Cuentos de Animales

Arturito y la Ranita del Río

Lectura para 8 años

Tiempo de lectura: 4 minutos

Español

Puntuación:

0
(0)
 

Compartir en WhatsApp Compartir en Telegram Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir por correo electrónico
0
(0)

Un día soleado de primavera, Arturito salió a caminar por el campo, disfrutando del suave viento y del canto de los pájaros. Arturito era un niño muy curioso, con el cabello rizado y castaño, siempre listo para explorar el mundo que lo rodeaba. Llevaba puesta su camiseta azul favorita y unos pantalones cortos que le permitían correr libremente por los prados.

El campo estaba lleno de flores de todos los colores: rojas, amarillas, azules, y el aire olía a tierra húmeda y frescura. Arturito caminaba feliz, observando todo a su alrededor, cuando escuchó un sonido suave que venía del río cercano. Curioso, se acercó para ver qué era.

Cuando llegó a la orilla del río, vio una pequeña ranita verde sentada en una piedra, con sus grandes ojos tristes. Sus patas colgaban al borde del agua, pero se veía desanimada, como si algo la estuviera preocupando.

—Hola —dijo Arturito, agachándose cerca de la ranita—. ¿Por qué estás tan triste?

La ranita levantó la mirada y respondió con una voz suave y melancólica:

—Me llamo Ranita, y estoy triste porque no sé nadar. Todas las demás ranas del río nadan y juegan en el agua, pero yo siempre me quedo aquí, sola, porque tengo miedo de ahogarme.

Arturito la miró con sorpresa. Nunca había conocido a una rana que no supiera nadar. Era algo inusual, pero también entendía lo que era tener miedo de algo nuevo.

—No te preocupes, Ranita —dijo con una sonrisa amable—. Puedo ayudarte a aprender. Nadar no es tan difícil, y te prometo que estaré contigo todo el tiempo.

Ranita parpadeó con asombro, pero también con un poco de esperanza. Nadie antes se había ofrecido a ayudarla, y la idea de poder unirse a sus amigas en el agua le hacía sentir un pequeño destello de emoción.

—¿De verdad harías eso por mí? —preguntó con voz temblorosa.

—¡Claro que sí! —exclamó Arturito—. Todos necesitamos un poco de ayuda a veces. Vamos, intentémoslo.

Arturito se quitó los zapatos y metió los pies en el agua, que estaba fresca pero no demasiado fría. Ranita lo miró con nerviosismo, pero al ver la confianza de Arturito, se decidió a intentarlo. Despacio, se deslizó desde la piedra hacia la orilla, y con un pequeño salto, cayó al agua, aunque seguía pegada a la orilla.

—Muy bien, Ranita —la animó Arturito—. Lo primero que debes hacer es aprender a flotar. No te preocupes, solo relájate y deja que el agua te sostenga.

Ranita, aunque todavía algo asustada, cerró los ojos y empezó a mover lentamente sus patitas. Sentía el agua rodeándola, pero no la hundía. Poco a poco, comenzó a sentir cómo su cuerpo flotaba ligeramente sobre la superficie.

—¡Mira, Arturito! —dijo emocionada—. ¡Estoy flotando!

Arturito le sonrió con orgullo.

—¡Lo estás haciendo genial, Ranita! Ahora, vamos a aprender a movernos. Solo tienes que agitar tus patitas con suavidad, como si estuvieras saltando, pero en el agua.

Ranita siguió las instrucciones de Arturito, moviendo sus patitas con cuidado, y, para su sorpresa, empezó a avanzar. Al principio, solo se movía unos pocos centímetros, pero con cada intento, se sentía más segura. El miedo que había tenido durante tanto tiempo comenzaba a desvanecerse, reemplazado por una sensación de alegría y libertad.

Después de un rato, Ranita estaba nadando de un lado a otro, riendo y chapoteando en el agua.

—¡Esto es maravilloso! —exclamó mientras hacía pequeños saltos en el agua—. ¡No puedo creer que tuve miedo todo este tiempo!

Arturito la observaba desde la orilla, sonriendo ampliamente. Estaba muy feliz de ver cómo Ranita había superado su miedo y ahora disfrutaba de algo que antes le causaba tanto temor.

—Te lo dije, Ranita —dijo Arturito—. Solo necesitabas un poco de práctica y creer en ti misma.

La tarde avanzaba, y mientras el sol comenzaba a descender, coloreando el cielo de tonos naranjas y rosados, Arturito y Ranita se sentaron juntos en la orilla del río. Ranita se sacudía las gotas de agua de su piel verde, mientras Arturito descansaba después de haber pasado toda la tarde jugando en el agua.

—Gracias, Arturito —dijo Ranita, mirando al niño con gratitud—. Nunca habría aprendido a nadar sin tu ayuda. Ahora podré jugar con las otras ranas y disfrutar del río como siempre quise.

Arturito la miró y le dio una palmadita en la cabeza.

—No fue nada, Ranita. Me alegra haber podido ayudarte. Todos tenemos miedo de algo en algún momento, pero con un poco de apoyo, siempre es posible superarlo.

Los dos se quedaron en silencio por un momento, disfrutando de la calma del río y del suave sonido del agua fluyendo.

—¿Crees que podríamos seguir siendo amigos? —preguntó Ranita, con una pequeña sonrisa.

Arturito asintió.

—Por supuesto, Ranita. Siempre seremos amigos. Además, ya sabes nadar, pero tal vez podamos descubrir otras cosas nuevas juntos.

Ranita saltó de alegría y dio un pequeño brinco al agua, salpicando a Arturito en el proceso, lo que hizo que ambos estallaran en risas.

Y así, con una amistad que acababa de comenzar, Arturito y Ranita siguieron disfrutando de sus aventuras junto al río. Ranita ya no sentía miedo, y cada vez que nadaba, recordaba que todo era posible con un poco de valentía y la ayuda de un buen amigo.

Los días pasaron, y Arturito volvía a visitar a Ranita con frecuencia. Juntos exploraban nuevos lugares a lo largo del río, descubriendo pequeñas cuevas ocultas, charcas secretas llenas de pececitos brillantes, y árboles altos donde las aves construían sus nidos. Ranita, que antes solo veía el mundo desde su piedra al borde del agua, ahora se sentía libre para ir donde quisiera.

Una tarde, mientras exploraban una parte más profunda del río, escucharon un chapoteo inusual. Curiosos, fueron hacia el sonido y descubrieron a otra ranita, que parecía estar luchando por mantenerse a flote. Ranita se acercó rápidamente, recordando cómo se había sentido antes cuando no sabía nadar.

—¡No te preocupes! —le dijo a la nueva ranita—. Yo también tenía miedo de nadar, pero mi amigo Arturito me enseñó cómo hacerlo. Te ayudaré.

Con la misma paciencia que Arturito había mostrado con ella, Ranita guió a la nueva ranita paso a paso, enseñándole a flotar y a mover sus patas para nadar. Arturito observaba con orgullo desde la orilla, viendo cómo su amiga aplicaba lo que había aprendido para ayudar a alguien más.

La nueva ranita, que al principio estaba asustada, pronto comenzó a nadar con confianza, igual que Ranita lo había hecho. Al final del día, las tres ranas estaban saltando y jugando en el agua, riendo y disfrutando del río.

Comparte tu historia personalizada con tu familia o amigos

Compartir en WhatsApp Compartir en Telegram Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir por correo electrónico

Cuentos cortos que te pueden gustar

autor crea cuentos e1697060767625
logo creacuento negro

Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

Deja un comentario