de una gota de agua en los pétalos de una flor, y los sonidos de los pájaros que cantaban felices.
Un día, mientras estaban sentados juntos bajo el gran árbol, Siyad sacó algo de su bolsillo. Era una pequeña flor que había encontrado en el camino hacia la escuela esa mañana. «Es para ti,» dijo tímidamente, entregándosela a Sofía.
Sofía, sorprendida y encantada, tomó la flor con mucho cuidado. «¡Gracias, Siyad! Es preciosa.» Y con una gran sonrisa, la colocó en su cabello, justo detrás de su oreja.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.